De las numerosas acusaciones que se han realizado a la Segunda República española, ha sido quizá, el anticlericalismo el más común debido a los excesos criminales que se produjeron como consecuencia del ataque sufrido por el gobierno legal. En las zonas donde el golpe se frustró la población enardecida y llena de ira, viró su rabia hacia conventos, iglesias como hacia los integrantes del clero y sus cercanos, a los que consideraban cómplices e incitadores de los militares golpistas.
Esta es la premisa sobre la que se han acusado a los gobiernos del Frente Popular, también a partidos y sindicatos de izquierda de los sucesos luctuosos que se produjeron. La historia nos demuestra que la semilla anticlerical era profunda, estando arraigada en España desde muy atrás y no, como se ha insistido, fruto de los condicionantes del Frente Popular.

Vamos a analizar los orígenes, causas y el proceso que llevó a la exacerbación anticlerical española.
Sobra decir -o no sobra porque siempre surgirán criticas hacia el posicionamiento subjetivo de la autora del reportaje, acusándome de partidismo o de visión sesgada de la realidad- que en ningún caso esta investigación se basa en el prejuicio de una justificación a crímenes que son execrables, tan solo queremos que sea un análisis objetivo, como forma de entender el proceso del sentimiento anticlerical español.

Encontramos las raíces del problema bastante atrás en la historia, tanto que se remontan a la Edad Moderna las primeras pruebas de conatos violentos hacia la iglesia intensificadas notablemente a partir del siglo XVIII con la Ilustración y, sobre todo, en el siglo XIX, coincidiendo con la crisis del Antiguo Régimen y la formación del Estado liberal.

Durante todo el siglo XIX en nuestro país la sociedad se dividió en dos facciones irreconciliables: liberales y absolutista. La dura escisión fue producida por la descalabrada política del nefasto rey Fernando VII que fraccionó la sociedad de forma grave al romper el juramento constitucional y las promesas realizados a los gobernantes y al pueblo que lo retornó al país después de que fuera voluntad de la Familia Real borbonica marchar a Francia entregando el país al emperador Napoleón, pasando a residir con toda comodidad en Bayona mientras el país se desangraba en la guerra de la Independencia. El gran drama del pueblo español es que no supo o no quiso prescindir de esa corona traidora y corrupta dejándolos en Francia que es de donde procedían optando por formas de gobierno más democráticas . Claro que los experimentos revolucionarios y republicanos tampoco fueron modélicos, no solo por la cuña que los absolutistas producían, sino que los desajustes, disputas y rivalidades de los integrantes del liberalismo de la época contribuyeron al fracaso republicano.
El mal de la divergencia dentro de partidos progresistas tiene su historia y procede de muy atrás…

Para el sector liberal y progresista de la España del XIX, la Iglesia representaba el ‘oscurantismo’, la superstición y el fanatismo en contraposición a la ‘razón’, la ‘ciencia’ y el ‘progreso’ que ellos defendían. El patrimonio que poseía la iglesia en el XIX era grandioso manteniendo gran cantidad de tierras, inmuebles y rentas que absorbían riqueza y patrimonio del país además de recursos de mano de obra, casi esclavizada, sin producir riqueza. Era lo que se dio en llamar patrimonio muerto, inactivo. Mientras, la burguesía emergente -escasa pero ya significativa- contemplaba las riquezas eclesiales con desazón precisamente por considerar un patrimonio inactivo e indecente que se mantenía los privilegios eclesiales sustentando las enormes riquezas de la iglesia, además de gozar de privilegios y exenciones fiscales, lo que la hacía aún más impopular entre quienes sí pagaban impuestos viendo cómo sus tributos servían para mantener a una institución tan rica como anquilosada.

En el momento en que dan comienzo las guerras carlistas -volvemos a responsabilizar al rey Felón (o Mastuerzo como le apoda Concostrina) por el sindiós que produjeron sus caprichosos cambios en la línea dinástica, saltándose sus propias leyes lo que hizo que su hermano Carlos y sus partidarios, al verse excluido de la línea sucesoria, se enfadasen hasta formar un ejército.

