Se llamaba D. Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que podía hallarse por aquellos tiempos. (…) se había criado en los cartapacios y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna y las reales cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia llena de pedantería me inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una muchacha muy fea a quien dio malísimos tratos.
Los que le han juzgado tonto se equivocan, porque era listísimo, y su ingenio, más bien socarrón que brillante, antes agudo que esclarecido, era maestro en el arte de tratar a las personas y de sacar partido de todo. Habíase hecho amigo de D. Víctor Sáez, y aun del mismo Rey y del Infante D. Carlos, por sus bajas lisonjas y lo bien que les servía siempre que encontraba ocasión para ello.
Entonces tenía cincuenta años, y acababa de salir del encierro voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo, y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su origen se traslucía bastante.
Benito Pérez Galdós, Los cien mil hijos de San Luis

Es axioma común que todos los tiranos necesitan a palanganeros que trasladen la perfidia del déspota al lugar adecuando. Se hizo, se hace y se hará. De todos los reyes malvados, pérfidos, traidores e ineptos que tiene el largo historial de los Borbones en España, sin discusión ninguna, se erige Fernando VII como el primero de la lista. Pocos hombres han nacido con temperamento tan mediocre, malvado y traidor a su patria y a la corona española como el bien llamado rey Felón o más recientemente –Nieves Concostrina como bautilzadora, el Mastuerzo-. Ningún epíteto negativo es exagerado tratando de definir a este rey nefasto que su mal hacer propició la invasión francesa -ayudado por su familia, es cierto- y el descalabro que supusieron las guerras carlistas, así como la disensión con Catalunya que han marcado más de dos siglos de confrontación, desconfianza y guerras sangrientas.
Como decimos, los malvados se rodean de sumisos tan malvados, incluso a veces son superados, por los serviles acompañantes de su poder. Tal es el caso del biografiado, Francisco Tadeo Calomarde, uno de esos verdugos que tuvo tanto poder en sus manos como desastres y muertes produjo. Además de ser el descubridor, o al menos quien les sacó buen partido, de las cloacas del poder, tan aprovechadas y populares en los últimos tiempos.

Vamos a conocerle.
Nace en familia campesina de Villel, provincia de Zaragoza. Sus padres tienen pocas tierras, escasas de recursos, incluso él siendo joven tuvo que ayudar en el cultivo de los escasos campos familiares. En la escuela del pueblo donde asiste en sus primeros años parece que destaca por lo que el maestro aconseja a los padres que le prorroguen los estudios. La familia no tiene posibilidad económica, pero Tadeo Calomarde era hombre que reptaba con cierto aliño entre la gente que le podría ampliar el horizonte. Consigue que una viuda de la ciudad le hospede y alimente a cambio de trabajos en la casa y de esa forma consigue estudiar en la Universidad de Zaragoza. Poco después con su titulo de abogado comienza labor en la Audiencia de Aragón.
Tadeo Calormarde no se conforma con el éxito que supone ascender de categoría social, de campesino a abogado, decidiendo dar el salto a la capital de España. Para ello, volvemos a verle reptar entre las piernas de quien le puede facilitar las cosas. Consigue una carta de recomendación para Antonio Beltrán, aragonés como él, médico del todopoderoso Godoy, que le podrá introducir en la Corte de Carlos IV.

El señor Beltrán le lleva de la mano hasta las cercanías del poder “regalándole” la preciada plaza de Secretario de Gracia y Justicia de Indias. No era tanto un regalo como un trueque. Beltrán tiene una hija, Juana, mujer bondadosa, sencilla pero muy fea y sin ninguna gracia que pudiera resaltar para conseguir marido. Antonio Beltrán le trueca el nombramiento a Calomarde a cambio de que se case con la buena de Juana. Tadeo acepta porque su afán de medrar no le permite ser exquisito. Una vez conseguido el cargo, el interfecto retrasa cumplir el compromiso matrimonial por lo que Beltrán le amenaza con la cárcel si no se desposa con Juana, casándose al fin en 1808, pero poco después el taimado la abandona. Juana, resignada a su suerte, se traslada a Zaragoza donde reside hasta su muerte, siéndole fiel, incluso le hizo heredero a su muerte de una menguada herencia.

