El tres de junio de 1937, el general Mola sube a un avión en Pamplona con destino a Segovia. Poco después se estrella en el pueblo de Alcocero -que recibiría poco después el nombre de Mola, en honor del general- no quedan supervivientes. A los treinta y seis días, un destacamento de presos es llevado hasta el lugar con el fin de construir un monumento en honor del muerto. Este sería el antecedente de lo que luego se convertiría en una enorme factoría de trabajo esclavo.

El Patronato para la Redención de Penas por Trabajo se forma oficialmente en 1938, en plena guerra, conformando las Colonias Penitenciarias que serán militarizadas de forma total inmersas en un régimen de trabajo extenuante, comida escasa, hacinamiento en barracones o tiendas de campaña, sujetos al frío intenso , también a la lluvia y nieve en invierno y al calor exagerado del verano ya que se hacinaban en barracones construidos por ellos, sin medidas de salubridad, ni agua ni luz y sin comodidad alguna. Las teorías que se siguen con ellos son las expuesta de “rehabilitación por el trabajo”. El franquismo, no obstante y siguiendo con su táctica propagandística , negaba tajantemente que existieran los batallones de trabajo forzado, diluyendo su esencia en una rehabilitación moral, patriótica y social.
La orden que confirma su creación es publicada en el Boletín Oficial del Estado sedicioso el 11 de octubre de 1938. Al frente del Patronato se situó a una comisión de 6 personas, presidida por el jefe del entonces Servicio Nacional de Prisiones, el coronel Máximo Cuervo Radigales.

Estas son las personas que conformaron el Patronato:
Pilar Primo de Rivera Sáenz de Heredia la hermana del fundador de Falange y presidenta de la Sección Femenina; María Luisa Blanco Caro, una antigua jefe de servicios de las prisiones republicanas que logró sobrevivir y ascender con el franquismo; Anastasio Martín Nieto, inspector de prisiones durante los años republicanos y secretario técnico de la Dirección General de Prisiones en esas fechas; el ingeniero del Patronato Justino Bernad Méndez, hijo de un destacado terrateniente y político conservador turolense y José García Cernuda, en representación de la Secretaría de Educación Popular, un falangista de primera hora que es Delegado Provincial de Prensa de Cádiz, en colaboración con Pemán y el gobernador Rodríguez Valcárcel.
https://www.youtube.com/watch?v=NHHcdIZL3tk

En palabras del sacerdote jesuita e ideólogo del Patronato, José Agustín Pérez del Pulgar Ramírez de Arellano, el organismo buscaba : “el apostolado religioso con la pacificación espiritual y social de España y su reconstrucción material” A lo que añade en mayo de 1937 un periódico falangista de Cádiz que titula a toda página: “Crearemos campos de concentración para vagos y maleantes políticos; para masones y judíos; para los enemigos de la Patria, el Pan y la Justicia”.

Pérez del Pulgar que fue fundador e ideólogo del dicho patronato junto al citado general Máximo Cuervo, añadió en una entrevista que: “Es muy justo que los presos contribuyan con su trabajo a la reparación de los daños a los que contribuyeron con su cooperación a la rebelión marxista”.
El organigrama de los presos integrantes del Patronato, queda como sigue:
-Tipo A= Afectos o no hostiles al “Movimiento Nacional”´
– Tipo B= Desafectos sin responsabilidad política
– Tipo C= Desafectos con responsabilidad política
– Tipo D= considerados Criminales comunes.
https://mirandamemoria.es/wp-content/uploads/2024/02/Esclavos-del-franquismo-Trabajos-forzados.pdf

