Reitero, porque este trabajo trata sobre Carrero Blanco, que detrás de cada detención, de cada condena, de cada abuso, tortura, violación de derechos y de personas, siendo cierto que el que firmaba era Franco jamás se hizo nada sin la total aquiescencia de Carrero. Si el segundo de la dictadura hubiera levantado la voz solicitando o aconsejando piedad, el jefe del Estado hubiera hecho caso a pies juntillas. Nada le fue ajeno al “Benefactor de Santoña” ningún horror, ninguna muerte, ninguna represión se realizó sin su complicidad.

La cosa social se fue poniendo simpática conforme llegaron los años setenta. La represión de la dictadura, en ocasiones se vio desbordada por lo que se recrudecieron las torturas, detenciones arbitrarias entrando en las universidades en donde introducían policías secretas, tanto que los estudiantes y los obreros se revelaban ante el agobio dictatorial mientras la población joven perdía el miedo que fue patente durante los primeros años de postguerra .

En marzo de 1974 el joven militante del Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) Salvador Puig Antich fue detenido, tras un tiroteo en Barcelona, en el que murió un policía siendo sometido a un consejo de guerra con la condena a muerte consiguiente. Fue ejecutado mediante el método del garrote vil el 2 de marzo de 1974, convirtiéndose en un símbolo de la crudeza del régimen hasta sus últimos momentos. El mismo día también fue ejecutado por el mismo método el ciudadano alemán Heinz Chez, del que ni se sabía el nombre averiguado años después debido a la investigación periodística y al libro que llegó después. El autor del libro y de la investigación fue Raul Riebenbauer, mostrando el título de libro La muerte de Georg, el verdadero nombre a la víctima que no era polaco, como se dijo, sino alemán del Este. Georg Michael Welzel, era su nombre verdadero.

El Tribunal de Orden Público (TOP), fue creado a finales de 1963, como dijimos, siendo un tribunal civil especial el que asumió la tarea de juzgar los «delitos políticos» (propaganda ilegal, reuniones no autorizadas, asociación ilícita) funcionando a toda vela durante los años siguientes a su fundación. Su creación fue atribuida con toda razón a la influencia de Carrero. Entre 1964 y 1976, el TOP procesó a más de 50.000 personas, dictando miles de condenas de prisión para líderes obreros (como los miembros del sindicato Comisiones Obreras) y estudiantes.
Especial resonancia tuvo el Proceso de Burgos (1970), consejo de guerra sumarísimo contra 16 miembros de la organización terrorista ETA. El régimen impuso inicialmente 6 condenas a muerte, pero la enorme presión internacional, las huelgas generales en el País Vasco y las protestas en toda España obligaron a Franco a conmutar las penas de muerte por reclusión mayor.

En ese tiempo se desarrolló el Proceso 1001 (Diciembre de 1973) en cuyo proceso cae la dirección del sindicato clandestino Comisiones Obreras (CC.OO.) siendo detenidos los integrantes durante una reunión en un convento en 1972. Los enjuiciados tuvieron la mala suerte de que la vista dio comienzo el mismo día del asesinato de Carrero Blanco, lo cual predispuso al Tribunal en su contra. Se les impusieron penas de prisión severas (hasta 20 años para Marcelino Camacho), lo que supuso un golpe brutal al movimiento obrero organizado.

Durante el tardofranquismo la respuesta policial a las manifestaciones y huelgas laborales recurrió frecuentemente al uso de fuego real, además de usar una violencia extrema, lo que derivó en lo que hoy se clasifica como terrorismo de Estado o asesinatos políticos directos.
Les nombro a las víctimas más conocidas, pero no las únicas.
El estudiante de Derecho Enrique Ruano militante del Frente de Liberación Popular fue detenido por la Brigada Político-Social, muriendo en 1969 al «caer» desde el piso de un edificio mientras estaba bajo custodia de tres agentes policiales. El régimen intentó presentarlo como un suicidio alterando notas personales de un diario que encontró, pero se convirtió en un escándalo de asesinato político que provocó la declaración del Estado de Excepción. Contaron los padres que el mismo Fraga Iribarne, ministro entonces, les llamó por teléfono advirtiéndoles de que tenían más hijos por lo que les convenía el silencio.

Pedro Patiño, militante comunista del PCE y sindicalista, fue asesinado por disparos de la Guardia Civil en Madrid en 1971 mientras repartía propaganda a favor de una huelga en el sector de la construcción.
Manuel Fernández Márquez , obrero de la construcción asesinado por disparos policiales en 1973 durante una manifestación masiva y huelga general en San Adrián de Besós (Barcelona).
Los fusilamientos ocurridos en 1975, no los anotamos como corresponsabilidad de Carrero porque para entonces ya se había elevado a las alturas.