Por las fechas pueden imaginar que el panorama político de España estaba agitado en exceso. El diecinueve de marzo de ese año se produce el motín de Aranjuez cayendo Godoy, todopoderoso valido del matrimonio real Carlos IV y María Luisa. El infante Fernando se ha sublevado contra su padre el rey Carlos IV. El príncipe heredero, influido por cortesanos que conspiran, siente una repulsa absoluta por el valido Godoy, quizá motivado por la influencia que tiene en la pareja real, además de sentirse opacado por la galanura del apodado unas veces, “Principe de la Paz” y otras el “Chorizo” dependiendo de quien lo nombrara, aunque los reales padres le adoraban (hay quien murmura que la reina con más motivos) apelandole “querido Manuel”

A raíz del motín de Aranjuez, como decimos, dirigido por cortesanos opositores a Godoy, nombran al príncipe de Asturias, rey Fernando VII…cosa que poco después queda desecho ya que la familia real marcha a Francia invitada por Napoleón que asistía perplejo y complacido al desastre que la corte española produce. El emperador les dice que puede mediar en la disputa familiar convenciendo a Fernando para que también se encamine a Francia, cosa que hace, deslumbrado por el emperador al que ama y admira como demuestran las infames cartas(1) que le envía subsumiéndose hasta la humillación, incluso pidiéndole la mano de una hermana en el afán de emparentar con el que, mientras tanto, invadía la península ibérica con la disculpa de marchar hacia Portugal.

Las tropas francesas al mando del general Murat se asientan en España. El pueblo –solo el pueblo, ni el ejercito que se mantuvo calmado, ni la aristocracia que se unió a los franceses en su mayoría, ni la monarquía que vive bajo la protección imperial en Compiègne (Oise), mientras Fernando dispone del castillo de Valençai para disfrute de su soledad– se levanta en armas contra el invasor y durante cuatro años las tierras de España se riegan de sangre popular mientras los Borbones gozan de fiestas, cacerías y buena vida bajo el amparo del invasor.
¿Qué hace Calomarde mientras tanto? Poca cosa…trabajar en favor del absolutismo, ya que se erige en defensor de las ideas retrogradas que propugnan la monarquía autoritaria sin amparo constitucional. Se opone con todas sus fuerzas a las Cortes de Cádiz y a cualquier tentación liberal o liberadora.

Acabada la guerra de la Independencia, regresa la familia real, Fernando VII es aclamado como “el Deseado” rey de las Españas . Las Cortes reunidas en Cádiz confeccionaron durante la guerra una Constitución que abría márgenes de libertad para el país, a ejemplo de los europeos, pero cometen el infantilismo de dar prerrogativas a la iglesia católica y a la monarquía en dicha Constitución a la vez que imponen juramento a la ley suprema a Fernando VII. El Felón jura porque no le queda más remedio, ha sido el pueblo español quien ganó la guerra, el que le trajo de vuelta al país por lo que cede, pero no está conforme. Al poco tiempo, con ayuda de los Cien Mil Hijos de San Luis (tropas francesas que tornan a invadirnos) anula la Constitución de Cádiz, elimina las Cortes inactivando cualquier atisbo de libertad y liberalismo. Vuelven las «caenas» a cinchar al pueblo, hemos de decir que con bastante aquiescencia por su parte.

Calomarde está de nuevo reptando por los aledaños del poder. El dos de septiembre de 1813, es nombrado Fiscal del Tribunal Especial de Orden; poco después en 1814, oficial mayor de la Secretaría de Estado y Despacho Universal de Indias además de Secretario perpetuo de la Orden de Isabel la Católica, de reciente creación. Por fin se ha introducido en los altos aledaños del poder el mediocre estudiante hijo de campesinos pobres aragoneses.
El rey goza de plenos poderes amparado en las tropas francesas y nada mejor que nombrar al fiel opositor de las libertades, Calomarde, como ministro de Gracia y Justicia convirtiéndose en mano derecha del monarca, además de fiel seguidor y cumplidor del afán vengativo del malvado rey con el que trama la desaparición, por métodos violentos, de los opositores liberales que siguen en España desatándose una terrible represión sobre los confiados y heroicos amantes de la libertad.

