Malas

A mí me gustaban las malas modelo Alexis Carrington, porque las entendía. Eran malas glamurosas, a las que les quedaba de maravilla cualquier sombrero extravagante, las pestañazas de metro y medio, las inauditas mangas afaroladas de lamé y la perfidia. Eran malas de forma ejemplar, un manual andante de mujer vengativa, ambiciosa, implacable, que se contraponía a la bondad insulsa de tonos pastel de Kristen. Eran polos opuestos, la morena felina, madrastra de Blancanieves encarnada en señora de piel y bilis, la rubia angelical a la que parecía no correrle sangre por las venas.
Insisto: toda mi devoción para esa malvada digna de Shakespeare que provocaba abortos disparando tiros al aire y no perdonaba haber sido destronada de su puesto de esposa de millonario de níveo cabello.
La realidad que nos acecha nos brinda un modelo de perversidad mucho más de todo a un euro. Me refiero al ayusismo. Es este un ejemplo de poder femenino alejado de cualquier virtud o mérito. La presidenta que le da nombre comenzó su ascenso político haciendo el perro: doblaba la voz del can de la otra vil villana del pepé, esa marquesa o condesa consorte con expresión viboril que nunca acaba de desaparecer del mundo. La discípula de la noble que entendía que era muy demócrata porque compraba en persona la barra de pan en el barrio donde habita un palacete, no era ni muy brillante como estudiante ni muy simpática ni muy elocuente ni muy nada. Perdón, sí. Siempre acreditó la solvencia de un postgrado en falta de escrúpulos, un conocimiento C1 en populacherismos y un doctorado en emisión continuada de bulos.
La maldad del ayusismo no tiene nada de sofisticación. Se agarra a una pulsión visceral que afecta a un sector de la población, descontenta eternamente con la situación política. Es una felonía cutre, que esgrime mantras, ideales pulverizados y pervertidos, convertidos en algo así como los palitos de cangrejo o las falsas gulas: la libertad de esta señora es un producto multiprocesado zombi, confeccionado con muñones de la libertad real, que, claro está, es un valor que conlleva responsabilidades, reflexión y, sí, sacrificios y límites. La de esta patana es una miasma de grandezas humilladas al servicio de su partido y su persona. Calamares, bares, sonrisas genocidas, insultos al presidente, novios trileros, áticos y musicales apologéticos de una España que se dedicaba a aniquilar territorios en nombre de dios. La libertad para ella es cargar con 7291 ancianos asesinados por pura dejadez y crueldad durante una pandemia y no morirse de un ataque de conciencia. Su libertad es una pulsera de “todo incluido” que le permite despreciar la lengua materna de otros ciudadanos, asumir modos de matona de recreo o de acusica para denunciar las supuestas amenazas de muerte que solo están en el argumentario de la mano que mece su cuna. Su libertad la faculta para burlarse de quien cree de verdad en la libertad y los derechos, véase la vida misma, la sanidad y la educación dignas de la ciudadanía.
Hay quien defiende su inteligencia. No seré yo. Creo que es mucho más mala y desvergonzada que lista. Que disfruta con todas sus tripas de la sensación de ser invencible en las urnas. Que cuenta con seguidores porque cobrar vida en ella a la parte más innoble del ser humano, a lo más abyecto, sin que esa actitud depare consecuencias. En sus ojos de alucinada, en la sonrisa cruel de dueña del cortijo, en su filosofía del insulto gratuito y la infamia hay una oscuridad que seduce a los que, quizás, desearían dejar salir a pasear lo peor que tiene dentro a plena luz del día, micrófonos y titulares serviles mediante.
Patricia Esteban Erlés.

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