No existe la energía masculina y femenina.

 

Existe un negocio que ha aprendido a disfrazar el esencialismo de espiritualidad.
Amiga, no sé cómo lo tú lo ves, pero para mí no existe una energía femenina esencialmente bondadosa, amorosa, intuitiva, cuidadora y sanadora, enfrentada a una supuesta energía masculina racional, fuerte, agresiva o protectora. Eso es esencialismo.
Es volver a colocar en la naturaleza lo que la sociedad ha construido mediante la educación, la socialización y las relaciones de poder.

Nosotras no somos más comprensivas porque seamos mujeres. No tenemos una capacidad especial para amar, perdonar, cuidar o reparar a los hombres.
Nos han educado para hacerlo.
Nos han enseñado a comprender las heridas, justificar comportamientos, sostener fragilidades y encontrar siempre alguna explicación para la violencia y la asimetría estructural.

Me enfada mucho la pseudoterapia espiritual que viene a decirnos que todo eso no solo es nuestro deber, sino nuestro don.

Qué conveniente, prima.

Hay discursos que convierten a los hombres que maltratan, abusan, abandonan o violentan en maestros espirituales. Sí; lo que lees.

Según esta lógica, las víctimas habrían venido a aprender algo, a evolucionar, a elevar su conciencia o a sanar un linaje. La violencia deja de ser una responsabilidad de quien la ejerce y se transforma en una oportunidad de crecimiento para quien la padece. Sí; lo que lees.

El abusador tiene una herida. El violento tiene un trauma. El padre que abandona tuvo sus motivos. El hombre que destruye necesita amor.

¿Y las mujeres? La mujer tiene que comprender. La mujer tiene que sanar. La mujer tiene que elevarse por encima de su dolor. La mujer tiene que dejar de identificarse con la víctima.

La pregunta nunca es el análisis profundo del machismo sino qué tiene ella que aprender.

Este desplazamiento de la responsabilidad no es inocente. Es una forma extraordinariamente eficaz de despolitizar la violencia y convertir un problema de poder y dominación en un problema de conciencia individual.

Y hablemos de la palabra víctima, porque también se ha convertido en un instrumento de manipulación.

Si te llamas Antonio y alguien te roba el coche, has sido víctima de un robo. Si lo cuentas a tu familia y amigos, no te estás victimizando.
Estás nombrando un hecho.


Nadie le exige a Antonio que agradezca al ladrón la oportunidad de desapegarse de sus bienes, que descubra qué parte de él atrajo ese robo o que comprenda las heridas de infancia del delincuente.

Sin embargo, cuando una mujer nombra el abuso o los abusos y hechos biográficos que ha sufrido, aparece enseguida alguien para advertirle de que se está identificando con el papel de víctima, de que tiene que soltar el resentimiento, de que no debe quedarse en el pasado o de que necesita trascender lo sucedido.

Para soltarle que es una puñetera rencorosa.

¿Desde cuándo nombrar la violencia es perpetuarla? ¿Desde cuándo reconocer el daño equivale a renunciar a la propia agencia?

Ser víctima de una violencia no es una identidad moral ni una condena a la impotencia. Es describir una posición real en una relación o en un sistema.

Podemos haber sido víctimas y resultar al mismo tiempo, personas con capacidad de decisión, pensamiento crítico, deseo, autonomía y recursos. Reconocer lo que nos hicieron no nos convierte en seres pasivos.
Todo lo contrario.

Y no, las mujeres no hemos venido a sanar a los hombres, prima.
A nadie.

Menuda omnipotencia en forma de mensaje trascendente.

No tenemos ninguna capacidad sanadora especial por ser mujeres. No podemos reparar con nuestra bondad la perversión, el destrato, el maltrato o la injusticia hecha carne.
Nuestro amor no es la pócima mágica para la incapacidad de alguien de hacerse responsable de sus actos.

El amor tampoco es una intervención terapéutica ni una obligación moral de disponibilidad ilimitada.

El amor que cuida necesita límites.
El amor que protege exige responsabilidad.
El amor que permite una relación no es incondicional: está condicionado por el respeto, la reciprocidad, como base.

No tenemos que amar a cualquier precio.
No tenemos que quedarnos para demostrar que somos buenas personas. No tenemos que perdonar para demostrar que hemos evolucionado.
No tenemos que reconciliarnos para acreditar que hemos sanado.

Y aquí llegamos a otra de las grandes trampas de estos discursos: la obligación del perdón.

El perdón se presenta como una meta superior, como la prueba definitiva de que hemos superado el daño.
Si no perdonas, sigues atrapada.
Si sientes rabia, sigues vinculada.
Si pones límites, estás actuando desde el ego.
Si decides no volver a relacionarte con quien te hizo daño, es que todavía tienes algo que trabajar.

De esta manera, la persona que ha sufrido violencia acaba sometida a una segunda exigencia: además de sobrevivir a lo que le hicieron, tiene que gestionar su sufrimiento de la manera que otros consideran espiritualmente correcta.

No basta con que te hayan hecho daño. Ahora también puedes estar recuperándote mal si «odias» a quien te dañó profundamente.

Pues no, cariño.
Puedes no perdonar; no pasa nada ni la Universa te castiga.

Hay personas que perdonan. Otras no. Algunas dejan de sentir rabia. Otras conservan una indignación perfectamente comprensible. Algunas reconstruyen una relación. Otras deciden legítimamente que no quieren volver a ver en su vida a determinadas personas.

La recuperación no tiene un único itinerario moral. Y ninguna de esas decisiones convierte a alguien en más evolucionada que otra.

Desde una perspectiva feminista, me interesa especialmente preguntarme a quién beneficia esta insistencia en la bondad femenina, la comprensión ilimitada, el perdón y la capacidad de sanar a los demás.

Porque llevamos siglos escuchando que las mujeres debemos ser pacientes, cuidadoras, conciliadoras y capaces de soportarlo todo por amor. Ahora, en determinados espacios pseudoterapéuticos y pseudoespirituales, el mismo mandato aparece envuelto en palabras como energía, conciencia, vibración, propósito, aprendizaje o sanación del linaje.

El vocabulario cambia. La exigencia permanece.

A las mujeres se nos sigue pidiendo que hagamos un trabajo interminable sobre nosotras mismas para poder tolerar mejor lo que otros hacen.

Y yo me niego a llamar evolución a la renuncia a los propios límites.
Me niego a llamar conciencia a la culpabilización de quien ha sufrido violencia.
Me niego a llamar amor a la obligación de permanecer disponibles para quienes nos dañan.
Y me niego a convertir el perdón en una nueva medida de la bondad femenina.

No has venido a este mundo a sanar a tu padre.
No has venido a reparar a tu pareja o a tu familiar.
No has venido a comprender indefinidamente a quienes te hacen daño.

No tienes que transformar la violencia recibida en una lección espiritual para que tu vida tenga sentido.

No necesitamos más mujeres intentando «sanar» a los hombres. Necesitamos personas que se responsabilicen de sus actos y que las mujeres dejen de ser educadas para reparar las consecuencias de los actos de otros.

Quizá necesitamos de una vez dejar de llamar amor a nuestra propia subordinación y sumisión inducida.

Y espiritualidad, al Patriarcado con incienso.

Buen día, otro día.
Por si sirve.

María Sabroso.

Sobre María Sabroso 206 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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