Los científicos explican que muchos animales desarrollaron habilidades excepcionales para sobrevivir.
Gatos, lobos, serpientes, búhos…, cuando todo queda cubierto entre tinieblas, son capaces de ver para cazar o protegerse.
Los murciélagos emiten sonidos de alta frecuencia (inaudibles para nosotros), y ese radar les permite orientarse entre la negrura.
De los delfines se dice que pueden ver los sonidos, ya que utilizan sus chillidos para ubicarse tras el rebote de las ondas sobre sus mandíbulas.
Otros seres (el ajolote, la lagartija o la estrella de mar) pueden regenerarse ellos solos cuando han sido mutilados por un depredador o un accidente.
En general, los animales no humanos han tendido a la cooperación para salvarse. Bandadas, manadas, enjambres, hormigueros…, permanecen en comunidad y evitan choques con sus vecinos. Se unen frente a las amenazas y desarrollan formas de comunicación avanzada.
Los elefantes comparten la inmensa sabiduría y memoria con sus crías para crear una cultura colectiva.
Hay quienes interactúan para el bien común. Insectos y aves polinizan las flores mientras se alimentan de su néctar. El buey da cobijo al picabueyes, que a cambio mantiene a raya a los parásitos que intentan anidar en él. El pez gobio comparte agujero con la gamba ciega, que mantiene siempre al menos una antena en contacto con el pez y, mientras uno la protege, la otra mantiene el lugar donde ambos desovarán.
Los árboles son capaces de alertarse entre ellos o transferirse nutrientes y viven conscientes de que forman parte de una red. Enredados en la comunidad a la que llamamos bosque y de la que también forman parte hongos, plantas y otros tipos de criaturas viviendo en armonía.
Sin embargo, el ser humano cada vez percibe menos en la oscuridad que genera y habita. Cada vez escucha menos a la naturaleza de la que forma parte. Convirtió los silencios de paz en silencios de muerte. Eligió el capitalismo caníbal y la competitividad para abandonar todo principio de cooperación. La ley del más fuerte arrasa el medio ambiente y abandona a su propia especie.
Y ni siquiera escucha a los científicos que alertan del final de la vida que conocemos.
Igor del Barrio.

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