Comprarte libros, no leerlos y sentirte una delincuente.
Enamorarte de tu ex cuando ya es tu ex y añorar todo aquello que te estomagaba previamente.
No apagar las luces de un edificio público porque no es tu casa.
Comprar verduras, tener la nevera cual vergel amazónico y comer donuts glaseados.
Quedar con una amiga para contarle dramas y acabar riéndote al borde del paroxismo mutuo.
Remolonear en la cama un lunes y despertarte a las siete de la mañana un domingo como si una ambulancia te persiguiera.
Tener sexo de una noche, gozarlo sabiendo que es de una noche, despedirte sabiendo que es una sola noche y dolerte, sorprenderte, de que sea solo de una noche.
Desear con ímpetu irte a Vietnam y acabar en el barrio de al lado, en el bar más obrero y doméstico, tocando realidad.
Creer fehacientemente que todo el mundo tiene valores parecidos a los tuyos.
Seguir sintiendo estupefacción por lo que hacen los políticos y toda la psicopatía rampante a los mandos.
Querer eliminar un pensamiento recurrente y que se te agarre como lapa codependiente.
Devorar algo delicioso como si nunca fuera a haber más de eso en el mundo, con ansia viva y sin pensar en nadie más.
Ir al gimnasio en enero y dejarlo en marzo. Torturarte cada día con la idea del deporte y la salud.
Fantasear con que eres otra persona cada vez que coges un taxi por la noche; alguien más interesante, osada, revolucionaria, de camino a su siguiente misión en el extranjero.
Sorprenderte pensando
¿qué hubiera sido de mi vida si?
Creer que siempre vamos a ser jóvenes, sanas, fuertes y que eso que ocurre difícil le pasa a OTROS.
Vamos, lo habitual.
Buen día, otro día.
María Sabroso

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