De tanto soltar, nos quedamos solas.

Vuestros aportes me ayudan y mucho a pensar y he escrito esto a raíz de varios comentarios de vosotras.
Espero que te guste o te sirva.
👇🏻
En los últimos años se ha vuelto casi una consigna: «Si no te suma, que no te reste». «Suelta lo que no te aporta». «Rodéate solo de gente que te haga bien». «Elige tu paz».
Estas frases, repetidas como mantras en redes sociales, se presentan como caminos hacia el bienestar personal.
Y en parte tienen sentido: poner límites, protegernos, decir que no, dejar de sostener relaciones que nos hacen daño. Todo eso es necesario.
Especialmente para quienes hemos crecido sin permiso para pensar en nosotras mismas.
Pero hay algo inquietante cuando estas ideas se convierten en norma, cuando se generalizan y se aplican como verdades absolutas, sin tener en cuenta los contextos, las historias, las heridas.
Vivimos en una cultura donde se espera que seamos autónomas, resolutivas, emocionalmente inteligentes, capaces de soltar sin mirar atrás e incluso un poco arrogantes y un mucho competitivas.
Pero ¿ qué pasa cuando lo que necesitamos no es soltar, sino sostener?. ¿No es también humano querer reparar, cuidar, comprender, quedarse un rato más?. ¿No es valioso también el deseo de permanecer?.
Entonces, más que aprender a soltar tal vez necesitamos aprender a vincularnos sin miedo. A confiar.
A saber que si caemos, no vamos a estrellarnos contra el suelo, sino que alguien estará ahí.
Y sin embargo, los discursos actuales sobre el “soltar” suelen ir acompañados de una trampa: la de hacernos creer que si estamos solas, es porque no supimos elegir bien.
Como si la soledad fuera siempre una consecuencia de decisiones conscientes y no también el resultado de un sistema que nos fragmenta, nos sobrecarga, nos exige ser productivas incluso en el terreno emocional.
Así, lo que parece una invitación al autocuidado, muchas veces encubre un mandato de autosuficiencia: No molestes, no pidas, no te muestres vulnerable .Y si algo no funciona, suéltalo. Rápido. No mires atrás.
Pero somos seres vinculares. Nos construimos en relación, amiga. Nuestra salud emocional no se basa solo en lo que dejamos ir, sino también y,  sobre todo, en lo que podemos sostener juntas. En los espacios donde no tenemos que ser fuertes todo el tiempo.
En las relaciones donde hay lugar para nuestras partes frágiles, rotas, confusas.
Y entonces, en medio de este discurso de limpieza emocional, aparece una pregunta que duele y revela:
Si me pasa algo grave, ¿ quién pensaría en mí primero?¿Quién me conoce lo suficiente como para notar mi ausencia?¿Quién se preocuparía si desaparezco un par de días del grupo?¿A quién le importo sin tener que estar siempre bien?
Quizá no se trata de soltar todo lo que duele.
Quizá se trata de tejer relaciones donde duela menos.
Donde lo que no funciona pueda hablarse, repararse.
Donde no tengamos que demostrar que merecemos quedarnos.
Donde no estemos solas cada vez que nos rompemos un poco o discrepamos. Donde no se privilegien experiencias de unas sobre otras.
Porque si el resultado de tanto “soltar” es el aislamiento, entonces no nos estamos cuidando, nos estamos defendiendo.
Y hay una gran diferencia entre esas dos cosas.
Cuando quiero soltar es porque no hay agarre al otro lado, no hay aprecio mutuo ni bienestar compartido, no hay equidad relacional.
Pero me niego a pensar que lo que está a ese otro lado es tan solo el vacío.
La nada.
Y según vamos cumpliendo años, más.
Que de tanto soltar, no nos quedemos solas.
Que nos podamos mejor encontrar en el abrazo y el cuidado compartido, fuera de la centralidad de los hombres.
Tal y como está el mundo, me parece que nos urge.💜
Buen día, otro día.
María Sabroso
Sobre María Sabroso 182 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

1 comentario

Deja un comentario