Fue Feuerbach quien nos enseñó que las religiones no hablan de dioses sino de los miedos y deseos de los humanos. Fue Lévi-Strauss quien nos enseñó que los mitos no hablan de magia sino de los límites con los que las sociedades crean el orden de las cosas. Y eso es lo que ocurre con Spielberg y sus tres películas de extraterrestres: no hablan de ellos sino de nosotros, los humanos: «Encuentros en la Tercera Fase», «E.T» (inolvidable, de lo mejor de Spielberg) y «El día de la Revelación». Como en las otras tres, quizás mucho más en esta, el relato es un batiburrillo de aventuras y de referencias. Se parece muchísimo a los relatos de Lévi-Strauss de los mitos indígenas. Pero, de entre los muchos hilos que tejen la historia, me gustó mucho la mitificación que realiza de los eternos problemas de la epistemología: ¿cómo entender la mente de los otros?, ¿cómo sabemos lo que sabemos?, ¿puede haber un conocimiento privado? En la película aparece un dispositivo de ciencia infusa que permite la comunicación intermental, pero eso es lo de menos. Como en E.T., donde el problema era la soledad de la infancia frente a un mundo violento de adultos, en Disclosure Day el problema es también la soledad y el reconocimiento, la diferencia entre un mundo de máquinas de información y un entorno de cuerpos y mentes que se reconocen como humanos. El horizonte utópico de los extraterrestres es, como en las mitologías indígenas, similar a los animales que portan sabiduría (por cierto, aquí son los pájaros). Necesitamos más mitos y más cine. Más cine, por favor, como nos arrullaba Luis Eduardo Aute. También de Spielberg, que ha leído, seguro, Tristes Trópicos más de una vez.
Fernando Broncano.

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