Decir ‘señora’ como insulto es edadismo. Y eso también se hace entre mujeres.
Espetar un “cállese, señora” con desprecio no es un acto inocente; es usar la edad de otra mujer como arma para deslegitimar lo que dice, como si su voz valiera menos solo por haber vivido más años.
Es una forma sutil (o no tan sutil) de expresar: “tú ya no importas tanto, calla”.
Lo más preocupante es que este tipo de violencia simbólica no viene solo del patriarcado en abstracto: muchas veces la ejercemos entre nosotras. Sí, dentro del feminismo.
Como si no tuviéramos suficiente con los hombres que nos disciplinan y devalúan por la edad que tenemos y muchos de ellos ostentan igual.
Y aquí aparece una gran disonancia: muchas mujeres más jóvenes que se declaran feministas llenan sus redes de fotos posando, haciendo morritos y explotando su capital de belleza y juventud. Eso está bien, la libertad también es eso. Pero luego, cuando una mujer madura señala una crítica o hace un análisis con algo de profundidad, se la tacha, se la ridiculiza o se la invalida por su edad.
Esa contradicción revela mucho sobre cómo funciona realmente el sistema de privilegios estéticos-etarios dentro de nuestras propias comunidades, amigas.
Más aún, cuando una cuenta que se presenta como espacio feminista se dedica a pregonar la belleza, el estilo y la imagen de su propietaria como su principal valor o mensaje, cae en las mismas lógicas patriarcales que pretendemos desarmar. Porque poner el foco en el capital estético personal reproduce la idea de que el valor de una mujer está en su apariencia, en su juventud, en su atractivo visual, y no en sus ideas, su experiencia o su activismo.
Cuando una mujer más joven responde con un “señora, mírese el ombligo” a otra que plantea una crítica, está repitiendo una estructura patriarcal muy conocida: la que coloca el valor de una mujer en su juventud y en su capital de belleza. Y lo que está haciendo, en términos argumentativos, es una falacia ad hominem: no rebatir la idea, sino atacar a la persona.
¿El resultado?
Se desvía la conversación del tema central (por ejemplo, la tokenización de un símbolo político como el pañuelo palestino en un reel de baile) hacia un terreno personal que nada aporta al debate. En lugar de hablar de qué implica usar un símbolo con un significado histórico y cultural profundo como simple adorno, se reduce todo a la edad de quien lo señala.
Y aquí yo creo que hay otra capa que analizar: hay cosas que se celebran o toleran cuando las hace una mujer joven y guapa, pero que a una mujer madura, pobre o nada hegemónica se le critican o directamente no se le permiten. Eso no es libertad: es privilegio en un sistema que premia la juventud y castiga el envejecimiento femenino.
Entre mujeres esto nos fractura. Porque si solo las jóvenes pueden opinar sin ser ridiculizadas y las mayores deben callar para no ser tachadas de amargadas o exigentes, no es un espacio seguro ni sororo: es el patriarcado hablando con voz femenina.
Nombrar el edadismo no es un capricho, es una necesidad política. Si no lo señalamos, seguiremos reproduciendo el mismo sistema que dice que el valor de una mujer se mide por los años que tiene o mejor dicho, por lo pocos que le quedan antes de ser considerada invisible.
Podemos discrepar, debatir y hasta confrontar ideas. Podemos no gustarnos. Pero si para hacerlo tenemos que desacreditar a otra mujer por su edad, entonces no estamos construyendo feminismo: lo estamos vaciando de contenido.
Y desde luego llamar vieja o colocar en el papel de madre a una mujer que tiene una edad diferente a la tuya para taparle la voz, otra forma más de disciplinarnos.
Como si no tuviéramos bastante con los José Luis de la vida, cariño mío, ahora vienes tú.
Ese «demérito» de la madurez o la vejez llega, en el mejor de los casos, a golpe de chass. Espérate y verás.
Buen día, otro día de salud emocional feminista y buen trato.
María Sabroso.

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