Carrero Blanco, cómplice del dictador (Capitulo III)

Además el fracaso  de la política económica diseñada por Franco y asesores  influidos aun por el falangismo de la primera época  –la destructiva autarquía–  que hacía sucumbir al país en una pobreza  endémica,  a los prebostes del régimen les hizo  temer un estallido de cólera de un pueblo tan hambriento como desesperado. Por  tanto había que virar el rumbo. Terminar con la autarquía  adoptando medidas económicas que integraran en el mundo occidental a un país aislado como era España.

Llegados aquí, me permitirán que la historia cambie de tono. A veces ocurre que determinados asuntos personales inciden en la historia de forma inesperada, por eso no podemos despreciar las pequeñas anécdotas que se juegan en el ámbito doméstico. Ya saben lo que decimos las feministas: lo personal es político. En el caso de Carrero y su esposa Carmen Pichot, es lo que ocurrió…y de qué forma.

Tal era la entrega de don Luis a su amado Caudillo que pasaba el día en el Pardo,  cuando llegaba a casa –un piso alquilado a doña Carmen Polo en la calle Hermanos Bécquer número seis– era una piltrafa sin ánimo para  festejar.

Doña Carmen Pichot había tenido cinco hijos que crecieron y se aburría en el supuesto nido vacío. La señora era alegre, festera, le gustaba participar en la frívola vida social madrileña, alternar en  cuestaciones de caridad donde las señoras bien se engalanaban para vender cositas con el fin de recaudar limosnas para los pobres taponando de esa forma  la conciencia social de cada una de ellas, si en algún momento asomaba. O tomar el vermut en Ponzano luciendo modelito que permitía exhibir  las bonitas piernas que poseía la señora de Carrero. Quizá también, siempre con el decoro debido, degustar el placer del salseo aderezado con alguna dulzura que un hombre aguerrido le dedicara.

Ocurría que, por el contrario a ella,  don Luis aborrecía la frivolidad social, acostumbrado como estaba  a las costumbres vetustas de los  barcos, en donde hizo carrera inicial y del Pardo que llevaba la vetustez de sus despachos hasta extremos variopintos. Las horas no le llegaban en el empeño de construir España a base de decretos, leyes de vagos y maleantes, reprimir rojos o mandar construir algún pantano que se quedó a la mitad de cuando los rojos campaban  por lo que  al llegar a casa  deseaba adormecerse ojeando las páginas del ABC o manteniendo una conversación sencilla con su esposa. Sin jolgorios festivos ni salidas de sociedad. Ya hemos dicho que  doña Carmen Pichot se aburría.

Hastiada de la vida familiar marchó a Barcelona a visitar a una hermana. Los días previstos se alargaron de forma infinita  mientras  don Luis añoraba a la bella esposa. A los seis meses, después de ingentes llamadas que doña Carmen no atendía, Carrero, furibundo y haciendo honor al poder que manejaba, envió a varios integrantes de la Brigada Político Social en busca de su esposa con ordenes tajantes de devolverla al hogar, por las buena o por las malas.

Se dijo que doña Carmen  realizó el viaje hasta llegar al hogar de Hermanos Bécquer, sin cuadrar palabra con los agentes, que andarían mosqueados porque a ellos lo que les gustaba era acabar los viajes en los bajos de Sol zurrando la badana de lo lindo, haciendo picanas eléctricas, dando porrazos con porra de hierro o haciendo la bañera a los detenidos, rojos, por supuesto. Con doña Carmen no se podían emplear según costumbre y eso les molestaba.

No sabemos  sabe cómo acabó la contienda una vez llegada doña Carmen Pichot al hogar. Se supone que la paz domestica se restituyó, pero al poco tiempo, un simpático y hermoso falangista natural de Manresa (catalán, además) de nombre Mariano, que merodeaba por los aledaños del Pardo, entró en escena requebrando a la bella esposa aburrida. La pasión los envolvió de forma más que notable y ahí andaba don Luis cabizbajo (es un decir, no piensen que insinúo que fuera  por el peso cornamentil) y contrito por los despachos del Pardo. No todo el mundo veía la condolencia de don Luis con la misma cautela porque fíjense lo que el irónico Agustín de Foxá decía al respecto:

«Lleva los cuernos con una naturalidad tan grande que parece que haya nacido con ellos, ¡qué gran hombre!».

