Vito Corleone nunca convocó una manifestación contra la mafia. Tampoco lo hizo Alfonso Capone. Eran otros tiempos, el mismo cinismo hipócrita, pero otros tiempos. Otras costumbres.
Don Vito o don Alfonso podían mandar coronas de flores al sepelio del que horas antes habían ordenado asesinar, o asistir a la misa de «corpore in sepulto» para ofrecer sus condolencias a la viuda y sus hijos.
Podían llevar el «cynismus» hasta un nivel insoportable, pero jamás se les hubiera ocurrido convocar una manifestación contra su «modus oprandi», mejor, contra su «modus vivendi«. Sería como mearse en las cortinas de sus dormitorios.
Que vivimos una distopía es algo tan plausible como el cambio climático que la completa. Aunque haya cientos, miles, millones de beodos que la nieguen desde la ausencia de pensamiento.

Hoy, domingo, asistimos con perplejidad a un nuevo episodio de este aquelarre nefasto de defunción de la Democracia. Una paradoja hiriente: miles de enajanados auparan a los verdugos, harán uso de su libertad de expresión -en ausencia del pensamiento- para acabar con la libertad de expresión, pero, esta vez, con la que proviene del pensamiento.
Y, conforme avanzan los días, como si, al subir las escalinatas de un cadalso, uno pudiera observar mejor la realidad, el negro paisaje, me doy cuenta de que nada hay aislado, de que todo está conectado, de que la diabólica maquinaria se echó a andar cuando el Guionista de labio leporino y corazón fascista dio la contraseña: «El que pueda hacer que haga».
Me pregunto cuánto nos restará por ver hasta que la profecía nos aniquile.
La calle es de ellos, la mentira, también, qué nos queda.
Seguramente, el conocimiento de la Historia, la conciencia de unas raíces que nos obligan a retomar la palabra, la escrita y la oral, la que vive en las páginas de un libro y la que cobra vida en la calle. Nos queda la palabra, escribió el poeta, la dignidad de pronunciarla, de escribirla, de leerla. Nos queda la lucha, nos queda la utopía.
Juan Jurado.

No lo dudes Juan, nos queda la utopía, hoy y siempre. No nos la van a arrebatar, más quisieran.
Siempre los tuvimos en frente, nada ha cambiado, solo que ahora, nos escupen a la cara sin caretas. Nada nuevo bajo el sol.
Nuestra labor es la que llevamos haciendo siglos, empujar desde abajo, seguir luchando aunque nos escupan, nos pisoteen, pretendan robarnos la dignidad.
Si no lo consiguieron con los que nos precedieron haciéndoles cavar sus propias fosas, tampoco lo conseguirán con los que andamos en estos tiempos y los que vendrán.
Somos de otra pasta y ellos lo saben, les escuece y les jode porque saben que a dignidad y constancia en la lucha, no nos ganarán nunca. Seremos pocos, pero con la fuerza del que sabe que solo así podrá sobrevivir la humanidad. Y dicen que mientras hay vida, hay esperanza y utopía. Toda la utopía.