Me mandaron desde Tusquets las galeradas y ha sido el regalo del verano.
No en vano estos seis cuentos nos permiten disfrutar de un regreso muy esperado. Cristina Fernández Cubas, tiene ojos de Bette Davis, para mirar más y mejor que el resto. Lo compruebo en cada página y dosifico la ración para que dure un poco más y también porque quien quiere leer bien un cuento no debe recurrir al atracón indigesto. Me gusta leer una historia y rumiarla el resto del día. Primero disfruto la impresión general. Hay cuentos inquietantes, preciosamente tristes, otros son enigmáticos. Están la realidad más real y lo fantástico que roza lo paranormal terrorífico. Después escardo la atmósfera de los personajes. Abundan los interiores domésticos, el piso decadente que se hereda de unos padres muertos y jamás se reforma, como si una maldición lo mantuviera anclado en un pasado irrecuperable, yerto. Está la casa lujosa del amigo, que albergará lo terrible a plena luz del día de un verano barcelonés. Está el instituto donde aprendemos a ser tan miserables de cara a la vida adulta. Y luego aparecen criaturas y voces, con predominio de una narración confesional en primera persona de esa narradora que imbrica el pulso crepitante de lo oral con la suntuosidad de la lectora culta que asimila la prosa de grandes referentes.
Me interesa destacar que Cristina explora de nuevo con un gran tino la relación dual entre mujeres, lo que yo llamaría “binomios femeninos”, muchas veces en parejas de hermanas que en la vejez llegan a ser gemelas idénticas, unidas por un cordón umbilical invisible, o en aquellas mujeres que no nacen de los mismos padres y madres y se ven unidas con lazos fraternales por la adopción, que se trata de forma muy aguda. También es interesante cómo aborda la amistad entre chicas adolescentes, que recordarán de adultas el tiempo de esa camaradería perdida.
Junto con todo ello, un tema que me chifla y que da mucho juego: el juego, valga la redundancia. Creo que Cristina lo muestra como ensayo de la vida real o sustituto de ella. El juego alienta la rivalidad, fuerza los límites personales (y morales, en algún caso) y ayuda a crear una ficción paralela, un “cosplay” de identidades que nos permite elegir el personaje de una película en quien acabaremos convirtiéndonos.
Solo me quedan dos cuentos que llevarme a la boca. Y creo que deberé refugiarme de ese final de viaje cogiendo el volumen que reúne su excepcional narrativa breve para regresar a esta autora española que apostó por lo fantástico y por contar exactamente lo que le dio la gana de forma sublime.
Ave, Cristina.
Patricia Esteban Erlés.

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