El último caramelo de Milagros Pereda.

Quizá le debo el amor por el mar el haber nacido en esta tierra y a contemplar desde mi ventana la plancha verdosa que es la bahía  descansando los ojos en ella cuando se me agotan de escribir o leer. La bahía santanderina ha sido y es mi Shangri-La, por suerte asequible desde mi hogar. Solo espero tenerla cercana a mis ojos al dar el último suspiro que  seguro solicitaré mantenerla en ángulo de visión.

 

Como digo, el mar forma parte de mi persona y de la gente de mi tierra como algo cercano indivisible de nuestra cotidianeidad. Contemplamos con arrobo los colores cambiantes según el día . El rumor que adormece y susurra el brío necesario los días en que la melancolía azota más de la cuenta. La fuerza de las olas que me despiertan si la conciencia anda adormilada. Y su olor, tan de la memoria sensorial, porque en Santander el mar se ve a cada paso pero sobre todo se huele. Cuantas veces al despertar he sentido el aroma bravío del mar que, descarado, se colaba por mi ventana. Es un olor a brea, a bahía suavizada que mezcla con la tierra su aroma bravío. Nada que ver con los aromas de otros mares.

Será por todo eso o por su belleza incierta e inexpugnable que el mar me ha sobrecogido siempre. Amigo de veranos memorables. Compañero de marejadas sentimentales varias. Refugio de dolores y devastaciones cuando en las noches escapaba de casa, a riesgo de ser encerrada por loca, para gritarle a las olas el bramido de mi dolor de madre huérfana de hijo. Ellas, las olas, me devolvían, generosas, el consuelo en forma de bruma suave que al mojarme me amparaban como abrazo de amiga.

Todo eso es el mar para mí. Un consuelo y un placer cercano. Es muy posible que nunca lo fue ni lo sea para Milagros Pereda.

Y es que hoy les quiero contar una historia real, que no tiene desenlace feliz ni moraleja ejemplar.

La historia que quiero contarles comienza con una madre amorosa repartiendo caramelos cuando estaba a punto de tomar un taxi que paciente la esperaba para un último viaje.

El que haría la madre de Milagros.

Cuando le dio ese último beso a la hija que tanto costó parir,  Ángela, no intuía que sería el último porque nunca sabemos que damos el ultimo beso y que se incrustará en la memoria sabiéndonos a poco, o que se olvidará de puro dolor.

Milagros tenía siete años en 1964, cuando Ángela, su madre feliz, corrió a buscar a su amado que esperaba en A Coruña para embarcarse con él. El Bonifaz iba en lastre hasta Cartagena y el capitán dejaba que  las sufridas esposas a las que las ausencias las secaban el alma pudieran acompañar a sus hombres en ese corto viaje sin mayores riesgos ni trabajo. Algo que el capitán hacía a espaldas de la oficialidad, porque era un buen tipo conocedor del desfalco de tantas ausencias.

Era época de grandes petroleros que surcaban el mar durante largos trayectos que duraban meses de ausencias dolientes. Como el Bonifaz. Un moderno barco que -ironías siempre lo parecen- los armadores y la tripulación le sentían insumergible de fuerte y potente que era.

José Miguel Amézaga Bilbao, el capitán, lo sentía casi suyo porque le vio hacerse y nacer  un día cinco años atrás gobernando el puente durante todo el tiempo.  Entre la marinería hay una rara sensación del pertenencia haciendo   casorio con los barcos que pilotan. No solo los capitanes, hasta el último de los marineros siente el orgullo de la posesión de «su» barco, se ama como suyo al paquebote que los ampara durante meses. No es un amor preciso porque tiempo tienen de odiarlo mucho, a veces hasta maldecirlo. El encierro, el duro trabajo, el aislamiento, la añoranza del hogar, la familia, las noches eternas en un mar pocas veces amigable, las nieblas…Nunca fue vida fácil la del mar. Nunca.

Porque el mar en tierra es masculina y amigable. En la profunda sima desde donde no hay contorno terrestre, el mar se torna femenino, la mar le decimos y le dicen ellos,  y muchas veces se torna tan hostil que asusta hasta a los bragados bergantes que lo surcan.

Angela, que repartió a Milagros tantos caramelos como días de ausencia, con  las otras mujeres llegaron a A Coruña exhaustas después de mas de diez horas de un viaje incomodo, pero felices porque iban al encuentro de sus hombres. Algunas de su final. Imaginamos a Ángela con la mente dividida entre la preocupación por las cinco hijas que dejó en la casa y el ansia de ver a Gregorio, su amor desde la juventud al que veía unos meses al año que siempre sabían a poco.

