Experiencias

Hay experiencias que te dejan confundida y sin suelo que, aunque parecen pequeñas o pasajeras, se instalan dentro como un nudo difícil de desatar.
Muchas mujeres hablan de esto y lo hacen con culpa y dudas, preguntándose si están exagerando, si entendieron mal, si todo fue cosa suya, si su sensibilidad las está traicionando.
Me cuentan cómo conocieron a alguien que al principio parecía atento, disponible, admirado por su forma de ser, que les decía palabras bonitas, que mostraba una aparente conexión sincera, que las hizo sentir vistas y especiales, como si finalmente se hubieran encontrado con un hombre que entiende, que valida, que quiere y está al otro lado.
Y justo cuando empiezan a confiar, cuando se abren, cuando se permiten desear que esa historia sea real, ocurre el cambio sutil pero devastador.
De pronto él se muestra frío, evasivo, ambiguo, distante, ya no responde igual, se borra emocionalmente, ignora los mensajes, o aparece solo para dejar comentarios irónicos que duelen más que el silencio.
Cuando ellas intentan poner un límite, aclarar lo que necesitan, ser honestas con lo que sienten, la reacción es todavía más desconcertante, él puede mostrarse molesto, sarcástico, incluso cruel, como si de pronto fuera otra persona, como si toda la conexión que parecía existir se desvaneciera en el aire.
Y ahí comienza la trampa interna, ese lugar psíquico tan conocido para quienes han vivido relaciones donde el maltrato no siempre es evidente, pero sí profundamente desestabilizador.
Dudan de su percepción, se preguntan si hicieron algo mal, si fueron demasiado intensas, demasiado sensibles, si interpretaron señales que no existían, si mostraron vulnerabilidad antes de tiempo, si su deseo de conectar las expuso.
Lo que muchas veces no saben es que este tipo de experiencias son de una ambigüedad emocional muy dañina y que puede generar tanto enganche como sufrimiento, porque el cerebro necesita coherencia, y cuando no la hay, se activa la búsqueda desesperada de respuestas, se abren heridas antiguas, sobre todo si has vivido situaciones donde tu intuición fue negada o tus límites fueron ignorados.
Oye, que lo mismo no estás exagerando cuando sientes que alguien cambia de un día para otro, que lo que parecía cuidado se transforma en indiferencia o desprecio, que lo que parecía conexión se convierte en castigo emocional.
No estás siendo frágil por sentir ilusión y luego desorientación, eso no habla de debilidad, habla de capacidad de conectar, de abrirte, de permitirte soñar con una relación recíproca, algo que todas merecemos, pero que el patriarcado y las heridas vinculares a menudo nos han enseñado a habitar en la duda.
Hay hombres que no saben estar en la ternura sin usarla como herramienta de poder, que pueden mostrarse amables y disponibles mientras sienten que tienen el control de la relación, pero que cuando les pones un límite o expresas un no, un quiero más, quiero otra cosa, se sienten heridos en su ego, en su idea de masculinidad, y entonces muestran otra parte, cara o esquina más oscura. Incluso cuando hablan y se nombran como «nuevo masculino».
Y no, no todos son «narcisistas».
Esto no significa que haya sido falso, significa que la aparente conexión estaba condicionada a que tú respondieras a sus expectativas, que la disponibilidad afectiva solo existía mientras tú te mantenías dentro del guion que él necesitaba para sentirse validado.
Por eso es tan importante recuperar tu narrativa, volver a creer en lo que sentiste, en lo que viste, en lo que tu cuerpo te dijo cuando algo dejó de cuadrar, cuando esa incoherencia emocional te hizo dudar, cuando sentiste que estabas mendigando claridad donde debería haber cuidado mutuo.
Prima, yo creo que es mejor apostar por elegir no quedarte en ese lugar de duda permanente, no sostener vínculos donde el castigo y la ambigüedad son la norma y no alimentar la culpa por haberte ilusionado ni vergüenza por haber mostrado tu vulnerabilidad, tu deseo de amor.
Todas buscamos relaciones claras, coherentes y seguras, donde no tengas que vivir a la espera de que alguien sea la persona que parecía ser al principio, merecemos vínculos donde la apertura emocional sea recibida con respeto, no utilizada como moneda de poder.
