Fui al cine todo lleno de prejuicios sobre Almodóvar, sobre la crítica de Carlos Boyero, la respuesta que le había dado El Mundo a esta crítica, vaya, fui demasiado prejuiciado. Y me encontré atraído por la clase de guion que es esta película, una clase a lo Serge Doubrovski sobre autoficción o a lo Greimas sobre cómo un autor construye un personaje y, claro, sobre las confesiones que nos quiere hacer Pedro Almodóvar sobre sus fantasmas y sus momentos.
Creo que fue Zapatero quien dijo alguna vez que a lo que más se parecía España era al Psoe. Entiéndase: la estructura de sentimiento más generalizda coincide mucho, en una gran parte, con la nebulosa cultural y las reacciones de las que el Psoe / Prisa son un reflejo, que no es diferente en otras zonas conservadoras aunque los mensajes tengan otro contenido. Pero bueno, a lo que iba: fui al cine lleno de prejuicios pensando que tanto Carlos Boyero como Pedro Almodóvar son también, de algún modo, reflejo de la estructura de sentimiento de una generación, la mía, la boomer en sus horas de otoño o invierno. Una generación formada en narrativas cinéfilas, con una cierta inclinación a la melancolía de izquierdas, ensimismada en vampirizar el pasado (de eso va la película). Boyero vampiriza películas de otros y nos devuelve reacciones viscerales (no es un crítico en tanto que alguien que interpreta o abre interpretaciones, sino un comentarista de sentimientos), sus críticas son escuchadas porque tiene la virtud de reflejar también las reacciones mayoritariamente generacionales, poco dadas a un examen tranquilo de las películas. No es distinto de los youtubers que nos recomiendan series y libros del día. Almodóvar es, claro, un gran director, que ha tenido un extraordinario olfato para vampirizar la vidas de una generación, creando tantos estereotipos como buenos guiones, siempre desde un yo que se impone a todas las interpretaciones. Y ambos, uno desde las ondas, otro desde las pantallas, llegan a un tiempo en que se pierde el contacto con la vida en su espumosa cotidianeidad y solo queda la fuente de las memorias. La película hubiera quedado redonda con Boyero haciendo un cameo y de sí mismo. O quizás Sabina, el tertium quid de la estructura de sentimiento boomer.
Dicho todo esto, la película merece verse y disfrutarse o analizarse, como a cada quien le valga. Yo la leí como un manifiesto de una generación cansada que tiene problemas para encontrar fuentes de vida en el presente y se vuelve adicta al pasado. Pero es mi reacción espontánea.
Fernando Broncano.

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