LA PRESIDENCIA YOLO

 

Trump está centrado en convertirse en uno de los “grandes hombres” de la historia.

Nos preguntábamos si el presidente Trump, quizá, podría haber estado leyendo o al menos hojeando —solo quizá— las obras de… Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

Imposible. Y, sin embargo. La teoría de Hegel sobre los “individuos histórico-universales”, hombres que redirigen el curso de la humanidad, se centraba en tres figuras: Alejandro Magno, Julio César y Napoleón Bonaparte. Hegel los describía como improbables “héroes de una época”, capaces de trastocar órdenes establecidos que antes parecían inmutables. Eran “hombres prácticos, políticos”, condenados en su tiempo por destruir normas y por otros comportamientos “ofensivos para la censura moral”, algo de lo que Trump ha sido acusado, siglos después.

Y aunque Trump se ha comparado desde hace tiempo con los dos presidentes más importantes de Estados Unidos, recientemente dos personas en posición de saber estas cosas —un alto funcionario de la Administración y un confidente de Trump desde hace años— nos contaron que el presidente, en conversaciones privadas, había empezado a pensarse menos como un igual de George Washington y Abraham Lincoln, y más como una incorporación al trío inmortal de Hegel.

“Últimamente habla de que es la persona más poderosa que jamás ha existido”, nos dijo el confidente. “Quiere ser recordado como alguien que hizo cosas que otros no pudieron hacer, por su pura fuerza y voluntad”.

La tendencia a la autoexaltación es un rasgo tan fundamental de Trump como su peinado esculpido y sus corbatas rojas excesivamente largas. Pero se ha vuelto aún más importante a la hora de marcar sus prioridades y orientar sus decisiones mientras avanza en su último mandato. Ya no tiene que preocuparse por el juicio de los votantes y puede centrarse en lo que ha decidido que realmente importa: ascender a la categoría de uno de los llamados grandes hombres de la historia y dejar una huella duradera —en muchos casos, física—. El resultado, al menos hasta ahora, ha costado muchas vidas y miles de millones de dólares, ha dañado la economía mundial, ha tensado alianzas ya frágiles y ha hundido su popularidad. Pero quienes le rodean presentan este nuevo enfoque como una liberación.

Está liberado de las preocupaciones políticas y puede hacer lo que es verdaderamente correcto, en lugar de lo que es políticamente conveniente”, nos dijo el funcionario. “De ahí la decisión de atacar Irán”.

Lo que piensa el pueblo estadounidense —y las consecuencias a corto plazo que pueda afrontar— importa menos para Trump que su propio diseño de rehacer el mundo mediante el bombardeo de siete países, el derrocamiento de dos líderes mundiales en dos meses, la amenaza de apropiarse de Groenlandia y el debilitamiento de la OTAN. A principios de mes, Trump describió el conflicto con Irán en términos existenciales: “Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”. Incluso cuando aceptó más tarde un alto el fuego de dos semanas —posteriormente ampliado—, presentó su aventura en Oriente Medio como “uno de los momentos más importantes de la larga y compleja historia del mundo”.

En el ámbito interno, ha centrado su atención en homenajes constantes a su mandato: proyectos de construcción que recuerdan a la Roma antigua, dorados decorativos que evocan la Francia imperial, pancartas con su imagen colgadas en edificios públicos y una moneda de oro con su rostro prevista para el 250 aniversario del país.

Es consciente, orgulloso y espera que algunas de las cosas que hace estén reconfigurando órdenes establecidos desde hace mucho tiempo”, nos dijo otro alto cargo. “No en un sentido socrático, sino en el de: lo que estoy haciendo es muy diferente, y va a cambiar las cosas a cierto nivel, no solo en este país, sino en el mundo”.

Cuando preguntamos a varios funcionarios de la Casa Blanca si Trump había descubierto y adoptado los escritos de Hegel, lo descartaron casi riéndose. El presidente no tiene fama de lector. Sí conoció recientemente el poder del trío histórico en un breve pasaje que alguien le entregó, según el alto funcionario, aunque esa persona no recordaba si era un poema, un ensayo u otra cosa. Otro funcionario sugirió que Trump podría estar recordando un discurso en un evento de un club de golf el año pasado, donde se le comparó con figuras como Alejandro Magno o Gengis Kan.

También se han barajado otras explicaciones: simple fanfarronería trumpista —“el mejor, el más grande”—. Todos hablaron bajo condición de anonimato.