Otro ministro del dictador andaba parecido, padeciendo los sinsabores de la traición marital. Se trataba de  don Fernando María Castiella, que también tenía  una esposa respingona que daba pábulo a socarrones dimes y diretes. Como sería la cosa de pública que a la pareja de ministros cornudillos se les nombraba en los mentideros de los ministerios,  como los “Astados Unidos de España” https://escaparateignorado.com/2015/12/14/los-astados-unidos-de-espana/

Como verán ustedes, la gente poderosa seguía haciendo lo que siempre hizo, folgar y seguir a lo suyo sin atenerse a normas, solo que se trataba de la elite que se lo podía permitir, mientras tanto se dictaban normas de conducta estrictas para el pueblo y no digamos para las mujeres, sujetas a la Sección Femenina y al Patronato de Protección a la Mujer para las que se desmandaran un poco. Claro que  los pobres bastante  tenían con  luchar en trabajos extenuantes además del miedo impuesto por la cruel dictadura. Lo mismo ocurría con las andanzas de infidelidad  de la marquesa de Llanzol y su amante Serrano Suñer y tantos más que por ser menos famosos, desconocemos.

A tal punto llegaba el lamento dolorido del marido ultrajado que entró en acción un subsecretario con mucho futuro, seriote y circunspecto. Se trataba de don Laureano López Rodó, al que le quedaban muy lejos los gustosos vicios del sexo porque era numerario del Opus. Inteligente como era, captó la penuria de don Luis Carrero  proponiéndole un plan para reconducir a la bella esposa al redil del hogar.  Para ello avisó a uno de los  psiquiatras del régimen, López Ibor y al jesuita José Antonio Laburo, bronco sacerdote cuyo ceño cementoso y carácter brusco atemorizaba al personal subalterno del Pardo. Tomaron a la dama exaltada y ardiente y le aplicaron un tratamiento de choque. Para ello fue ingresada en el psiquiátrico de López Ibor –en la zona para ricos, por supuesto—y al poco tiempo, entre electro-shocks , plegarias, confesiones y medicamentos que calmaran la lívido de  la dama, cedió su libidinoso comportamiento accediendo  a volver al hogar. Al falangista Mariano se le perdió la pista y se le supuso desterrado en dios sabe dónde por incordiar al almirante dando alborozo al lecho marital de doña Carmen Pichot.

A partir de ese momento, la esposa, no solo tornó al redil, sino que se volvió pía y decorosa, por lo que el agradecimiento de Carrero hacia López Rodó se hizo memorable debido a la intervención venturosa del atildado prócer opusino. Patrocinado por el agradecido almirante,  López Rodó, comenzó a escalar puestos en el organigrama del Pardo, y con él llegaron el resto de los compañeros del Opus, que fueron tomando posiciones con el patrocinio de don Luis, reconduciendo  la economía forjando el llamado, milagro de los años sesenta.

Hagamos la salvedad de que no fue tanto obra del talento de los integrantes del Opus como de la recuperación económica europea, que de pronto descubrían un país atípico, con sol, seguridad en las calles porque ante cualquier movimiento delicuencial, la policía o la guardia civil resolvía rauda a base de aplicar leyes lesivas para la libertad y la salud del interfecto. Se puso de moda el “tipical spanish” alentado por un cine de destape y humor grueso. A esto se unió la expoliación de la costa mediterránea en donde se comenzó a construir hoteles y residencias que permitían la llegada de un turismo masivo.

Llegaron turistas que generaron ingresos, a la vez que dos millones de españoles emigraron a Europa y con sus remesas de francos, libras, marcos o dólares levantaron la renta per cápita española apuntándose el tanto, como no, el régimen que hizo de la bonhomía económica propaganda y guía de futuro. Mientras tanto, la iglesia observaba con desconfianza la apertura de playas donde las extrajeras aliviaban el calor con bikinis alentando a las mujeres patrias a hacer algo similar. Tronaban, los curas tridentinos, desde los pulpitos y desde los confesionarios presionando contra el pecado, pero el régimen esta vez les hizo poco caso. Las divisas eran lo prioritario en ese momento. El ideario falangista supuestamente obrerista y revolucionario fue enterrado en fosa profunda y hasta Girón de Velasco,  uno de los  máximos exponentes del mismo, se entregó a las mieles del turismo forjando en Fuengirola un imperio de hoteles, apartamentos y urbanizaciones dedicadas al turismo. El León de Fuengirola le llamaron a partir de ese momento, olvidados ya los ímpetus revolucionarios propugnados por el gran farsante José Antonio Primo de Rivera.

