Deconstruidos…

En la intimidad, la coherencia se pone a prueba.
Hay hombres que se dicen de izquierdas, que abogan por la lucha de clases, que serían capaces de ir a Madagascar a salvar armadillos o manifestarse en contra de la deforestación, pero parecen dictadores cuando tienen sexo.
Y no son frases provocadoras: es una herida compartida.
Una experiencia demasiado común entre mujeres que han depositado la confianza en vínculos con varones “deconstruidos”, “aliados”, “progresistas”, «sindicalistas» o «eco espirituales».
Esos que asumen discursos «feministas» en lo público, que se emocionan en las marchas, que hablan de cuidados, colonialismo, igualdad, mitología y chamanismo hasta que se apagan las luces o se cierran las puertas del dormitorio.
Porque en la intimidad, la coherencia se pone a prueba.
Y muchos se bajan ahí del barco.
Ahí reaparecen sin filtros los guiones patriarcales más crudos:
el derecho al placer propio como prioridad,
la ausencia de escucha real,
el desprecio a los ritmos del cuerpo ajeno,
la comodidad en relaciones marcadamente desiguales.
Ahí ya no hay “deconstrucción”, sino viejas lógicas de dominación con ropaje nuevo.
Y sí, hablamos también de eso que tantos prefieren no nombrar pero tantas conocemos.
Soy de izquierdas, pero me excita la chica de 16.
Soy igualitario, pero erotizo la diferencia de poder.
Soy un padre a favor de la crianza consciente y hago danza primal, pero me resulta deseable la subordinación, la dependencia, la inexperiencia.
Soy el primero en defender los derechos laborales, pero mis vínculos afectivo-sexuales siguen centrados en lo que yo recibo, no en lo que yo construyo.
Soy un «buen hombre», pero en la cama no hay cuidados, ni consentimiento claro, ni redistribución del deseo. Y sí un mucho de «pon de tu parte», «haz un esfuerzo», «mira cómo estoy» «llevamos x días ya».
Este tipo de contradicciones no son una anécdota ni un accidente.
Son la evidencia de que muchos hombres quieren la transformación social, pero no están dispuestos a revisar su erotismo.
Ni sus fantasías.
Ni su forma de vincularse.
Ni los privilegios que ejercen sin nombrarlos.
Pero el deseo también es político.
Y por mucho que se empeñen en decir que “ahí no entra la ideología”, lo cierto es que el deseo no nace en el vacío.
Se construye en una cultura.
Se alimenta de imágenes, de jerarquías, de guiones internalizados.
Y muchas veces se configura a partir del poder: desear lo joven, lo sumiso, lo inseguro, lo fácilmente moldeable. Ay, qué casualidad.
Y evitar , consciente o inconscientemente, el encuentro con lo que interpela, con lo que puede decir que no, con lo que no se acomoda. Con la arruga y la sabiduría de la madurez.
Politizar el deseo no es censurarlo ni normativizarlo.
Es hacerle preguntas.
Es asumir la responsabilidad de revisar desde dónde deseo, a quién, cómo, y para qué.
Es dejar de usar los cuerpos como plataformas de autoafirmación.
Es escuchar de verdad.
Negociar.
Cuidar.
Estar presente.
Porque si el feminismo y la mirada amplia de la realidad no entra en tu cama, entonces no entra en tu vida.
Y si no te incomoda en lo íntimo, es que probablemente no lo estás practicando, solo estás citándolo.
Y ahí no hay transformación, solo impostura.
Ser alguien comprometido con la realidad no es una estética, ni una pose, ni una serie de referencias leídas.
Es una práctica encarnada.
También en la esfera sexual.
También ahí.
Sobre todo ahí.
Ese espacio en donde nuestros cuerpos están automáticamente al servicio.
La coherencia política no termina cuando te excitas. Ahí es donde empieza a doler o a sanar.
Lo personal es político. Lo sexual, también.
Nuestras vaginas y vulvas lo saben.
Nuestros cuerpos lo saben.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Sobre María Sabroso 177 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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