Entonces, el sábado por la noche, tras un intento de asesinato en la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, Trump se mostró brevemente introspectivo. Habló de Lincoln, dijo que había “estudiado atentados” y afirmó: “Los que más impacto tienen son a los que persiguen”. Añadió que solo las “grandes figuras” son objetivo de estos ataques, concluyendo: “Odio decir que me siento honrado por ello, pero he hecho mucho”.

La tendencia de Trump a verse como una figura histórica ha transformado su segundo mandato. Los republicanos están preocupados por el coste político del ataque a Irán, que ha elevado precios e intereses. Los demócratas, en cambio, se aprovechan de su atención a proyectos como un salón de baile o un arco conmemorativo. Dentro de la Administración, el entusiasmo inicial ha dado paso a una actitud más defensiva.

Pero para Trump, los costes quedan compensados por lo que considera una oportunidad histórica: transformar el mundo como pocos han hecho antes. Un confidente lo resumió así: “Está claramente en su modo de ‘me importa una mierda’”.

Desde que volvió al Despacho Oval, Trump ha ido acumulando elementos decorativos: urnas doradas, banderas militares, retratos presidenciales y una copia del siglo XIX de la Declaración de Independencia. Ha dorado puertas, techo y símbolos. Incluso ha pegado monedas presidenciales en las puertas del Despacho Oval.Todo el mundo quedó impresionado”, nos dijo un funcionario. Sus colaboradores creen que acabará cubriendo todas las puertas.

Trump, promotor de origen, siempre ha amado estos detalles. “Está en su ADN”, dijo un aliado. Y ahora cree que los está utilizando para el bien común. Sus amigos relatan su obsesión por lo minúsculo: desde arrodillarse para explicar baldosas en Mar-a-Lago hasta detener una reunión para indicar cómo debían podarse unos jardines.

Esa pasión ha empezado a mezclarse con la labor presidencial. En plena guerra con Irán, mientras subían los precios de la energía y crecían los temores inflacionistas, Trump defendía la campaña militar y, acto seguido, hablaba de columnas corintias talladas a mano para un salón de baile de 400 millones de dólares en la Casa Blanca.

“Estoy tan ocupado que no tengo tiempo para esto”, dijo a la prensa. “Pero esto es importante porque va a durar mucho tiempo”.

Un visitante extranjero encontraría hoy Washington en obras, con grúas sobre la Casa Blanca. Remodelaciones, cambios de nombre, intentos de apropiación de espacios públicos y la demolición del ala este para construir un gran salón de baile. También el proyecto de un “Arco de Trump”, más alto que cualquier estructura similar en la historia.

Incluso el 250 aniversario de Estados Unidos se ha convertido en un homenaje implícito a Trump: combates de la UFC en el jardín sur de la Casa Blanca, con pesaje en el monumento a Lincoln.

Trump evita la palabra “legado”, pero su entorno reconoce su obsesión por la permanencia. Algunos incluso lo describen como alguien que ha aceptado su mortalidad. Cuando murió Jimmy Carter, observó el funeral durante horas.

Su incentivo ha cambiado: ya no piensa en elecciones futuras, sino en cómo dejar un impacto duradero. “Resolver el problema que tengo delante”, dicen que es su lógica. Ahora, sin campaña electoral, piensa menos en encuestas o en 2028.

Aun así, su equipo intenta reorientarlo hacia las elecciones legislativas, aunque reconoce la incertidumbre del futuro.

Hegel —haya sido leído o no por Trump— quizá ofrece una clave. Alejandro Magno, Julio César y Napoleón actuaron, según el filósofo, movidos por un impulso inconsciente que cumplía aquello para lo que su tiempo estaba maduro. No fueron intelectuales ni vivieron vidas felices. Napoleón fue exiliado, Alejandro murió a los 32 y César fue asesinado tras proclamarse dictador.

 

Como concluye Hegel: “Una forma tan poderosa debe aplastar muchas flores inocentes”. El filósofo alemán podría estar describiendo a Trump dos siglos antes de que el presidente estadounidense se proclamara a sí mismo un gran hombre de la historia y comenzara a aplastar tantas flores contemporáneas.

Por Ashley Parker y Michael Scherer. The Atlantic. 29/4/26

Sobre Juan Gonzalez Gonzalez Posada 11 artículos
Director de Museos y Exposiciones en Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid, desde enero de 2004. Además, es fundador/presidente de DDOOSS - Asociación de Amigos del Arte y la Cultura de Valladolid, desde enero de 1996. Anteriormente, fue Director de Comunicación y Desarrollo en Patio Herreriano. Museo de Arte Contemporáneo Español (Valladolid), de 2002 a 2004; y Coordinador de Comunicación y Actividades Culturales fuera de Cataluña de Fundación “La Caixa”, de 1988 a 1994, entre otros cargos.

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