Llevamos demasiado tiempo soportando la barbarie que se ceba sobre un pueblo invadido, castigado durante decenios a una colonización impune. El desaliento cunde entre quienes contemplamos el genocidio, salimos a las calles a defender el derecho del pueblo palestino a vivir en paz en su territorio histórico porque pareciera que no se escuchan las voces, los gritos de una parte del mundo -el decente, el empático, el meramente humano- que lanza contra la terrible realidad que cada día nos vomitan los medios.

El sionismo, quizá con el apoyo mayoritario del pueblo de Israel que debiera aullar contra el gobierno genocida, está utilizando el arma más deleznable que podíamos imaginar: el hambre. Quiere eliminar a la población más frágil que son precisamente la base del futuro, los niños a base de inanición. Los asesina por hambre. O tirotean a las masas enfebrecidas que se acercan a las alambradas en busca de algo que llevarse a la boca. Se me ocurren pocas cosas tan malvadas para eliminar a un pueblo.

Hemos comparado este genocidio con el sufrido por el pueblo judío durante la Shoah y creo que ha tomado delantera. Las cámaras de gas, los hornos que gasearon millones de seres humanos en el siglo pasado tienen el mismo tinte genocida que estos barbaros porque también utilizan la sofisticada maquinaria de la perversidad para acabar con todo un pueblo.
Nos espanta pensar que sigue habiendo personas que defienden el derecho del pueblo judío a masacrar al gazatí. O que lo observan desde la indiferencia. Siento pavor a compartir espacio común con esa gente porque su miseria moral sería capaz, en situación factible, de la máxima crueldad.

Contaba el otro día un arqueólogo en una entrevista realizada por David Jiménez en su podcast, que los restos de niños asesinados encontrados en yacimientos arqueológicos suelen tener las heridas mortales en la nuca o la espalda, pero siempre detrás. Explicaba el sabio que desde los ancestros es casi imposible asesinar a un niño mirándole a los ojos. Durante los primeros tiempos del genocidio nazi, antes de elaborar la infraestructura de la muerte en los campos, los SS que mataban niños vomitaban poco después de cometido el crimen, quedaban marcados…Luego se acostumbraron porque la costumbre aligera el espanto de la brutalidad.

Los ejecutores perversos de la ONG que se encarga de dosificar alimentos, de restringirlos hasta la desesperación, no sé si mirarán a los ojos de esos niños, pero nosotras los vemos en imágenes tan brutales que temo nos pase como a la primera Gestapo. Que nos acostumbremos. En el colmo del sadismo criminal se realizan los bombardeos de continuidad. Quiere decir que después de una primera barrida de bombas, se repite a los cinco o diez minutos el bombardeo para asesinar a las patrullas de salvamento, o para impedir que salgan a salvar a los heridos en previsión del siguiente.

Escucho a jefes de estado, a intelectuales incluso (escuchen si dudan la entrevista dada por Pérez Reverte a Jordy Wild, donde expresa que: “son hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta, tienen nuestra cultura, su sociedad es la nuestra”) Hace poco la inconmensurable Meloni defendía la cultura occidental, las raíces cristianas y los valores de Occidente como bastión desde donde combatir al enemigo que viene de fuera. Al extremista con valores ajenos a nuestra cultura modélica.
Discursos de odio todos ellos, que intentan tapar el tejido roto de la supuesta autoridad moral que se nos resquebrajó hace tiempo convirtiéndose meros jirones que dejan al descubierto la hipocresía secular del colonialismo occidental.

Son precisamente los que defienden los “valores occidentales” quienes debieran encabezar la protesta, la lucha contra la masacre que se lleva a cabo en Gaza. Se supone que al termino de la Segunda Guerra Mundial cuando las imágenes de miles de muertos apilados en Bergen Belsen, los hornos humeantes de Auschwitz, Ravenbruck, Mauthausen… recorrían el mundo que asistía impávido al horror, se organizaron planes que evitaran que la pavorosa consecuencia de la perversión humana se volviera a repetir. Nos cuentan, y es posible que sea cierto, que fueron los valores occidentales y cristianos los que idearon una contención del horror nazi con normas y organizaciones que impidieran volver a repetir lo ocurrido en durante el periodo prebélico y bélico en Europa.