Muchos de esos liberales son héroes de guerra, tanto militares como guerrilleros. Han luchado por restablecer el poder monárquico, solo que su deseo para España es una monarquía constitucional a ejemplo de las europeas. Durante el tiempo que gobernaron las Cortes de Cádiz, han eliminado la Inquisición, pretenden mejorar la enseñanza expulsando de las aulas al oscurantismo católico que mantiene al pueblo ignorante, incluso hablan de un tímido sufragio universal, exclusivo para hombres de la burguesía y aristócratas.
Con la anulación de la Constitución, Calomarde, trae de vuelta la Inquisición a la que utiliza sin rubor para sus crímenes de estado convirtiendo el país en un rio de sangre liberal, coloca espías en cualquier parte que sea tentadero liberal, compra almas que delatan a vecinos y compañeros, mientras la maquina del estado violento funciona bien engrasada. Tadeo Calomarde fue, sin duda, el rostro más implacable del absolutismo en la que se llamó la Década Ominosa (1823-1833). Si Fernando VII era el monarca que traicionaba sus promesas, Calomarde fue el arquitecto que construía el andamiaje legal y policial para sostener esa traición.

El caso de Mariana Pineda es emblemático de este periodo, demostrando que la represión de Calomarde no entendía de clemencia ni de estamentos sociales.https://lapajareramagazine.com/mariana-pineda
En mayo de 1831, la policía política hociqueaba por todos los lugares donde intuyera liberales, encontrando en la casa de Mariana en Granada una bandera a medio bordar con las palabras «Libertad, Igualdad y Ley». Este hecho fue suficiente para acusarla de formar parte de una conspiración liberal. Se dijo que Calomarde, junto al jefe de policía Pedrosa, intentaron utilizarla para que delatara a los cabecillas liberales de la ciudad a cambio del indulto. Mariana se negó rotundamente, pronunciando la frase: «Nunca mi boca pronunciará un nombre que pueda perjudicar a nadie».
Humillados por la valentía de Mariana Pineda, fue condenada a muerte por garrote vil. Calomarde insistió en la dureza de la pena para enviar el consiguiente mensaje de terror: si una mujer joven y de buena familia, como era Pineda, podía ser ejecutada por una bandera, nadie estaba a salvo.
Su muerte la convirtió instantáneamente en un mito de la causa liberal.

Ya saben que para los tiranos no hay enemigo más fuerte que el conocimiento, la educación y la cultura, por lo que el tándem Calomarde/Fernando VII se prestaron a anularlo con saña. Esta fue la forma de hacerlo:
En un alarde de anti-intelectualismo, cerró las universidades por considerar que eran focos de liberalismo. En su lugar, fomentó la creación de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, bajo el argumento de que era un entretenimiento más «castizo» y menos peligroso para el orden público (como verán poco ha cambiado desde el siglo XIX hasta ahora, los toros son punta de lanza del integrismo cateto y rancio de la España eterna y depauperar el conocimiento la mejor forma de retroceso social)

Tampoco podía faltar la censura por lo que se prohibió la entrada de libros extranjeros persiguiendo cualquier publicación periódica que no fuera estrictamente oficialista.
Lo curioso, y también repetido a lo largo de la historia española, es que las derechas no tienen fin. Se reproducen siempre por su costado más extremo. Lo paradójico del periodo en que Calomarde reptaba por la Corte madrileña es que habían brotado unos absolutistas más fanáticos que los oficiales a los que les parecían poco el celo absolutista del tándem real, se les llamaba los “Apostolicos” a los que Calomarde les parecía un liberal. Curiosamente, a pesar de su mano dura, Calomarde terminó siendo odiado también por los realistas más exaltados (los «Apostólicos«) que consideraban al gobierno de Fernando VII demasiado «blando» o no lo suficientemente duro reprimiendo al liberalismo. Eran los partidarios del católico e integrista hermano del rey, el infante Carlos María Isidro de Borbón.

Calomarde, tuvo que hacer un equilibrio peligroso: reprimir a los liberales mientras intentaba mantener a raya a los ultra-realistas que acabarían formando el bando carlista.
Fernando VII estaba enfermo, sus maldades quizá fueran castigadas por el Supremo Hacedor negándole el heredero ansiado para dar continuidad a la Corona. En España existía la Ley Sálica que impedía reinar a las mujeres. Fernando tenía solo una hija, Isabel, por lo que anuló dicha ley promulgando la Pragmatica Sanción que dejaba paso libre al reinado de Isabel.