 

Cuando Milagros se acabó los caramelos que Ángela había contado como días de ausencia, no volvió tal  que lo había prometido. Una nube blanca cubrió los recuerdos y por mucho que fuerce no tornan porque a Milagros, y bien que lo siente, se le borraron los besos, los abrazos, las tardes de las rosquillas que en la cocina de casa hacían todas juntas mientras madre intentaba poner un poco de orden a las enharinadas hermanas. Dicen que las niñas ante el sufrimiento sienten un bloqueo, un shock que aunque las salve la vida, las desorienta el resto del tiempo porque los recuerdos son nudos que agarran a los que no están. Poco recuerda hoy Milagros de entonces, porque la memoria es niebla que el dolor disipó y por mucho que la niña grandota que hace unos bizcochos sublimes y te abraza con maternal fuerza, se empeñe , no consigue atrapar ni una sola imagen de aquellos padres que se hundieron en el océano, juntos. Unidos para siempre.

El Bonifaz chocó con el Fabiola una noche de julio cuando había niebla. Una niebla espesa que cerró los ojos de ambas tripulaciones. El Fabiola  también era un petrolero francés que iba lleno, el choque abrió una brecha en el casco produciendo un derrame   que se incendió al momento contagiando el fuego al Bonifaz.

La noche de niebla se tiñó de rojo ante los ojos de los tripulantes abrasando a su paso lo que iba encontrando. Algunos se salvaron, otros, los más, perecieron entre llamas para poco después ser acogidos por el océano que convierte en pecio a un petrolero insumergible

Gregorio se dio cuenta de que el fuego invadía  la zona en donde su amada dormía. Pudo salvarse corriendo hacia  donde andaba la tripulación soltando los botes salvavidas, en vez de eso, corrió a favor de las llamas intentando salvar a Ángela. No pudo. Su amor trascendió como los de los grandes dramas y perecieron unidos. Hoy, el océano los cuida.

A Milagros se lo contarían sin mucho detalle pero notó la ausencia, las voces rotas de las hermanas mayores, de los abuelos que intentaron aplacar tanto desamparo. Supo muchos años después que no se habían ahogado, que se los llevó el fuego. Cuando lo cuenta, las lagrimas brotan porque hay heridas que jamás se saldan y a poco que indagues se  desbordan un poco.

Cinco niñas, cinco vidas dolientes que fueron viviendo cada una como pudo o como la dejaron. Cuatro dramas que no cerraron duelo hasta hace unos años cuando la red unió a los supervivientes y a familiares del BonifazMilagros cuenta que, al encontrarse, al celebrar honras, recuerdos y sobre todo el último en  Costa da Morte, el dolor sigue pero con la calma que da hacer un duelo doliente y acompañado del resto de los supervivientes.

Les dijeron que la situación del pecio era de 42º  54-106N y 009º 29-206W justo a treinta y siete millas de cabo Finisterre y a 11,9 millas de cabo Toriñana. Allí, justo donde el sol al atardecer besa el mar, descansa en pecio a 95 brazas de profundidad elevándose en la sonda sobre el lecho fangoso en aproximadamente cuatro brazas. Fue un cuatro de julio de 2009 cuando las cinco hermanas guiadas por la buena intención de Manuel, pescador de Muros, las condujo hasta el crepúsculo en que el sol y el mar se unen. Justo es allí, donde se besan, dijo Manuel.

A las hermanas Pereda nadie les devolverá el tiempo, los abrazos perdidos, los besos no dados, la soledad y la dispersión familiar pero hacer el duelo con la mirada hundida en ese trozo de mar que mece a sus padres, las ayudó a sellar preguntas y sueños quebrados.

Milagros tiene un compañero, Jesús Ángel, que cuenta como desde que cerraron los duelos con la visita aquella,  Milagros ha dejado de tener pesadillas de noche. Cuenta que durante años tenía que despertarla por el horror que parecía revivir en sus sueños. Ya no. Milagros parece que calmó los demonios divisando el profundo beso que da el sol al mar  entre las abisales distancias del casco perdido del petrolero Bonifaz que hace de sudario a sus padres que se amaban tanto que murieron juntos, aunque a ellos lo que les hubiera gustado sería, a buen seguro,  llegar a muy viejos, criar a sus hijas y que el último caramelo hubiera sido de verdad el  que supusiera la vuelta.

No fue así porque la vida a veces se voltea y nos deja exhaustas e inermes ante el devenir.

Hoy, Milagros es una mujer dulce, con hijas hermosas, con un compañero de vida tan dulce como ella. Me acogieron en su hogar, me contaron esto que les cuento, me agasajaron con el mejor bizcocho de toda mi vida y con frutos de su finca. Nos despedimos diciendo que el dolor siempre anda inquieto por los adentros. Yo le dije, que sí, pero que los duelos drenan y mucho.

Se lo cuento a ustedes porque creo que hay vidas que merecen contarse.

María Toca Cañedo©.

Tantas gracias a Milagros, a Jesús y a vuestra acogida que espero la primera de varias.

Bibliografía:
Donde se posa el resplandor del sol; Francisco García Novell (edit.Círculo Rojo)

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/carballo/fisterra/2018/06/03/lagrimas-mar-sobre-bonifaz/0003_201806C3C12991.htm

https://www.laopinioncoruna.es/galicia/2014/07/06/medio-siglo-bonifaz-24743717.html

Sobre Maria Toca 1877 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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