En este artículo del NYTimes, el psicólogo Adam Grant se pregunta qué forma habría de evitar que los alumnos hagan trampa con la IA. Ni hay ninguna, responde, salvo una solución que no está en el modo de hacer exámenes. Platón, en La república, narró el mito del Anillo de Giges: un anillo que permitía todo tipo de crímenes con impunidad, pues producía la invisibilidad de su portador. Es la pregunta inicial de la conciencia y la identidad moral: ¿qué harías si tus acciones no tuviesen consecuencias? Un artículo muy filosófico de la sección que dirige el filósofo Anthony Appiah:
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En realidad, solo hay una forma de evitar que los estudiantes hagan trampa
El día antes de un examen para hacer en casa en mi asignatura de grado en Wharton, varios estudiantes me enviaron mensajes desesperados diciendo que algunos de sus compañeros planeaban utilizar inteligencia artificial para copiar. Después de haber pasado el semestre intentando sacar lo mejor de cada uno de ellos, me sentí consternado al descubrir lo peor que había en ellos. Me sentí traicionado.
Sin embargo, cuando los 95 estudiantes se conectaron para realizar el examen, se llevaron una sorpresa. Había descartado las preguntas de opción múltiple y de respuesta corta que suelo incluir. En su lugar, les pedí que escribieran un ensayo, utilizando los principios de psicología organizacional que habían estado estudiando, sobre cómo motivar a los estudiantes para que dejaran de copiar.

Sus respuestas me dejaron atónito. Casi ningún estudiante consideraba que copiar fuera una violación de la integridad. La mayoría puso excusas: «Estamos sometidos a mucho estrés». «Todos los demás lo hacen». «No tenemos otra opción». Sonaban como jugadores de béisbol de las Grandes Ligas en la era de los esteroides. ChatGPT era su droga para mejorar el rendimiento.

A medida que las escuelas se enfrentan a este problema, muchos profesores están pasando a utilizar redacciones en clase y exámenes orales. Crear obstáculos nunca va a ser suficiente. Tenemos que llegar a la raíz del problema cambiando las motivaciones subyacentes de los alumnos.
A lo largo de una serie de estudios, en una amplia variedad de contextos, los psicólogos han descubierto que, a medida que aumenta lo que está en juego en un reto competitivo, también lo hace el copiado. Algunas personas son en gran medida inmunes a este efecto. No siguen una lógica de consecuencias calculando si los beneficios de copiar superarían los costes. Se preguntan a sí mismas: «¿Qué es lo correcto que debe hacer alguien como yo en una situación como esta?». Tienen identidades morales sólidas.

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Ese es el término que utilizan los psicólogos para referirse a la profunda preocupación por ser una persona de honor e integridad. Amplia evidencia demuestra que la identidad moral puede ayudar a las personas a resistirse a la tentación de hacer trampa, mentir y robar.
Cuando las personas tienen identidades morales sólidas, consideran que el comportamiento poco ético es una violación, no solo de las normas, sino también de sus propios valores. Anticipan sentir más culpa ante la idea de cometer una falta y más orgullo ante la perspectiva de hacer lo correcto. Creen que sus decisiones reflejan su carácter. Es algo muy poderoso. Y la mejor manera de inculcarlo es conseguir que los alumnos reflexionen constantemente sobre las consecuencias éticas de sus acciones. Cuanto más jóvenes empiecen, mejor.
Muchos centros educativos intentan fomentar la identidad moral pidiendo a los alumnos que sigan un código de honor o que firmen un compromiso de honestidad. Los juramentos de integridad son a menudo ineficaces —y, en ocasiones, resultan contraproducentes—. En un experimento, pedir a los alumnos que firmaran un compromiso de honestidad antes de un examen duplicó la tasa de trampas. La mera existencia del compromiso sugería a los alumnos que el comportamiento deshonesto probablemente era habitual, por lo que más valía que ellos también hicieran trampa.

