De lo que no se habla.

«Siento mucha vergüenza invasiva.
Ahora entiendo que bastante de ella tiene que ver con aquello que oía y veía.»
Muchas mujeres y hombres adultos llegan a consulta o manejan y viven a lo largo del camino su dimensión erótica e íntima cargando con una vergüenza profunda y persistente en relación a su sexualidad.
Una vergüenza que no siempre pueden explicar con claridad, pero que invade su deseo, su cuerpo, su placer.⠀
Al explorar su historia, a veces emerge una escena repetida: eran criaturas muy pequeñas y escuchaban o veían a sus padres o madres teniendo relaciones sexuales.
A veces con puertas abiertas.
A veces a través de un muro como loncha fina de cartón.
A veces con sonidos muy explícitos, sin ningún tipo de cuidado ni contención.⠀
Gritos. Gemidos. Ruidos. Sombras.
Y una niña o niño solo en su cuarto, sin nadie que le explique qué está pasando es un espacio cero frente a lo que no se entiende.
Un hueco que en muchas ocasiones se rellena con miedo, con confusión. Con la sensación de que algo está mal, pero sin poder ponerle palabras.
En muchos de estos relatos, la vivencia infantil queda impregnada de una sensación de invasión y de abandono emocional.
Como si no se hubiera tenido en cuenta que allí había una criatura presente.
«Es que yo estaba al otro lado de la pared».
Como si su intimidad (su derecho a sentirse segura, tranquila, protegida) no hubiera importado.⠀
«Pareciera que yo no existiera. Ni tampoco mis amigas que se quedaban a dormir y preguntaban qué ocurría«.
Y aunque esa niña o niño no comprendiera racionalmente del todo, el cuerpo sí registraba.
Y muchas veces la emoción grababa era la vergüenza.
Una vergüenza sin contexto, sin explicación, quedaba flotando y más tarde se adhería a la propia sexualidad, al propio deseo, como si él o ella fuera la que tenía algo incorrecto.⠀
Muchas veces la activación corporal propia ( por lo que se escuchaba o incluso se veía enfrente) no se podía colocar en ningún lugar gustoso o comprensible para la sexualidad infantil.
Desde una mirada sexológica y cuidadosa es fundamental señalar que la sexualidad adulta no puede construirse a costa del mundo emocional de lxs hijxs.
No es que la sexualidad en sí sea un problema, en absoluto, pero sí lo es cuando se vive con descuido, sin respeto por la infancia, sin conciencia de los límites.
La intimidad también es una necesidad infantil.
El cuidado no es solo físico, también es emocional.
Lo que parece una escena banal o “natural” para las personas adultas, puede ser una experiencia desconcertante, invasiva o traumática para una niña.⠀
En la adultez, muchas mujeres y no pocos hombres que lo nombran igual, sienten rechazo hacia el sexo, vergüenza ante el deseo, asco, o se desconectan del placer sin comprender del todo por qué.
Al revisitar estas experiencias con respeto, sin culpabilizarse y con acompañamiento sensible, es posible entender y resignificar.
Esa vergüenza, ese pudor, miedo, rechazo no vienen de serie.
No naciste con ello.
No es parte de tu naturaleza.
Es el resultado de un entorno que no supo, no encontró cómo o no quiso protegerte, explicarte, darte el lugar emocional necesario.
Hablar de esto, aunque incomode, es una forma de reparación.
Es poner palabras donde antes hubo silencios.
Es volver a cuidar a esa niña desde el presente, dándole permiso para sentirse segura, digna y libre.⠀
Es ir al dormitorio, acompañarla y no dejarla sola frente a lo incomprensible y aterrador que se esquina en medio de la noche.
En medio de gemidos que en la oscuridad cristalizan como un peligro doloso.
En vez de la magnífica expresión de vida, juego, goce y comunicación con que regalamos nuestros cuerpos.
Buen día, otro día.
La educación sexual es prioridad.
Por si sirve.
María Sabroso.
Collage de autoría desconocida.
Sobre María Sabroso 177 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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