«Todo hombre, en toda circunstancia y a cualquier precio, debe poder tener sexo.»
Este supuesto no está escrito en ninguna ley, pero opera como una verdad indiscutida en la cultura patriarcal. No importa si la mujer quiere.
No importa si hay cansancio, dolor, miedo, puerperio o simplemente desinterés. La idea de que los hombres necesitan sexo y las mujeres lo deben sostiene uno de los pilares más violentos del sistema patriarcal: el acceso libre, constante y garantizado al cuerpo de las mujeres.
Esta lógica no solo sostiene el sistema prostitucional, donde se paga por obtener lo que se considera un “derecho masculino básico”, sino que también atraviesa de forma más sutil y más normalizada la vida cotidiana de muchísimas mujeres dentro de sus relaciones de pareja heterosexuales.
Porque el patriarcado no solo enseña que los hombres tienen derecho al sexo, también enseña a las mujeres que deben ofrecerlo, sostenerlo y “cuidarlo” como parte de su rol afectivo. “Si no se lo das tú, lo buscará fuera.” “Tienes que entender que es su manera de conectar.” “Es sano para la relación.” “Ya lleva días sin.”

Y así, el deseo masculino se convierte en mandato, y el consentimiento femenino en una ilusión.
Millones de mensajes y directrices (no pocas supuestamente terapéuticas) en la dirección de poner tu cuerpo al servicio ajeno.
Muchas mujeres aprenden a disociarse, a desconectarse del cuerpo y aguantar. A dejarse hacer. A sentirse culpables por no tener ganas. A ver el sexo como una tarea, un deber, una obligación.
A vivir el deseo propio como algo prescindible, mientras su cuerpo se convierte en un territorio cedido.
Y lo hacen incluso en relaciones donde hay amor, cuidado, ternura. Porque la lógica patriarcal no necesita gritar para imponerse: basta con que esté normalizada.
El feminismo cuestiona profundamente esta naturalización del acceso masculino al cuerpo femenino. No hablamos solo de trata, de burdeles o de pornografía.
Hablamos, amiga, de esa idea fundacional que legitima el uso del cuerpo de las mujeres como bien de consumo, como servicio afectivo-sexual, como zona de descarga emocional y física del varón.
Hablar de consentimiento no es solo decir “sí” o “no”. Es preguntarnos si hay libertad real para desear, para detenernos, para elegir. Si hay espacio para que nuestro cuerpo no esté disponible. Si hay respeto cuando decimos “hoy no quiero”. Si estamos habitando el sexo desde el placer o desde el deber.
Romper con este mandato es urgente y es político. Porque no habrá igualdad posible mientras los cuerpos de las mujeres sigan estando al servicio del deseo masculino, sea con dinero, con manipulación emocional o con amor romántico.

Pero ¿qué pasa cuando una mujer se permite decir que no? ¿Cuándo no tiene ganas, no está disponible, o simplemente no desea?
Entonces aparecen los castigos psíquicos. No necesitan gritar ni insultar para ser profundamente violentos. Son formas sutiles, y no tanto, de castigar el límite femenino, de mostrar que el cuerpo de ella debería estar disponible, y que su negativa tiene consecuencias.
¿Conoces algo de esto?
El silencio prolongado, el cambio en el tono o la actitud: frialdad, distancia, hostilidad pasiva. El sarcasmo, las bromas hirientes: “Ya no te gusto”, “Te estás volviendo frígida”, “¿Y ahora a quién se lo das?”.
Las quejas constantes: “Me tienes abandonado”, “Nunca quieres”, “No me deseas”.
El chantaje emocional: “Esto me hace sentir rechazado”, “Me haces sentir poco hombre”, “Necesito sentirme querido”.
La amenaza implícita (o explícita) de que buscará sexo fuera de la relación.
La retirada del afecto, la ternura, la disponibilidad emocional.
Pagar con las criaturas su no aceptación de la situación, la utilización de la violencia ambiental.
Estos comportamientos, aunque puedan parecer parte del «conflicto de pareja«, son en realidad mecanismos de coerción y control emocional profundamente arraigados en la cultura patriarcal. Son castigos que buscan corregir la conducta de la mujer que osa no estar disponible.
Son una forma de decirnos: «Si no me sirves sexualmente, estas son las consecuencias«.
El resultado: cedemos para no perder el vínculo, para no cargar con la culpa, para evitar una pelea, para que él no se cierre o se ponga frío.
Mujeres que terminan teniendo sexo sin deseo bajo un clima emocional de presión, manipulación o miedo a ser rechazadas.
Y esto también es violencia. Una violencia relacional normalizada. Una violencia que deja huellas profundas y marcan la autoestima, la libertad, el derecho al deseo propio.
Es urgente visibilizar estos mecanismos porque el patriarcado no solo actúa desde lo público o lo extremo. También habita lo íntimo, lo cotidiano, lo que llamamos «amor». Y porque muchas mujeres están convenciéndose de que lo que sienten es exagerado, que su malestar no tiene sentido, que “así son los hombres”.
No es vínculo si hay miedo al castigo.
No es sexo si no hay deseo mutuo.
Es opresión.
Desobedecer estos mandatos es un acto de dignidad. Poner el cuerpo solo cuando se desea es un acto político. Y hablar de esto, también es una forma de resistencia.
Y también te digo, compañera, en cualquier caso haz lo que puedas para liberarte. Lo que puedas.
No todas sostenemos el mismo nivel de agencia propia. Pero sí muchas vivimos lo mismo.
Te abrazo.
María Sabroso.
Por si sirve.
Collage de Ibzz

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