Al tiempo, llegaban los primeros vehículos que invadían las carreteras aun  polvorientas y con cunetas sin asfaltar. Un ministro aseguró que conseguiría hacer un país de propietarios no de proletarios y con ello llegaría el crepúsculo de las ideologías (ministro de Obras Pública, Gonzalo Fernández de la Mora) alejando para siempre el fantasma de la lucha de clases, de los partidos que convertían al trabajador en fuerza proletaria y por lo tanto en riesgo de revuelta, porque el ansia de todo fascismo es un líder fuerte que conduzca a una manada de personas/oveja obedientes y sumisas;  para eso, no tienen que tener ni hambre ni andar a la intemperie. Ya saben  cumpliendo el dicho de Malcom X: “esclavo de casa o esclavo de campo”.

Fueron los años del desarrollismo que  auguraban una Arcadia feliz con la ciudadanía española montada en su seiscientos y pagando  una hipoteca durante treinta años por un piso con paredes de papel,  en barriada de extrarradio.

Todo ello lo propició el deseo de doña Carme Pichot por alegrarse el cuerpo con un falangista apolíneo que  supuso  el favor de López Rodó y su pandilla de opusinos economistas sin ideología, tecnócratas. Ya les dije que lo personal hacía política.

La apertura económica y turística cambió la faz de un país que poco antes andaba en mula; al poco trastocó los bueyes por tractores Barreiros R545, apodado el Buey del campo, o el conocido Ebro Super 55, de color azul que era frecuente verlo en los pueblos de España. El campo, a pesar de la modernización, se despoblaba,  la población campesina huía del precariado marchando  a ciudades que les dejaban en el extrarradio  teniendo que morder mucho sudor para medrar. El cambio del país  fue grande, salvo en la represión. En las comisarías y puestos de la guardia civil de España los métodos seguían siendo los mismos:  golpes, palizas que a veces eran tan  brutales que había que despeñar el cuerpo por el cuarto piso, para disimular. O tiros furtivos a quien sacaba la cabecita y la voz con protestas. Caían jóvenes universitarias/os, obreros o militantes que comenzaban a hacer ruido.

En Asturias las minas hervían de rabia y a los mineros, o se les tiene en cuenta o pueden tomar un cartucho y hacer una revolución. Se vio en el treinta y cuatro y ya los africanistas no tenían más ganas de masacrar revoluciones. La Huelgona, obligó a subir a Asturias  para negociar con los trabajadores al ministro Solís Ruiz (la sonrisa del régimen, le llamaban) Fue un éxito dicha huelga que costó muchas torturas y donde tuvieron papel destacado las mujeres como Anita Sirgo y las compañeras de la Cuenca que supieron pelear como leonas por un jornal digno exponiendo la vida en muchas ocasiones.

https://lapajareramagazine.com/asturias-y-su-revolucion

Eran los tiempos en que la Brigada Político Social se ensañaba con gente sin nombre. Al mando andaba Roberto Conesa que  en los bajos de la Puerta del Sol  —donde la señora Ayuso niega el derecho a poner una lápida como lugar de recuerdo– campaba a gusto torturando con sadismo criminal a quien caía en sus garras. El inspector Conesa,  tan blanquito de color como infame de alma tuvo bajo sus garras a personas  como Lidia Falcón o Chato Galante (querido y añorado Chato) también al insobornable Simón Sánchez Montero al que jamás consiguieron doblar . Aprendiendo del jefe, calentando para salir en breve, Juan Antonio González Pacheco Billy el Niño. En cada cuidad había varios tipos que se ocupaban de la parte sucia, torturadores como  en Santander, el inspector Solar hacía masacres en los bajos de lo que hoy es Delegación de Gobierno y el sargento Caballero en la Guardia Civil. Todos ellos fueron reciclados por la democracia porque tenemos un país en donde no se tira nada. Ni fascistas, ni torturadores, ni monumentos a fascistas como el que insulta a la vista en el pueblo de Santoña dedicado al protagonista de este ciclo de artículos.