Estamos viendo que el gobierno de Israel cuenta con el apoyo norteamericano -y no solo de Trump, porque los demócratas han apoyado la barbarie sin fisuras, como los británicos y los alemanes- para convalidar que el gobierno de Netanyahu salte todos los convenios internacionales, todas las líneas rojas surgidas después de la Guerra Mundial. No se respeta ningún pacto firmando y rubricado por los antecesores de los que hoy patrocinan y obvian los crímenes de Israel.

¿De qué cultura hablan los poderes occidentales cuando defienden la barbarie sionista? ¿Es occidental y cristiano matar de hambre a bebés, bombardear hospitales y casas cuna, restringir agua y alimentos hasta la muerte? ¿Cuándo señalan la cultura judeo cristiana como referente en contra de la inmigración, se refieren a los gobiernos que permaneces impasibles y siguen comerciando con los que tienen las manos manchadas con sangre de bebés?
¿Qué cultura y civilización es ésta que permite ahogar a dos millones de seres humanos en la inanición, la sed y la ignominia? ¿En serio han leído alguna vez el Evangelio quienes permaneces pasivos ante el horror?

Es posible que esos poderosos, incluso gente común que no quiere ver o permanece pasiva, crean que lo que está ocurriendo en Gaza ahora mismo es patrimonio de nuestra cultura. ¿Es posible que la capacidad de autoengaño sea de tal calibre para creer que Israel (sí, ya me niego a diferenciar porque, reitero, el pueblo permanece en silencio en amplia mayoría) forma parte de la cultura occidental que ponemos como ejemplo para pedir a inmigrantes de otras culturas que se integren?
¿Integrarse al genocidio de bebés? Imagino que se preguntan los que llegan a nuestras fronteras huyendo de mafias, hambre o guerra. ¿Integrarse a la indiferencia ante el genocidio de dos millones de seres humanos, a la asimilación de una tierra que nunca les perteneció y colonizaron solapadamente con permiso de Occidente?
¿Integrarse a eso? porque es justo lo que se defiende desde los diversos gobiernos occidentales, los mismos que generan leyes protectoras frente la inmigración estableciendo muros para que no entren los “poco civilizados inmigrantes”.
Imagino que se harán estas y otras preguntas como nos hacemos la gente de bien escuchando a Meloni, a Orban, o Trump y el resto de lideres occidentales que forman la camarilla proclive a doblar la rodilla ante el usurpador en postura genuflexa como fue la de Chamberlain o la de Petaine ante Hitler.

Yo nunca he creído en los supuestos valores occidentales, o no más de lo necesario para valorar cierta paz, ciertos controles que imponían a los sátrapas y cierta capacidad democrática muy cuestionable. No es que me sienta completada por la democracia liberal que solo la considero un buen asidero desde donde poder medrar hacia una sociedad más justa, más social y libertaria. Pero que sean precisamente, los mayores defensores de esta cultura, de la civilización occidental y pongan en valor la democracia liberal enfrentándola a cualquier otro sistema quienes permiten que sean sodomizados los convenios internacionales, los pactos de no agresión, de derechos civiles, y los organismo creados como defensa de tiranos, nos produce la nausea de comprobar una impune hipocresía.

Sí quieren demostrar que de verdad Europa, Occidente entero posee valores superiores, hagan valer esos mismos valores para parar el genocidio, conducir encadenado a Netanyahu y a sus secuaces al Tribunal Penal de La Haya y luego podrán dar lecciones al resto del mundo y pedir a la inmigración que se integre en nuestras costumbres, porque si lo hace ahora, lo más probable es que nos pasaran a cuchillo o bombardearan hospitales como hacen esos ejemplos de occidentalidad que son los sicarios de Israel. La superioridad moral de Occidente ha sido sodomizada por Israel y eso nos va a costar muy caro porque ¿quién se va a atrever a levantar líneas rojas a partir de ahora?
María Toca Cañedo©

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