Los adeptos a Carlos María Isidro, llamados carlistas, detestaban la posibilidad de que una mujer llevara los destinos de la patria. La protesta partía más de los acólitos del hermano del rey, Carlos María, que del propio infante. Como viene siendo común en la familia Borbón, Carlos María Isidro tenía pocas luces y curiosamente escasa ambición ya que pasaba la vida rezando practicante como era de un catolicismo integrista por lo que no tenía muchas ganas de oponerse al hermano. Fue el fanatismo de los acólitos y del propio Calomarde , que no veían lógico que el trono lo ostentara una mujer, los que propiciaron la pelea fraterna.

Estando Fernando VII agonizante, Tadeo Calomarde, aprovechó su debilidad para hacerle firmar la anulación de la Pragmática, por lo que volvía a nombrarse sucesor a Carlos María. Enterada la reina consorte María Cristina de los manejos palaciegos, montó en cólera avisando a cortesanos afines. Cuenta la leyenda que la Infanta Luisa Carlota, enterada del engaño, le propinó dos bofetadas a Calomarde delante del resto de cortesanos. Él, manteniendo su cortesía servil incluso en la derrota, respondió con la famosa frase:
«Señora, manos blancas no ofenden».
El rey, sorpresivamente, se recuperó mientras el gobierno de Cea Bermundez torna a poner en vigor de nuevo la Pragmática, legitimando a Isabel como heredera del trono y desterrando al taimado Calomarde a Teruel, donde le ampara únicamente la pobre Juana Beltán, su esposa abandonada. Los enemigos de Calomarde, que son muchos y variados después de su cruel trayectoria solicitan la detención del tipo, teniendo que huir a Tolouse donde residió hasta su muerte el diecinueve de junio de 1842.

Es sintomático y frecuente que una persona mediocre, con poca formación acceda a las cumbres del poder y desde las mismas maniobre para mantener al tirano. Calomarde fue una de las manos ejecutoras de Fernando VII, perdiendo a su vez el favor cuando al rey Felón dejó de interesarle o de necesitarlo.
La historia continua con la tristeza de que las decisiones de un rey nefasto provocaron decenas de años de guerras crueles que volvieron a ensangrentar la tierra española, mientras el pueblo seguía en estado paupérrimo desbrozándose el imperio a la vez que se generaba escisión y desconfianza entre el jacobinista estado central y la fuerte conciencia nacionalista vasca y catalana. De aquellos vientos, recibimos muchas tempestades…
María Toca Cañedo©
(1) Textos de las cartas enviadas por Fernando VII a Napoleón mientras los españoles se mataban por defenderle y él disfrutaba en Valençay su exilio dorado:
«Doy a Vuestra Majestad Imperial y Real la enhorabuena por la victoria de que me ha dado noticia su carta del 16 del corriente… Esta nueva prueba de la protección que el cielo dispensa a Vuestra Majestad Imperial y Real me ha dado el mayor placer.»
«Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S.M. el Emperador, nuestro soberano. Yo me creo digno de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, por mi amor y afecto a la sagrada persona de S.M.»

«Mi primo: […] Tengo el honor de presentar a V.M.I. y R. mis humildes felicitaciones por el matrimonio de V.M.I. y R. con la archiduquesa María Luisa. Estas nupcias son un testimonio de la predilección de la Providencia por la persona de V.M.»
«S.M. el Emperador se ha dignado enviarme la Gran Cruz de la Legión de Honor. Ruego a V.M.I. se digne permitirme llevarla, pues es para mí el mayor honor que puedo recibir.»
-Nos podemos imaginar la perplejidad imperial al recibir tales misivas que le debieron de producir risa. La desgracia es que el pueblo español reintegró a semejante energúmeno ciñéndole de nuevo la corona-
Bibliografia:
La Corte de Carlos IV
El 19 de marzo y el 2 de mayo
El equipaje del rey José
Los setenta y tres monárquicos
Un faccioso más y algunos frailes menos
Los Apostólicos
Los cien mil hijos de San Luis.
Todos pertenecen a la serie de Episodios Nacionales, escritos por don Benito Pérez Galdós, que si no han leído la serie entera, no sé a qué esperan…
Tadeo Calomarde: el brazo de hierro de Fernando VII» de José Luis Vila-San-Juan

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