Desde los archivos la Dirección General de Instituciones Penitenciarias en la clasificación de prisioneros hasta el fin de mes de julio de 1938, era la siguientes:
Los presos clasificados como A se consideraba que habían sido movilizados por el Ejército Republicano para oponerse a los sublevados en contra de su voluntad. Si no se encontraban en situación de ser llamados a filas porque su quinta no lo hubiera hecho (bien por tener poca edad, o por tenerla en exceso), estos presos eran puestos en libertad. Si los A ya estaban incluidos en una quinta movilizada, eran puestos en libertad para ser encuadrados inmediatamente en las filas de los golpistas-sublevados-alzados.
Los B, que se incorporaron al Ejército Republicano voluntariamente para defender la legalidad pero sin ejercer cargos de responsabilidad, pasaron directamente a campos de concentración donde se les integraban en los Batallones de Trabajo.
Los C, es decir, los republicanos defensores de la legalidad que se incorporaron al ejército voluntariamente ejerciendo cargos de responsabilidad o también los civiles que se distinguieron notoriamente por realizar actividades contra los sublevados (simples militantes)
El número de integrantes totales de todos los grupos, en detalle es como sigue:
Grupo A………………………………99.594
Grupo B………………………………20.126
Grupo C………………………………14.562
Grupo D……………………………….3.416
Grupo A+D………………………….34.741
Pendientes de clasificación…….37.674
Que hacen un total de prisioneros y presentados de 210.113 lo que garantizaba una mano de obra muy útil tanto para la reconstrucción del país como el enriquecimiento de empresas privadas.
https://mirandamemoria.es/wp-content/uploads/2024/02/Esclavos-del-franquismo-Trabajos-forzados.pdf

A todo ello le añadimos que la represión bajo el franquismo figuran documentados 72 campos de concentración, casi la mitad de ellos funcionando ya desde la misma guerra porque conforme los golpistas conquistaban terreno realizaban las aperturas llenando los campos con prisioneros del momento, haciendo un total de aproximadamente unos 180.000 internados debidamente contabilizados.
Confirmando la durabilidad de los batallones debido a la enorme utilidad obtenida de los mismos; en palabras del ministro de Justicia Esteban Bilbao Eguía, el cual afirmó en su discurso de inauguración del año judicial de 1940 que: la redención de penas por el trabajo no era algo transitorio, una especie de ensayo, sino un complemento teológico y filosófico del sistema penal.

Porque además de soportar el trabajo y el peligro que muchas de las obras imponían a los reos, recibían de continuo la propaganda del régimen pasando por un adoctrinamiento continuo. Se les obligaba a levantar el brazo con el saludo romano, a cantar canciones falangistas, gritar Vivas a Franco, a la Falange y a España, además de concienzudas lecciones del catolicismo rampante que existía en el momento. Cualquier rebeldía era castigada con el fusilamiento o el ahorcamiento inmediato, o un traslado a otro lugar más peligroso, más agotador. Hay testigos que contaban como al final de la jornada laboral, llegando extenuados a los barracones después de doce o catorce horas de trabajo, se les hacía formar, cantar y dar los consabidos gritos de España, Franco y José Antonio. Hubo casos de que en la fila de presos alguno caía al suelo desmayado, prohibiendo atenderle hasta el final de las arengas. Algunos caían muertos. Un testigo, interno del Dueso, confesaba que hubo veces que llegaron a catorce los muertos de agotamiento en un mismo día. Los fallecidos eran recogidos en un carro tirado por mulas con destino desconocido.

Lo que la propaganda no contaba, era el utilitarismo punitivo que se hacía de los presos con un gran aprovechamiento militar de los mismos y una monumental rentabilidad económica que poco después de acabada la contienda supuso la mano de obra esclava (o semi esclava) para el Estado y el aprovechamiento que las empresas afines al régimen realizaron con los presos. Desde 1940 hasta 1962 los terratenientes sevillanos (posiblemente de otras partes de Andalucía y Extremadura, también) trasformaron los latifundios de secano en regadíos para lo cual se utilizaron batallones de trabajadores esclavos, recluidos con este fin en dos campos de trabajo en las fincas Las Covachuelas y los Arenales, situadas en Dos Hermanas, con una población penal de 1500 presos.
El profesor José Luis Rodríguez Jiménez, el veintiuno de agosto de 1941, firma un convenio entre Alemania y España donde el estado español se compromete a enviar a 10.500 trabajadores con el fin de sustituir a los hombres implicados en la II Guerra Mundial, además de los más de 40.000 exiliados en Francia que se incorporan al trabajo esclavo del régimen de Vichy o de la propia Alemania.

