Era adaptación.

«Claro, es que si yo me alfombro, los demás me tratan mal.”
“Claro, es que si me pongo tan amable y disponible, me van a usar.”
«Claro, es que si trato bien cuando me tratan mal, es mi responsabilidad.
Escucho estas frases muy a menudo; sentencias que suenan a explicación, pero que en realidad son un juicio sobre ti misma, sobre ti mismo.
Una forma de expresar:
“Esto me pasa por ser como soy”.
Pero mira; no te equivoques.
La bebé que tú eras no vino al mundo alfombrándose.
No vino al mundo siendo complaciente, ni aguantando, ni cuidando más de lo que podía. Ni enfadándose mucho o pataleando.
No vino con la idea de que su valor dependía de ser útil o de no molestar, de enrabietarse para que hubiera algo de mirada.
Todo eso lo aprendimos.
Y lo aprendimos porque lo necesitábamos para estar a salvo.
Porque en algún momento ser demasiado buena, ceder, adaptarte, minimizarte o sonreír cuando dolía fue la mejor estrategia de supervivencia que tuviste.
Una respuesta sabia, aunque dolorosa, a entornos que no te dieron lo que necesitabas para sentirte segura, querida, protegida.
Venimos de cadenas transgeneracionales de amor difícil.
Estas formas de estar en el mundo, la hiperadaptación, la amabilidad extrema, la dificultad para poner límites, el miedo a incomodar o incluso el enfado permanente, no son parte de tu esencia.
Son guiones de vida.
Formas de ser que construiste para que te quisieran, para que no te abandonaran, para no ser rechazada, para hacer algo por encajar.
Y muchas veces estos guiones siguen operando en la adultez, aunque ya no estemos en el mismo peligro.
El cuerpo aprende a sobrevivir, pero desaprender requiere tiempo, sostén y mucha compasión.
Entonces, no es que te traten mal porque eres demasiado buena, no te confundas.
No es que “te pasa porque lo permites”.
Esa mirada responsabilizante solo reproduce más culpa.
Lo que sí ocurre muchas veces es que seguimos sobreadaptándonos cuando ya no hace falta.
Seguimos intentando merecer amor, pertenencia y cuidado a través del esfuerzo, del silencio, de tragarnos lo que duele. Y eso agota.
La sobreadaptación adulta viene con un alto precio: la desconexión con una misma.
Desde un feminismo interseccional, también reconocemos que no todas tuvimos y tenemos las mismas posibilidades de decir que no, de romper el guion, de rebelarnos.
Algunas sobrevivimos siendo funcionales, invisibles, serviciales. Y ahora estamos aprendiendo a elegir diferente.
Así que si hoy te descubres en esos patrones, si te duele ver que todavía estás actuando desde ese viejo libreto, no te castigues, no nos castiguemos más, amiga.
Reconócelo como lo que es: una herida antigua, un mecanismo que funcionó, un mapa que te sirvió para llegar hasta aquí sana y salva, pero que ya no necesitas del todo.
Ya no.
Es hora de explorar la ruta que nos marque una guía luminosa en este nuevo camino adulto.
Nos toca desaprender para ser.
¿Qué necesito para andar ahora?
Y dejar de castigar a los demás y castigarnos.
Te mando abrazo y compasión.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Ilustración de Karena Day
Sobre María Sabroso 177 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

1 comentario

Deja un comentario