Mientras en los bajos de la Dirección General de Seguridad en Madrid, en la comisaria de Vía Layetana en Barcelona y las distintas comisarias y cuarteles del resto del país tapizaban las paredes con la sangre de los torturados, y los simpáticos Roberto Conesa, Billy el Niño, y Solar de cualquier punto del país, se divertían torturando a detenidos, obreros y estudiantes, además de perseguir con obsesión a miembros del PCE, se fraguaba en el norte algo más peligroso que ni prestaron atención ni intuyeron .
El grupo terrorista ETA comenzó a atentar.
La formación terrorista abertzale nació al amparo de las sacristías y en zonas cercanas al PNV. Se trataba de un grupo de jóvenes, hartos de inacción de los jetzales y de los abusos policiales además de lo que consideraban pérdida de identidad nacional, fundaron en 1959 al grupo terrorista ETA que estaría llamado a aterrorizar a la población durante muchos años.

Jorge Semprún en su autobiografía, Federico Sánchez, explica muy bien cómo funcionaba la policía de entonces. Anclados en unas formulas violentas para sacar información, no estaban formados ni tenían el mínimo talento para detectar los problemas reales de seguridad en un país que comenzaba a moverse en ambientes peligrosos. La BPS acostumbrada a golpear para sacar información, anclada en los albores de postguerra donde el peligro para la dictadura era la imaginada masonería, judaísmo y el comunismo, se negaron a dar importancia a los golpes que daba ETA en sus primeros tiempos, menospreciando el potencial de la infraestructura terrorista así como el enorme apoyo que contaban en la población de Euskal Herria. En un primer momento se trataba de robos que fueron engrosando la bolsa del grupo hasta que de forma accidental asesinaron al guardia Pardines, siendo la primera muerte imputable a la banda terrorista, ya que la bebé Begoña Urroz, durante años considerada primera victima de ETA, en los últimos tiempos se ha demostrado que fue asesinada por una bomba colocada en la estación de Amara, por el DRIL, fantasmagórico grupo terrorista formado por portugueses y españoles.

Poco después asesinaron al comisario Melitón Manzanas, cruel torturador destinado en Donosti. A esta muerte siguieron actos de sabotaje y algún crimen más, además de realizar golpes que engrosaban la bolsa común. Lo que jamás detectaron los servicios secretos españoles, entretenidos en seguir masones y comunistas, fue lo que tramaron durante seis meses en una de las calles más céntricas de Madrid.
Primero se pensó en secuestrar a Luis Carrero Blanco para cajearle por presos vascos; la dificultad que suponía esconderle y tomarle como rehén en una zona cercana a la embajada americana, les hizo desistir del empeño. El seguimiento y la investigación de las pautas del presidente del gobierno –para entonces, Franco, visiblemente enfermo y muy deteriorado se había reservado la jefatura del Estado, dejando a Carrero las tareas de gobierno– que eran siempre las mismas y fáciles de controlar. Se decantaron por el crimen de cercanía haciendo estallar una bomba que elevara el vehículo y fuera la propia caída la que produjera la muerte del presidente, el chofer y el escolta.

Para ello, alquilaron un bajo en la céntrica calle Claudio Coello numero 104, desde donde fueron trazando el túnel que los llevaría a la zona exacta por donde pasaba el Dodge Dart todas las mañanas a las nueve, después de oír misa y volviendo a su casa para desayunar en familia.
Con el fin de disimular los ruidos, dijeron a la vecindad que uno de los integrantes del comando era escultor y usaba la vivienda como taller. Hicieron vida normal, bastante discreta, pero jamás hubieran pasado desapercibidos para una policía bien entrenada. Eran jóvenes vestidos con buzo en pleno Barrio de Salamanca, realizando ruidos y de procedencia vasca. Hay que hacer constar que para entonces, tal como hemos dicho, la banda ETA ya había cometido varios atentados serios y se conocía la entidad y la fuerza social que tenía. Nada de eso se tuvo en cuenta en Madrid para investigarlos.

Nadie se percató de los sospechosos movimientos de los vascos, reiteramos que la embajada de EEUU se encontraba muy cerca. Todo lo cual ha hecho trazar teorías conspirativas que a mi criterio, tienen alguna consistencia.
La dictadura española olía a naftalina. El entonces príncipe Juan Carlos estaba calentando motores contando con la afinidad americana. Marruecos era aliado preferente de los yanquis (sigue siéndolo) cuyo rey, que mantenía y mantiene a su pueblo en la pobreza encadenado a una monarquía medieval, ansiaba el Sahara y ni Franco ni Carrero consentirían jamás en desprenderse del único territorio que conservaba España en el continente africano. Los sentimientos africanistas permanecían en los caimanes del régimen muy arraigados, pensemos que toda su carrera y los consiguientes ascensos procedían de las batallas libradas en esa zona.

Justamente el grupo terrorista tuvo que aplazar el atentado debido a que Henry Kissinger visitó España justo cuando pensaban accionar la bomba.
El día diecinueve de diciembre de 1974, Carrero recibió a Kissinger en una bronca reunión en la que no se llegó a acuerdo ninguno. Carrero era muy reticente con los USA, de religión protestante, con un sistema democrático aborrecible para el almirante, por lo que su antipatía se la hizo notar al secretario de Estado.
Continuará…
María Toca Cañedo
Bibliografía:
Carrero Blanco, historia y memoria; José Antonio Castellano López

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