En el pasado, las investigaciones demostraron que los estudiantes que copiaban se sentían culpables por ello. Era un último recurso tan estigmatizado que muchos no admitían haberlo hecho. Para estimar lo habitual que era, los investigadores tenían que preguntar a los estudiantes sobre la tasa de copias en su clase o realizar encuestas anónimas. El año pasado, cuando encuesté a estudiantes de universidades de élite sobre su opinión respecto a las copias, muchos de ellos admitieron haberlo hecho para entrar en la universidad, y firmaron la encuesta con sus nombres completos.
La IA no solo ha hecho que sea más difícil detectar las trampas. Ha hecho que copiar sea tan sencillo, tentador y accesible que muchos estudiantes ya no creen que esté mal. Un estudiante de la Ivy League que participó en mi encuesta escribió: «Copiar es una expresión creativa y una forma de resolver problemas. Si puedes sortear las restricciones establecidas y no te pillan, entonces bien por ti». ¿En serio? ¿Cómo te sentirías si descubrieras que tu cirujano copió para entrar en la facultad de medicina —o copió durante sus estudios de medicina?
Los psicólogos han descubierto que muchas personas juzgan su integridad utilizando un sistema de créditos y débitos. Tras hacer algo virtuoso, la gente suele sentir que se ha ganado una licencia para darse el gusto de caer en un vicio. «Soy una buena persona, así que está bien hacer algo malo», se justifican, o, peor aún, «Soy una buena persona, así que esto no es algo malo». En mis encuestas, muchos estudiantes justificaban el copiar separándolo mentalmente del resto. Sí, a veces habían copiado, pero no eran tramposos. Simplemente hacían lo necesario para tener éxito.

Eso no ocurre con las personas que tienen una identidad moral sólida. Sienten la responsabilidad de hacer lo correcto. Por eso algunos de mis alumnos se pusieron en contacto conmigo para advertirme de que sus compañeros planeaban copiar, en lugar de limitarse a sumarse a ellos. Una forma de ayudar a más estudiantes a desarrollar un sentido moral es incluir la ética en su plan de estudios.
La prueba más contundente proviene de los asesores financieros, que deben superar un examen de habilitación para ejercer en el sector. En un análisis histórico de más de un millón de asesores, aquellos que se presentaron al examen en años en los que este se centraba en gran medida en preguntas sobre ética —y que, por lo tanto, tuvieron que estudiar mucho ese tema— acabaron registrando unas tasas anuales de conducta indebida un 25 % inferiores. Incluso tres años después, los asesores que recibieron más formación en ética cometieron menos infracciones que sus colegas que recibieron menos formación.

No se trataba solo de que hubieran aprendido las normas. Al dedicar más tiempo al material, al trabajarlo a fondo, habían interiorizado un sentido más firme de lo que está bien y lo que está mal en su profesión. Y si sus empresas se veían envueltas en escándalos, esos asesores eran más propensos a marcharse, porque no querían trabajar para empresas que violaran sus valores personales.
La formación en ética puede marcar la diferencia, pero debemos reflexionar sobre cómo impartirla. La integridad no se inculcó mediante sermones ni reprimendas. Dependía de los asesores ir más allá de memorizar normas; aprendieron todo un código moral. A medida que se enfrentaban a lo que era ético, se convencieron a sí mismos de que era importante.

El momento también es importante. Estudiar ética resultó especialmente influyente para los asesores sin experiencia (y para aquellos que aún no tenían antecedentes de conducta indebida). Si queremos inculcar identidades morales sólidas en los estudiantes, lo ideal sería empezar a llegar a ellos antes de que se enfrenten a la tentación de hacer trampa. Las encuestas anónimas estiman que, ya en la escuela primaria, aproximadamente un tercio de los estudiantes ha hecho trampa, y las tasas aumentan a lo largo de la secundaria y el bachillerato. Y cuando se enfrentan a la tentación de hacer trampa, resulta útil reforzar su identidad moral.

En un experimento con más de 20 000 personas, los compromisos de honestidad funcionaron mejor cuando ayudaban a los participantes a reconocer las implicaciones morales de sus acciones. Las personas eran menos propensas a hacer trampa después de que se les recordara que la honestidad es un concepto de «todo o nada» y que hacer lo correcto fomenta una cultura de confianza, responsabilidad social e integridad.
En cada hogar y en cada colegio, deberíamos animar a los niños a reflexionar sobre cómo hacer trampa es injusto para sus amigos, cómo socava los esfuerzos por construir una sociedad justa y cómo merma la búsqueda de convertirse en una persona de principios.
La esencia de la integridad radica en reconocer que el fin no justifica los medios. Lo que logramos puede definir nuestro éxito. Cómo lo logramos determina nuestro carácter.
Adam Gran
El Dr. Grant, colaborador de la sección de opinión, es psicólogo organizacional en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania.
Cortesía de Fernando Broncano

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