Badalona o quan l’odi es fa norma i la memòria calla

Hay ciudades que no se reconocen cuando se miran al espejo, y Badalona parece hoy una de ellas. No porque haya cambiado su gente —que en esencia sigue siendo la misma, trabajadora, vulnerable, contradictoria— sino porque ha empezado a aceptar como natural un lenguaje que antes habría resultado inaceptable, incluso obsceno. Se habla de expulsiones, de “orden”, de “los de fuera”, como si esas palabras no llevaran consigo una carga histórica que debería avergonzarnos.
Siempre me ha inquietado comprobar con qué rapidez una sociedad puede olvidar. No olvidar los hechos, que eso es fácil, sino olvidar lo que esos hechos significaron. Badalona fue levantada por personas que llegaron sin nada, cargando acentos, hambre y sospecha. Personas que no eran bienvenidas, que fueron toleradas a regañadientes porque hacían falta sus manos. Hoy, los descendientes de aquellos hombres y mujeres asisten —y a veces aplauden— a la repetición del mismo gesto de desprecio, solo que dirigido a otros.
Se nos dice que no es ideología, que es pragmatismo, que es seguridad. Pero siempre se dice eso cuando se quiere evitar la palabra correcta: exclusión. Siempre se apela al sentido común cuando, en realidad, lo que se está haciendo es renunciar al pensamiento crítico. Porque pensar implica incomodarse, y la incomodidad no gana elecciones.
El discurso del poder municipal no solo señala: también autoriza. Autoriza a mirar con sospecha, a hablar con desprecio, a justificar lo injustificable. Y cuando un alcalde convierte el gesto autoritario en espectáculo cotidiano, lo que se erosiona no es solo la convivencia, sino algo más frágil y más difícil de reconstruir: la decencia pública.
Lo verdaderamente alarmante no es que existan gobernantes dispuestos a gobernar desde el miedo, sino que haya ciudadanos dispuestos a aceptar ese miedo como forma de gobierno. Que se confunda firmeza con crueldad, claridad con brutalidad, valentía con señalamiento. Esa confusión no es accidental: es el resultado de años de abandono, de frustración acumulada, de promesas incumplidas que ahora se saldan contra quienes menos pueden defenderse.
Tal vez dentro de unos años alguien escriba sobre este tiempo y se pregunte cómo fue posible. Cómo pudo una ciudad con memoria migrante convertirse en una ciudad desmemoriada. Cómo se aceptó que la dignidad fuera condicional, que la pertenencia tuviera requisitos morales impuestos desde un despacho. Y quizá entonces muchos dirán que no lo sabían, que no lo vieron venir, que no era para tanto.
Pero sí lo era. Siempre lo es. Porque nunca empieza con grandes atrocidades, sino con pequeñas renuncias: al lenguaje, a la empatía, a la responsabilidad de no repetir lo que ya sabemos que termina mal.
Badalona aún está a tiempo. Las ciudades, como las personas, pueden rectificar. Pero solo si alguien se atreve a decir, en voz alta y sin matices, que gobernar desde el odio no es gobernar, y que la memoria no es un lujo cultural, sino una obligación moral.
Marcos Gutiérrez Sebastián.
Sobre Marcos G S 5 artículos
Trabajador Social jubilado, Master en Políticas Públicas.

2 comentarios

  1. Cuanta razon teneys. Falta de memoria , de corazon, y de empatia con el projimo. Seguramente muchos de ellos y de ellas fueron y son fruto de las emigraciones interiores de España de las decadas de los cincuenta y sesenta. Malviviendo en barracas y con mas hambre que un perro callejero, los de fuera y los de aqui, que la posguerra no perdonaba ni a unos ni a los otros. Ya lo decia Don Quijote » cosas veredes que faran fablar as pedras querido Sancho»

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