Mientras, el estado seguía matando. Julián Grimau cayó en 1963. Se le aplicó la «Ley de Rebelión Militar« de forma retroactiva por actos cometidos durante la Guerra Civil (cuando había sido policía durante la República…) Recuerden las críticas de Carrero a los juicios de Nuremberg por la retroactividad de las leyes aplicadas a los nazis, se ve que concedía derechos a los  criminales de guerra  que a los izquierdistas españoles, no. A pesar de una masiva campaña de presión internacional pidiendo clemencia –que incluyó cartas del Papa Juan XXIII y del presidente de los EE. UU– Franco denegó el indulto. Fue fusilado el 20 de abril de 1963.

Pocos meses después del caso Grimau, el 17 de agosto de 1963, los jóvenes militantes de la organización anarquista Defensa Interior, Francisco Granado Gata y Joaquín Delgado Martínez, fueron ejecutados mediante el garrote vil.

Habían sido detenidos bajo la acusación de colocar bombas en Madrid. Aunque décadas después se demostró que eran inocentes de los atentados concretos por los que se les juzgó. El régimen, del que era parte principal el Almirante Carrero,  ejecutó la sentencia de forma fulminante en apenas unos días tras un consejo de guerra exprés.

Los consejos de guerra eran escandalosamente precarios. No se permitía realizar  una defensa con calma, en muchos casos defendían a los reos militares en activo. Nadie  se molestaban en recabar pruebas, incluso en algunos casos se preparaban falsas encerronas o simplemente pruebas falsas.

También durante los años sesenta hubo ejecuciones por delitos comunes como las siguientes:

  • José María Jarabo («Jarabo«): Protagonista de uno de los crímenes crónicos más famosos de la España de la época (el asesinato de cuatro personas en Madrid). Fue ejecutado a garrote vil el 4 de julio de 1959, rozando el inicio de la década, marcando un precedente en la opinión pública.
  • Ramón Romero Peña y Rafael Pino Cordón: Fueron ejecutados en 1960 por delitos comunes violentos.
  • Jesús Ríos: Ejecutado en 1966, se convirtió en el último ejecutado por delincuencia común de la dictadura.

A partir de 1966, la mayoría de las penas de muerte impuestas por delitos comunes fueron conmutadas por Franco cambiándolas por penas de prisión, reservando las ejecuciones posteriores estrictamente para motivos político-terroristas.

Precisamente por el escándalo internacional que supuso la ejecución de Julián Grimau, el régimen decidió crear a finales de 1963 el Tribunal de Orden Público (TOP). Este tribunal civil sustituyó en gran medida a los tribunales militares para juzgar los delitos políticos cotidianos (huelgas, propaganda, manifestaciones), lo que redujo drásticamente las condenas a muerte de políticos durante el resto de la década, hasta que el nacimiento de organizaciones armadas como ETA a finales de los 60 volvió a reactivar los consejos de guerra (como el famoso Proceso de Burgos ya en 1970).

Y no es que el TOP fuera permisivo y justo, pero supuso un avance ser juzgados por tribunales civiles ante el desbarajuste de los militares. El Tribunal de Orden Publico, era una opción represiva que el régimen utilizó para lavarse la cara ante las presiones internacionales que veían en cada ejecución dictada por tribunales militares la talla dictatorial de Franco. En todas las decisiones, en todas las firmas de pena de muerte, en la creación de organismos represores y elección de torturadores que fueron puestos al frente de los estamentos represivos, estuvo siempre Carrero Blanco al lado de Franco, sin cuestionar ni un ápice las criminales decisiones del dictador. Es más, hay historiadores que aseguran que era precisamente Carrero quien apretaba la mano represora con más fuerza.

Continuará…

María Toca Cañedo

Bibliografía:

Franco confidencial, Pilar Eyre

Carrero Blanco, historia y memoria; José Antonio Castellanos  López

Sobre Maria Toca 1939 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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