Si a Viriato le hubieran preguntado si luchaba por España, ni siquiera hubiera entendido la pregunta, pues él sólo conocía unos cuantos valles y comarcas de su entorno lusitano, pero desconocía el conjunto peninsular y mucho menos su concepto político. Fue la historiografía del siglo XIX la que proyectó hacia atrás las realidades de su tiempo, e intentó encajarlas en épocas remotas para poder explicar así que su ideología venía de mucho tiempo atrás, que era muy antigua. De hecho, los nacionalismos periféricos, surgidos de culturas no reconocidas oficialmente por los Estados, han seguido el ejemplo de sus antecesores para justificar que su existencia es poco menos que eterna.
con la llegada de los griegos, allá por el siglo IX antes de Cristo, cuando ya habían dejado su impronta en la historia de la humanidad importantes civilizaciones, como la india, china, persa o babilonia, sin que encontremos en sus vestigios la menor referencia a nuestra península bajo cualquier denominación, a pesar de su estratégica situación en el mismo borde occidental. Aquí desembarcarán sucesivamente fenicios, griegos y cartagineses para establecer sus colonias a medida que se van haciendo con el Mediterráneo. Pero la península no entrará en contacto con una civilización “central” hasta la llegada de los romanos, atraídos por nuestro
Finisterre, o fin de la Tierra, lo que suponía también un lugar de misterio, aventuras y exotismo, incluido en el extremo de su imperio. La península fue así romanizada, cubriéndose de ciudades, carreteras, acueductos y puentes, utilizando el latín como lengua común unificadora del territorio.
Bien es cierto que cuando Recaredo se convirtió al catolicismo, el gobierno comenzó a regirse por los concilios
eclesiásticos, delegando en los obispos decisiones políticas fundamentales, como la elección del rey, fuente hasta entonces de constantes conflictos internos. A lo largo de una serie de cruentas guerras civiles, alguno de los bandos contó con aliados exteriores, como los musulmanes, que a comienzos del siglo VIII cruzaron a la península y, tras una pequeña batalla con las tropas del último rey visigodo, don Rodrigo, se apoderaron de todo el territorio sin problemas. Los musulmanes de aquella primera etapa eran bastante tolerantes, pues permitían que los cristianos pudieran seguir practicando su culto, e incluso reunir concilios y elegir a sus obispos; mantener, en definitiva, una organización cristiana. Bien es cierto que a los propios musulmanes les convenía esta situación, pues si estos cristianos se convertían al Islam, pagaban menos impuestos, así que preferían que no lo hicieran. De hecho, cuando cambió esta situación, también lo hizo su tolerancia.

Los primeros 300 años de dominio musulmán (entre el año 700 y el 1000) fueron relativamente pacíficos y de gran esplendor cultural, sobre todo en la época de los califatos cordobeses y los Abderramanes, especialmente el tercero. Este monarca gobernó durante 60 años sobre el 85% de la península, y sin embargo, no tiene dedicada una estatua en la Plaza de Oriente porque no fue rey de España. Evidentemente, no es así considerado porque no era cristiano. ¡Paradojas del nacionalismo…! A él no se le puede considerar “español”, mientras que al citado Ataulfo sí.
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