El trauma, la misoginia y la maternofobia.

En muchos paradigmas contemporáneos del trauma psíquico, incluso aquellos que se presentan como sensibles, relacionales o humanistas, observo que persiste una narrativa problemática: la identificación casi automática del trauma primario con el fallo materno.
Se habla de bebés que llegan al mundo con necesidades de succión, contacto y regulación y de madres que no supieron, no pudieron o no estuvieron a la altura.
Madres frías, negligentes, invasivas, caóticas o violentas.
Lo que raramente se nombra es el contexto en el que esas maternidades tuvieron lugar, ni la ausencia sistemática de los padres varones como figuras de cuidado, regulación y presencia emocional.
Eso se obvia y silencia, prima.
Esta lectura no es neutra, amiga. Es una mirada atravesada por el patriarcado.
La figura de apego primaria se confunde con la madre real, como si se tratara de una equivalencia natural colocando a las mujeres como responsables exclusivas del cuidado, mientras exonera a los hombres de cualquier implicación afectiva profunda.
La negligencia paterna no se conceptualiza como trauma.
Simplemente desaparece del mapa teórico.
Así, la madre queda sola frente a una exigencia imposible: ser ambiente, continente, base segura, regulación emocional y sostén absoluto, sin que nadie sostenga a su vez su cuerpo, su historia, su cansancio o su propio trauma.
Se nos exige una maternidad idealizada, deshumanizada, fuera de lo real.
Cuando estas teorías se trasladan a la práctica, la docencia, la ciencia, el efecto puede ser devastador.
Mujeres adultas cargando con una culpa excesiva por no haber sido “suficientes”, pacientes que reinterpretan toda su historia desde el prisma de una madre fallida, e hijas e hijos que elaboran su dolor señalando a la madre, mientras el abandono paterno, la negligencia absoluta, la violencia estructural y la precariedad quedan intactos, sin nombre ni responsabilidad.
Nombrar esta maternofobia no es negar que haya habido madres dañinas; creo que esto lo vemos claro.
Es negarse a seguir sosteniendo un relato que individualiza el trauma en las mujeres y absuelve al sistema y al compañero que las dejó solas.
Una mirada verdaderamente sensible al trauma no puede ser ciega al género.
No puede seguir reproduciendo, bajo un lenguaje sofisticado, la misma lógica culpabilizadora de siempre: si algo falla en la vida emocional, la culpa es de la madre.
La biología no puede ser excusa para la misoginia y la sistemática salvación masculina.
Con cada frase en nombre de la ciencia aupamos y alentamos el patrón de desresponsabilidad masculina.
Algo o mucho huele mal.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Fotografía de origen desconocido.
Sobre María Sabroso 187 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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