No tienes derecho, Antonio…

No; estar en pareja o en relación no te da derecho al cuerpo de nadie.
Conocer a una mujer e irte con ella a su casa, tampoco.

No tienes derecho sobre el deseo ajeno, Antonio.
Ni sobre la excitación. Ni acerca de la disponibilidad sexual de otra persona.

El consentimiento no desaparece cuando empieza una relación.
Porque una mujer no firma un contrato sexual cuando se enamora, cuando se empareja o cuando dice vamos.

Y cuesta todavía decir esto tan claro porque durante siglos se nos enseñó exactamente lo contrario: que una “buena mujer” debía estar disponible, comprender, ceder, adaptarse, no frustrar, no herir el ego masculino, no generar conflicto.

Demasiadas mujeres han aprendido a tener sexo no desde el deseo, sino desde el miedo: miedo al enfado, al reproche, al silencio, a la distancia, a la culpa, a que él se sienta rechazado, a que la relación se rompa.
Y eso no es libertad. Eso es condicionamiento.
El problema no es sólo ético. Es corporal, amigas.

El cuerpo sabe cuándo está accediendo por miedo. El cuerpo sabe cuándo está sosteniendo emocionalmente a otro. El cuerpo sabe cuándo el “sí” no nace realmente del deseo.

Y después nos llega la desconexión, el dolor, la disociación, la sensación de invasión, el rechazo al contacto, el agotamiento, la rabia silenciosa.

A muchas de nosotras ni siquiera se nos ha permitido nombrarlo.
Porque todavía hay hombres que viven la falta de sexo como si les estuvieran quitando algo que les pertenece.
Y no; no es un derecho adquirido.

Tu frustración puede ser legítima. Tu sensación de rechazo puede doler. Tus necesidades sexuales importan.
Pero ninguna necesidad masculina genera automáticamente una obligación corporal femenina.
Ninguna.

No estamos en el mundo vincular para regular la autoestima, la ansiedad, la validación o la sensación de vacío de nadie a través de nuestro cuerpo.

Y quizá ahí está una de las conversaciones más incómodas: muchos hombres no fueron educados para diferenciar entre deseo, amor, validación y derecho.
Por eso algunos sienten que cuando una mujer no quiere sexo está fallando como pareja; como si amar implicara disponibilidad total; como si el vínculo garantizara acceso.

No somos una madre dispuesta con la teta a demanda, compañero.

El deseo no florece bajo presión. El erotismo no sobrevive a la exigencia. Nadie se abre corporalmente de verdad cuando siente obligación.

La sexualidad, la erótica, necesitan libertad.
Necesitan poder decir sí. Y también no. Sin miedo.
Sin castigo emocional.
Sin represalias afectivas.
Sin violencia.

La intimidad no se exige. La intimidad se comparte.

Y una mujer que puede decir “no” con seguridad es también una mujer que podrá decir “” desde un lugar real y no desde la obediencia o la sensación culposa.

No desde la supervivencia.
No desde el temor de la amenaza de abandono, la triangulación con el deseo hacia otras personas o la utilización de la masturbación como castigo.

«Veo porno, me masturbo y me excito con otras mujeres porque tú no quieres hacer lo que yo quiero, cuando yo quiero» es violencia.

Sí, prima. Lo sabemos.

Quizá no has dejado de tener deseo; has dejado de ceder, ha dejado de gustarte LO MISMO.
Buen día, otro día de salud sexual feminista.
María Sabroso
Obra de Violeta Conde

Sobre María Sabroso 195 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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