He visto varios vídeos.
Si tuviera que analizar su oratoria diría que es hábil en la puesta en escena, que organiza como falso diálogo en el que el otro interlocutor cree que puede expresarse ante alguien que va a escucharle.
No es así. El rebote de interrogaciones que envía, con una meritoria rapidez verbal, es una encerrona. No son preguntas que quieran saber del contrincante, son afirmaciones sumarísimas disfrazadas. No utiliza argumentos de autoridad (recordemos que las leyes no las reparte Dios como si fuera un repartidor de Amazon, pero Kirk creía en la Biblia, no en la constitución), ni argumentos estadísticos sólidos. Tiende a la generalización y al uso de ejemplos que idealizan la sociedad americana a partir de la repetición de anáforas machaconas. “Quiero comprar una casa, quiero vivir en ella, quiero que mis hijos monten en bicicleta”. Se olvida del “Mientras yo vigilo desde el porche con mi rifle en el regazo”.
Kirk tenía un tono bronco de los que hacen que los perros se sienten y bajen las orejas. Si te gusta ese estilo de primer curso de fascismo aplicado a la retórica, te hace suyo enseguida. Hay quien se pone palote cuando alguien con esta energía autoritaria, envolvente, entra en la sala. Kirk se sentaba y era otro truco. No se ponía al nivel de sus oponentes al renunciar a estar de pie frente a ellos. Sabía bien que no le hacía falta porque contaba con recursos para encandilar a muchos desde las tripas, como la vehemencia necesaria y unos cuantos conceptos simplificados hasta el absurdo. A otros era capaz de acorralarlos con la ametralladora de preguntas que no pueden responderse con brevedad, en un formato de partido de tenis. Imagino que se daban cuenta de que habían caído en la trampa demasiado tarde. Kirk, para entonces, ya estaba relamiéndose.
Patricia Esteban Erlés

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