En un principio, las personas utilizadas en los batallones de trabajo no habían sido juzgadas ni condenados. Eran desafectos al régimen, como explicamos en la clasificación más arriba, bien por un supuesto izquierdismo, por no haber manifestado afinidad con los golpistas o por cualquier denuncia de vecino o familiar. Los desafectos llevaban en el gorro una D, a ejemplo de los distintivos de los campos nazis en donde los españoles portaban la S de Spanien, en el triángulo azul de los apátridas, los antifascistas el triángulo invertido rojo, los judíos la estrella de David, los homosexuales el triángulo rosa y los gitanos triangulo invertido marrón o negro. Esta situación de no tener condena les impedía una posible reducción de la misma, realizando los trabajos sin más justificación que la venganza personal del régimen y el aprovechamiento de la fuerza laboral gratuita.

Como hemos dicho, los primeros batallones de trabajo se forman cercanos al frente de batalla, en plena retaguardia donde fueron utilizados para la reconstrucción de obras civiles y en empresas privadas simpatizantes del fascio. Las clases de presos tenían trato diferenciado, siendo los desafectos los peor tratados sufriendo todo tipo de vejaciones; los afectos, o los trabajadores que colaboraban en dichas tareas con sueldos normales en condiciones extenuantes pero ni por asomo sufrían tanto como los desafectos. Por último, estaban los indiferentes que no se habían decantado por uno u otro bando, pero su no adscripción resultaba sospechosa para los vencedores por lo que el trato se asemejaba a los desafectos.
A partir de 1942 se comienza a incluir a la población penal que de esa forma expía las condenas. Muchos de ellos salen de las cárceles infectas y masificadas en las que estaban recluidos pensando, con ingenuidad, que van a alimentarse algo mejor que las exiguas raciones de la cárcel, que van a estar al aire libre, olvidando las infectas condiciones de las prisiones o los campos de concentración, además de poder colaborar mínimamente a la supervivencia de sus familias. Pronto entenderán que se han integrado en una perversa rueda que costará miles de vidas.

El trabajo esclavo instaurado por el franquismo “era un inmenso negocio que movía cientos de millones de pesetas”, confirmaba José Luis Gutiérrez Molina, en su libro “Los Presos del canal. El servicio de colonias penitenciarias militarizadas y el canal del bajo Guadalquivir (1940-1967)”. En palabras de don Luis Carrero Blanco dirigidas por escrito al Presidente del INI en noviembre de 1957, decía que el Patronato era :“un organismo ejecutor de obras del Estado, sin concurrir a subasta ni concurso, y que viene realizando aquellas que no interesan mayormente a los contratistas privados”. Lejos de redimir e integrar al preso republicano y antifranquista en la vida social y comunitaria, como propalaba la propaganda, en las Colonias, Batallones y Destacamentos se maltrataba, se castigaba, e incluso se fusilaba a los evadidos atrapados, estando claro que, como afirma Gutiérrez Molina “(…) la regeneración moral del vencido, uno de los objetivos permanentes del nacional-catolicismo, la humillación y persecución de los recalcitrantes estuvieron acompañadas por su explotación económica más brutal”.
El sadismo bien explicado…
La realidad innegable, al calor de los datos recabados de las exhaustivas investigaciones, es que la imagen que se pretendía dar de los Batallones como forma de “redimir” al penado era una mera fachada, como lo fue lo de “redención” a las mujeres caídas o en riesgo de caer, en otra de las monstruosidades ideadas por el franquismo, el Patronato de Protección a la Mujer.

El dinero generado por estos presos está cuantificado de forma parcial, como ejemplo he podido encontrar la cifra que confirma el doctor en Derecho Penal, José María López de Riocero, en un estudio realizado en 1962, en donde afirma que desde el uno de enero de 1939 hasta el treinta de junio de 1943, los ingresos del Estado franquista debido al trabajo esclavo fueron de 158.733.514 millones de pesetas de entonces, que en equivalencia aproximada supone 358.232.062,23 € actuales. Estas cifras son las ganancias producidas por las obras realizadas por los presos en hospitales, carreteras, puentes, pueblos y ciudades reconstruidas. Las divisas del trabajo que se producía en las minas de Almadén, sirvieron para cancelar, en su mayor parte, la deuda contraída con Alemania e Italia. Por el contrario, el gasto producido en los jornales de miseria que el Estado abonaba a los presos, supuso desde el inicio hasta 1948, unos cincuenta millones de pesetas (112.840.022,60 € actuales aprox.)
Continuará…
María Toca Cañedo

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