CONCILIO DE TRAGONES (O LA FARSA DULCE)
¡Oh, julio cántabro, mes de dioses crueles y panzas infladas! Bajo un cielo de algodón envenenado, se congregaba el sínodo de los hambrientos, los devoradores de sobados, esos dulces antaño comidos con normalidad que hoy servían de munición para la autodestrucción colectiva.
Los contendientes —ventres horribilis de mirada vidriosa— se prestaban al suplicio con devoción de mártires. Uno, barrigón como odre de sidra, engullía con desesperación de condenado. Otro, mozalbete de mandíbula trémula, masticaba con torpeza ya con los ojos desorbitados como huevos fritos. Y en la penumbra, un héroe anónimo ofrendaba su tributo a la tierra entre arcadas sonoras.
«¡Tradición!», pregonaba un vejete de boina grasienta, contando cadáveres de masa. El populacho, ebrio de glucosa y estulticia, vitoreaba al campeón que, triunfante y cetrino, recibía su galardón: una caja de sobaos y una úlcera de porvenir prometedor.

CORRAL DE LA INFAMIA (SANGRE Y CHANCLAS)
¡Santander, oh Santander! Tus calles pulcras, tu bahía tranquila…y tu plaza de toros, ese antro donde la saña se disfraza de arte y el gentío huele a colonia de chino y resaca de tres días.
Entraba el toro —¡pobre crédulo! — imaginando quizás praderas verdes. En su lugar, una chusma de Cayetanos con banderita española, le recibían a gritos y móviles en ristre. «¡Olé!«, mugían mientras el matarife, torpe como payaso de feria, esquivaba cornadas más por azar que por pericia.

¡Esto es cultura ¡sentenciaba un tipo con camisa hawaiana y aliento a vinagre.
¡Como los frescos de Goya¡, replicaba una turista teutona, seca como su ironía.
Y el toro, ¡pobre mártir!, se desangraba entre vítores, convirtiéndose en trending topic antes de exhalar el último resuello.

ARENAL DE LOS IMPÚDICOS (ORINES AL CANTÁBRICO)
¡Y el Puntal! ¡Ay, el Puntal! Esa lengua de arena para deleite de poetas y bañistas civilizados, y que la chusma convirtió en mingitorio al aire libre.
Las olas, hastiadas de empujar colillas, susurraban protestas inútiles. Las gaviotas, esas beatas de alas grises, huían escandalizadas de tanto alarido, tanta cerveza vertida, tanto meón tributando al mar su ofrenda pagana.
¡Mira, tío, un salto de muerte! , bramaba un cayetano en pantaloncillos, arrojándose como Ícaro con gafas de Ray-Ban.
¡Graba, joder, que no se pierda! respondía su cómplice, miccionando con parsimonia de fontanero sobre las dunas.
Y los guardias, esos espectros bien remunerados, volvían la cabeza, soñando quizás con playas caribeñas donde la decencia aún no hubiera naufragado.

¿CULTURA? ¿TURISMO?
Así bogaba Cantabria, navío ebrio con la quilla carcomida. Entre regurgitaciones de sobado, ovaciones ensangrentadas y mareas de inmundicia, avanzaba la región hacia su ocaso, gobernada por necios y administrada por cínicos ignorantes.
¿Qué más daba? Mañana habría más juerga, más toros que descuartizar, más arenales que profanar. El turismo seguía afluyendo, las barras seguían escanciando, y la tradición esa alcahueta decrépita—seguiría poniendo velos de pureza a toda ignominia.

¡Oh, Cantabria sublime y grotesca! ¡Rincón donde lo bello y lo soez se dan la mano, se emborrachan juntos y acaban danzando entre acantilados y charcos,
Marcos Gutiérrez Sebastián

Deja un comentario