Cuando el sentir deviene certeza.

Llevo años observando y peleándome con un fenómeno que encuentro cada vez más, tanto en la consulta como en las relaciones cotidianas y en las redes sociales: la creciente glorificación del sentir.
No me refiero, por supuesto, a la importancia de las emociones.
Las emociones son indispensables. Constituyen una fuente extraordinaria de información sobre nuestro mundo interno: nos hablan de nuestras necesidades, de nuestras heridas, de nuestros deseos y de nuestros límites.
El problema aparece, tal y como yo lo veo, cuando dejamos de entenderlas como información y empezamos a tratarlas como pruebas.
Como auténticas conclusiones.
Es ahí donde algo se mueve de sitio.
«Me he sentido excluida» pasa a convertirse en «me han excluido».
«Me siento manipulada» se convierte en «me están manipulando».
«Siento que no les importo» acaba transformándose en «no les importo».
«No me he sentido entendida» se convierte en una verdad absoluta sobre el trato que otra persona nos ofrece.
Entre una cosa y otra hay un salto enorme ¿no?
Las emociones hablan de cómo un acontecimiento impacta en nosotros; no hablan necesariamente de las intenciones ajenas ni de los hechos ocurridos.
Y, sin embargo, vivimos en una época en la que, con frecuencia, la experiencia subjetiva adquiere el estatuto de evidencia.
En mi consulta profesional suelo pensar en tres niveles que conviene distinguir.
En primer lugar, están los hechos: aquello que, al menos en parte, podría describirse de manera compartida.
Después aparece la vivencia: lo que esos hechos despiertan en mí. El dolor, la rabia, la vergüenza, el miedo, la soledad.
Y, por último, está la interpretación: las conclusiones que elaboro para explicar por qué me siento así.
El conflicto surge cuando esos tres planos se confunden y pasamos de la emoción a la explicación en un plis plás.
Si me siento sola, concluyo que me han abandonado.
Si siento inseguridad, concluyo que el otro quiere hacerme daño.
Si siento rechazo, concluyo que el otro me desprecia.
La emoción deja de ser una experiencia subjetiva para convertirse en una supuesta prueba objetiva.
«Eres mala, Muriel« (Sonrisa y referencia aquí).
Desde una mirada sensible al trauma, esta distinción resulta especialmente importante. El trauma no solo intensifica las emociones: también modifica la forma en que interpretamos la realidad.
Un sistema nervioso que ha vivido situaciones de amenaza aprende a completar la información con rapidez para protegerse. Ante determinados gestos, silencios o distancias, el cerebro anticipa el peligro incluso antes de disponer de todos los datos.
La interpretación aparece entonces como una estrategia de supervivencia.
Eso merece comprensión. Merece respeto. Pero la comprensión no convierte automáticamente esas interpretaciones en hechos.
Validar el sufrimiento de alguien no implica validar todas las conclusiones que extrae de él.
Quizá podemos aprender a reconocer la legitimidad del dolor sin renunciar a la complejidad de la realidad.
También me llama la atención un pequeño cambio en el lenguaje cotidiano.
Llámame señora mayora, pero cada vez escucho más expresiones como:
«Siento que este pantalón me queda bien», «Siento que esta teoría es correcta» o «Siento que eres una mala persona».
En muchos de esos casos, el verbo adecuado no sería sentir, sino pensar, creer, considerar o interpretar.
Puede parecer un detalle menor, pero el lenguaje nunca es inocente.
Cuando sustituimos «pienso» por «siento», nuestras opiniones adquieren una especie de inmunidad.
Las ideas dejan de poder discutirse porque aparecen protegidas por la autoridad de la emoción. Y aquello que podría ser revisado, matizado o debatido empieza a presentarse como indiscutible.
Sin embargo, pensar y sentir son procesos distintos.
Necesitamos sentir para comprendernos.
Necesitamos escuchar nuestras emociones porque contienen información valiosa sobre nuestra historia y nuestra manera de estar en el mundo.
Pero también necesitamos pensar, razonar, dudar y contrastar para no convertir cada emoción en un juicio definitivo sobre la realidad.
Quizá una de las tareas más difíciles de nuestro tiempo sea precisamente esa: aprender a sostener la intensidad de lo que sentimos sin renunciar a cierta incertidumbre sobre las historias que construimos para explicarlo.
Porque sentir no siempre equivale a saber o a tener la verdad inmutable en nuestras manos.
Te lo digo, prima, porque lo siento así.
Buen día, otro día.
María Sabroso
Sobre María Sabroso 199 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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