Últimamente veo cómo se diluye la línea entre cuidarnos y exigir que el mundo se adapte a nuestros deseos, sin medida, sin responsabilidad, sin sostener también lo incómodo de la vida y los vínculos.
Creo que el autocuidado no es convertirnos en personas que no soportan a nadie, que solo se relacionan desde el «derecho» individual, olvidando que convivir implica ceder, ajustar, frustrarse a veces.
Ser una señora (o señor) de mi vida no es sinónimo de capricho permanente.
Tampoco, tal vez, que el mundo gire a nuestro antojo.
Supone para mí, habitar nuestra dignidad y parte de eso implica no esperar que los demás llenen cada vacío o necesidad al instante y a medida.
Acompañarnos bien, acuerparnos, es otra cosa. Supone sostener la incomodidad, frustrarse sin romper todo, escuchar al otro sin que eso nos borre, y recordar que desear algo no significa que sea obligación de otros dárnoslo.
Amiga, amigo, ¿estamos confundiendo el autocuidado con la fantasía del control absoluto? ¿Estamos usando el lenguaje del cuidado para no tolerar ni lo más mínimo?
Vivimos tiempos en los que el autocuidado se ha convertido en eslogan. Se repite hasta el cansancio que debemos priorizarnos, que cuidarnos es político, que «nadie más va a hacerlo por ti«, que «elige lo que te haga bien«, que «pon límites sin culpa». Y claro, parte de todo eso es cierto y necesario, sobre todo para quienes hemos sido socializadas para vivir al servicio, para complacer, para desaparecer en los deseos y necesidades ajenas.
Pero también es verdad que en ese discurso, muchas veces superficial y descontextualizado, se nos está colando un mensaje individualista, desconectado de la responsabilidad común.
¿Qué pasa cuando el autocuidado se despolitiza y se convierte en puro capricho?¿Qué ocurre cuando lo usamos como escudo para justificar que todo y todos deben acomodarse a mis tiempos, a mis deseos, a mis estados emocionales, sin margen para la incomodidad, el conflicto o la diferencia?
Autocuidarse no puede ser sinónimo de que nadie me contradiga, de que todo el mundo deba ajustarse a mi medida, de que cualquier frustración sea interpretada como una agresión o una falta de amor.
Y aquí es donde quiero detenerme, porque estamos confundiendo el derecho a cuidarnos con el mandato neoliberal del bienestar personalizado, donde todo gira en torno a mi satisfacción inmediata y mis deseos individuales. Todo, amiga.
Desde una mirada feminista, el autocuidado tiene sentido si lo entendemos como práctica colectiva, como resistencia ante un sistema que nos quiere exhaustas, sumisas o dispuestas a desaparecer por los otros.
Pero no puede convertirse en un atajo para evitar el compromiso, la ternura, los desacuerdos y las incomodidades que conlleva habitar relaciones reales.
Ser «señora» de mi vida, como a veces se dice, no es ser una caprichosa a la que el mundo le debe pleitesía.
No es disfrazar de empoderamiento la incapacidad de habitar lo complejo. No es infantilizar el malestar o querer que el mundo funcione sin rozaduras.
No confundamos acompañarnos bien y acuerparnos con construir relaciones donde el otro solo existe si se comporta tal y como deseo.
Tenemos que ver que cuando nuestro estar se vuelve capricho, termina oprimiendo a otras personas.
Colocar mis deseos personales por encima de cualquier otra realidad, incluso a costa de personas que tienen menos poder o menos opciones que yo es opresión.
En nombre a nuestro «derecho a estar bien», no podemos relacionarnos con camareros, personal de hostelería, trabajadoras de cuidados o personas en situación precaria con una superioridad y un nivel de exigencia inaudito.
¿Desde cuándo el empoderamiento feminista se convirtió en tratar mal a quien sostiene los trabajos más invisibles?¿Desde cuándo cuidarnos implica que todo el mundo tiene que cumplir con nuestras expectativas exactas y lo expresamos porque es mi «derecho»?
Lo digo con cuidado y también con autocrítica, porque todas podemos caer en esa trampa, la del mercado que ritualiza lo superficial, que nos dice que merecemos todo, ya, a medida.
Y claro que merecemos descanso, dignidad y placer, prima, pero no a costa de exigir en exceso o deshumanizar a otras personas.
El autocuidado feminista es político, pero no es un capricho sin conciencia de clase.
No se construye pisando a quien sostiene los trabajos que no queremos hacer, ni olvidando que las cadenas de privilegio y opresión atraviesan cada interacción.
Cuando mi bienestar personal se construye pisando al otro, a la otra, no es bienestar, es privilegio mal gestionado.
Lo dejo para que lo pensemos juntas.
Porque el feminismo que quiero habitar no es el que me convierte en una mujer caprichosa, individualista o desconectada, sino el que me enseña a cuidarme sin olvidarme de cuidar cómo me relaciono con el mundo.
Lo comparto así, en crudo, porque lo veo, me duele, y creo que necesitamos hablarlo, sin miedo, sin culpas, pero con honestidad.
Sé que podemos hacerlo mejor. Sé que podemos cuidarnos sin dejar de cuidar cómo tratamos a los demás. Sé que podemos romper el mandato de desaparecer sin caer en la trampa del egoísmo disfrazado de amor propio.
Si miramos el mundo y a nuestro alrededor, no es tan importante que la cerveza no esté justo, justo, como a mí me gusta.
En serio, no lo es.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso
Ilustración de Mariano Peccinetti.

Deja un comentario