Los médicos que conozco están hechos de otra pasta. Una que les permite mirar de frente al dolor y combatirlo hasta el final. Una que les lleva a hablar de la enfermedad como de un paisaje que deben atravesar para rescatar al paciente atrapado allí. Una que les hace desarrollar músculos invencibles en el alma. Son atletas morales y creo en ellos como nunca he podido creer en dioses. Aman su trabajo y al ser humano que habita en cada tarjeta de la seguridad social. Desarrollan una compasión universal hacia quienes tratan, una empatía proactiva.
Por eso hubiera querido que la pantomima del Nobel hubiera reparado en alguien tan merecedor de un reconocimiento como el doctor Hussam Abu Safiya, director del hospital Kamal Adwan de Gaza. Nunca dejó de atender a sus pacientes, niños como su hijo Ibrahim, al que asesinaron. Pero hay un médico insobornable en algunos hombres y así era Hidden Abu Safiya, que enterró parte de su corazón con el cadáver de Ibrahim en el terreno que rodeaba el hospital porque el chiquillo soñaba con ser doctor como su padre. Luego continuó plantando cara al horror, atendiendo a criaturas despedazadas, de pie a pesar de todo, allí donde hacía falta a pesar del miedo y la impotencia.
En ese campo de la batalla que libra la vida contra la muerte, la indefensión de los civiles contra la barbarie genocida, lo encontraron los soldados israelíes. Permanece detenido arbitrariamente, sin otro cargo que el de haber mantenido su humanidad indemne.
Era peligroso porque salvaba vidas o intentaba calmar el dolor de los heridos. Porque llevaba bata blanca y un alma irreductible a cuestas. Porque dio una lección de resistencia honorable. Porque hizo la paz en vez de la guerra.
Patricia Esteban Erlés.

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