Por mucho que lo intentara, mi madre nunca pudo convencerme de la bondad del aceite de ricino. Su olor nauseabundo me duraba días, semanas, después de cada ingesta. Ni si quiera la promesa de que esa sería la última vez, ni la de la cura de la gastroenteritis que me aquejaba impedían mis náuseas. Nada me aseguraba que esa fuera la última, porque nada me aseguraba que, en el futuro, la diarrea no volviera. Han pasado muchos años y la sombra de su sabor nauseabundo todavía me acompaña.

Trump, con el beneplácito de Netanyahu y sin el del pueblo palestino, ha recetado una «paz» que, la mires por donde la mires, sabe a aceite ricino. Ni siquiera la frágil posibilidad de que se corte el genocidio, la masacre de inocentes, le quita ni su nauseabundo sabor ni la sospecha, más que fundada, de que, en muy poco tiempo, será papel mojado (en sangre). Es el miedo, es el fantasma, es la voz que no puedo quitarme de encima.
Junto a ésta, otra mucho más delgada, pero perceptible, en forma de pregunta: ¿te sabría bien el aceite ricino si la hambruna te estuviera arañando las entrañas? ¿lo tomarías con gusto si fueras incapaz ya de soportar tanto dolor, tanta muerte? Me es imposible colocarme en esa piel, en ese lugar de sufrimiento. Sólo desde este punto de vista, puedo entender -no compartir- la aceptación, más o menos crédula, de parte del gobierno español, de Europa y de algunos países árabes. Es lo que tiene no ser un experto en geopolítica, no conocer las complejidades de la economía mundial e ir tan ligero de equipaje que, en mi mochila vital, sólo hay cabida para los derechos humanos.
Lo que sí sé, desde mi posición de privilegio, es que la propuesta de «paz» de los señores de la guerra nace mutilada, degradada, pestilente. No puede haber paz si la soporta y la alimenta la injusticia. Una humillación más, sabiendo que, si no la aceptan aquellos que ya no les queda más dolor por almacenar en sus cuerpos y en sus almas, el genocidio continuará su curso. El problema es que la duda de que, en cualquier caso, la masacre no acabe es tan grande como la crueldad inmensa que albergan los monstruos precursores del documento.
Mi madre me obligaba a tragar aquel aceite desde el cariño, con el convencimiento de que el indeseado remedio curaría mi mal. Justo en este punto es donde se rompe el símil.
Hoy, a estas horas, la flotilla de la esperanza, apenas unas decenas de barcos donde cabe toda la humanidad, se aproxima a las costas de Gaza. Con todo el miedo y la determinación del mundo -no conozco mayor valentía- llegarán hasta el final, sin dar más detalles de cómo será, también tengo miedo, y el mensaje que nos deja es claro: toda la gente que iniciamos esta travesía de una forma o de otra, también debemos hacerlo hasta el final, por los muertos que fueron, por los que son, por los que probablemente serán. Un final en el que los genocidas sean juzgados y condenados y donde la esperanza de una tierra en paz y convivencia sea una realidad.
Juan Jurado.

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