Te voy a decir lo que tienes que hacer.

Hay una escena cotidiana, casi imperceptible, que se repite con frecuencia entre mujeres, especialmente en relaciones de cercanía: una amiga comparte algo que le pasa, algo que le duele, que la confunde o que está viviendo, y enseguida, sin dejar mucho espacio, la otra responde con un consejo.
A veces incluso lo introduce con un “no te enfades, pero», «lo que haría en tu lugar es», «te voy a ser sincera
En apariencia, parece un gesto de cuidado. Pero si nos detenemos un poco más, muchas veces no lo es.
Ese impulso de aconsejar sin haber sido invitadas a hacerlo, de decirle a la otra lo que tiene que hacer sin haber preguntado qué necesita, suele estar más relacionado con nuestra propia incomodidad y cierta arrogancia que con el bienestar ajeno.
Cuántas veces caemos todas en esto.
Es una forma de no estar presentes con lo que la otra siente, pero también de no estar presentes con lo que nos pasa a nosotras frente a su vivencia e internamente.
Es más fácil dar respuestas que sostener el silencio. Es más fácil decir cómo vivir, que mirar el caos de nuestra propia experiencia.
Y ese:  “espero que no te enfades, te digo esto desde mi sinceridad», muchas veces actúa como una barrera: es una fórmula que usamos para protegernos, para suavizar el acto de cruzar un límite y para no asumir que lo que estamos a punto de decir quizás no es tan inocente ni tan útil como pensamos.
Dar consejos no pedidos puede ser una agresión velada. Una forma sutil de ponernos por encima, de asumir que sabemos más, que vemos más claro, que entendemos mejor lo que le pasa a la otra.
Y eso, aunque se diga con buena intención, muchas veces borra a la persona que tenemos delante. La reduce a alguien que necesita ser corregida, salvada, iluminada.
Pero lo que más nos cuesta ver es que muchas veces aconsejamos para no sentir.
Para no sentir nuestra propia impotencia y falibilidad.
Para no conectar con nuestras propias heridas, dificultades, miedos o contradicciones.
En ese gesto también puede darse una desconexión profunda con nuestra propia vulnerabilidad.
Es más fácil parecer sabias, fuertes, resolutivas, que confesar que no sabemos, que nos duele, que estamos atravesadas por lo mismo o por algo parecido. Que estamos tan perdidas como la otra. O más.
Por eso, en lugar de lanzar consejos automáticos, podríamos empezar por algo más difícil y más valiente: preguntar, escuchar, acompañar sin intervenir. Y sobre todo, revisar qué nos pasa a nosotras con esa persona.
¿Estamos aconsejando desde el amor o desde el miedo?. ¿Desde la empatía o desde el juicio?. ¿Estamos disponibles para acompañar o solo queremos acallar algo que nos incomoda?.  ¿Invalidar la estrategia ajena con sus asuntos?
No se trata de callar siempre ni de evitar compartir lo que pensamos. Pero sí de hacerlo desde otro lugar: uno más humilde, más horizontal, más respetuoso. Uno que no invada, que no imponga, que no borre a la otra.
Porque acompañar de verdad a alguien no es decirle qué hacer, sino caminar a su lado mientras encuentra sus propias respuestas.
Lo demás es, para mí, jerarquía y poder.
Ser amiga, tal vez, cursa con el respeto por los caminos ajenos así como esperamos que respeten el nuestro.
Uno diferente pero, indudablemente, no mejor.
Me hago cargo de mi vulnerabilidad y acompaño la tuya, podría ser una ley activamente amorosa.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Sobre María Sabroso 177 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

1 comentario

Deja un comentario