No a los espacios que te llevan a sobrepensar por qué un viernes hay diez mensajes y en lunes ninguno y una respuesta displicente de «sólo envío mensajes cuando me apetece».
Después de muchas décadas de trabajo y experiencia personal sé que este tipo de dinámicas no son casuales ni individuales, tienen que ver con algo más grande que sucede en las relaciones afectivas en el contexto actual.
Como dice la socióloga Eva Illouz, cuando las mujeres dejamos de depender económicamente de los hombres, cuando ya no necesitamos que sean en nuestro contexto proveedores materiales, muchos de ellos buscan conservar el poder en los vínculos a través de lo emocional.
El control ya no pasa solo por lo económico, ahora se ejerce a través de la ambivalencia, la confusión, el enganche afectivo.
Mostrar atención, admiración o incluso ternura al principio, para luego retirarla sin explicación, dejar a la otra persona en un estado de duda, mantenerla atrapada entre la ilusión y el desconcierto, se convierte en una forma sutil de retención emocional.
Es una manera de decir sin decirlo que la otra debe mantenerse disponible, esperando, dudando de sí misma, esforzándose por recuperar algo que parecía verdadero y que se esfuma cuando se pide claridad o de forma incluso totalmente imprevisible.
Así, la ambivalencia se transforma en un mecanismo de poder profundamente efectivo, porque desgasta la autoestima, alimenta la auto-culpa y genera un estado de vulnerabilidad emocional que dificulta soltar el vínculo, incluso cuando ya no hay respeto ni coherencia.
La imprevisibilidad constante provoca locura, prima.
Esta es una de las formas en las que el poder patriarcal se ha reinventado en el ámbito de lo íntimo, colonizando también los territorios de la emoción y el deseo.
Por eso es tan importante poder ver, nombrar y comprender estas experiencias, no como fallos personales ni como errores afectivos, sino como parte de un entramado social donde se siguen disputando los espacios de libertad y dignidad de las mujeres, también dentro del amor y los vínculos.
Oye, que no es una exigencia supina establecer vínculos donde no tengas que elegir entre el amor y la dignidad.
Muchas veces nos han hecho creer que si eres bonita, inteligente, delgada, independiente, graciosa, solvente, si cumples con todos esos requisitos o ckecks que supuestamente te hacen «deseable» en este sistema patriarcal, estas cosas no te van a pasar.
Y cuando pasan, cuando te encuentras atrapada en dinámicas de ambivalencia, de enganche emocional, de confusión, la herida es doble.
No solo tambalea la relación, tambalea tu certeza interna, tu autoestima, tu narrativa.
Te preguntas cómo es posible que con todo lo que has construido, con todo lo que eres, sigas enfrentando situaciones donde se cuestiona tu valor, donde te sientes pequeña, dudosa, confundida.
Esto no ocurre porque seas insuficiente, ocurre porque hay mecanismos sutiles de poder que siguen actuando dentro de los vínculos, incluso cuando hemos conquistado espacios de autonomía y libertad.
Que te hayas construido como mujer dentro de los parámetros heteronormativos no te blinda de las trampas vinculares, pero podemos agenciar herramientas para verlas, para nombrarlas y para retirarte a tiempo.
No tenemos que negociar con la ambigüedad constante o pactar la honestidad cada día como si fuera parte inevitable del amor con un hombre.
No tenemos que transformar la espera y la confusión, la vinculación como algo errático donde otro siempre tiene más poder, en el nuevo precio de la compañía masculina.
¿Tú crees, amiga, que hemos llegado hasta aquí, con lo difícil que ha sido, para estar pendientes del móvil, de un mensaje o sacarnos un máster doméstico sobre la heurística del contenido de un wasap ajeno como mendigas de la atención y la claridad?
Anda ya.
Vamos juntas a llenar el supuesto y terrorífico desierto y convertirlo en vergel.
Vamos juntas, que solas nos alimentamos de la migaja del lunes.
Que se lanza o no, de la mano de quien sostiene la vara del poder y se erige como domador emocional.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Dedicado a M, un mujerón.💜
Sobre María Sabroso 182 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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