La iglesia se posicionó en su totalidad con los absolutistas defensores del carlismo, formando incluso grupos guerrilleros al mando de curas arriscados que produjeron tropelías por el territorio patrio. La postura eclesial era claramente política enfrentándose abiertamente a parte de la población, lo que no hizo más que incrementar el odio de los partidarios de la modernización de la nación y de parte del pueblo llano hacia una iglesia que pretende mantener las esencias del Medievo. El posicionamiento de la iglesia no fue solo ideológico, sino que también se trataba de conservar sus privilegios frente al liberalismo que pretendía poner algo de control a los mismos.

Avanzando por el transcurso histórico nos encontramos con que en julio de 1834, una falsa alarma sobre una epidemia de cólera, atribuida a frailes, provocó la quema de varios conventos en Madrid, con un saldo de más de 70 muertos. En julio de 1835, los disturbios se extendieron a Barcelona, en donde fueron incendiados o asaltados casi todos los conventos de la ciudad. Llegando a 1836 se produjo la Desamortización de Mendizábal, que supuso la expropiación y venta de los bienes del clero regular, lo que fue visto por sus integrantes y la población que apoyaba el privilegio eclesial, como un ataque directo a la Iglesia, aunque su principal objetivo fuera financiar la guerra contra los carlistas y sanear la Hacienda pública. La Desamortización tuvo sus lagunas, algunas graves y de difícil justificación, porque parte de lo justamente expropiado cayó, no en manos del pueblo, sino que en la de burgueses y aristócratas deseosos de acumular poder y riqueza. Creo que la Desamortización también merece un pequeño análisis.

Como decíamos, las principales causas que llevaron al gobierno a tomar esta medida fueron que España, inmersa, como estaba, en la Primera Guerra Carlista, su deuda pública era insostenible. La venta de los bienes eclesiales era una forma de obtener ingresos para financiar el ejército liberal y pagar parte de la deuda. Además, Mendizábal buscaba que los nuevos propietarios de estas tierras, adquiridas en subasta, se convirtieran en fervientes defensores del régimen liberal, ya que su prosperidad económica estaba ligada al triunfo de esta ideología. Innegable era que deseaban socavar el enorme poder de la iglesia dueña de un patrimonio tan excesivo como improductivo.

El problema vino de la forma en que se repartieron los bienes expropiados, que cayeron en manos de una burguesía emergente urbana y rural, de una aristocracia que, si bien detestaba al gobierno liberal, no tuvo mayor escrúpulo en quedarse con parte del patrimonio, y, por último, en los colectivos de funcionarios y militares que tenían información privilegiada sobre las incautaciones por lo que optaron con privilegios a las subastas. Ni el pueblo ni el Estado se beneficiaron de la Desamortización trayendo como consecuencia la formación de grandes latifundios en Andalucía y Extremadura que consolidaron unas formas económicas y sociales cercanas a la esclavitud. La oligarquía poseedora de las tierras eclesiales arrendaba a precios muchos más altos los terrenos incautados con lo que muchos campesinos se vieron abocados a una mayor pobreza. En resumen, la Desamortización de Mendizábal fue un proceso de cambio de propietarios, no de redistribución de la riqueza. Se cambiaron de las «manos muertas» de la Iglesia a las de la burguesía y la nobleza, dejando al margen al pueblo llano, lo que a la larga contribuyó a la inestabilidad social y un enorme aumento del descontento del campesinado crispando las reformas que se intentaron realizar en el siglo XX.

Desde 1868 hasta 1874 se produjo el Sexenio Liberal, implantándose un gobierno provisional de corte liberal y progresista. Se impulsaron medidas como la libertad de culto y la citada desamortización de los bienes del clero secular. Fue el momento en que se produjeron nuevas quemas de iglesias y conventos, aunque la violencia fue menos sistemática que en la década de 1830.

Como vamos viendo después del repaso, el odio generado hacia la iglesia tiene hondas raíces en nuestra historia y obedece al posicionamiento político y a la rapiña eclesial en su mayor parte. Quedó arraigado en el país, por un lado la defensa a ultranza del ideario retrogrado que representaba la iglesia con la aquiescencia de parte del pueblo, al mismo tiempo, un odio visceral debido al acumulo de riquezas y a la defensa cerrada del clero a los tiranos que sometían al pueblo.

Si quieren conocer a fondo los entresijos de lo que representaba la iglesia durante el siglo XIX lo tienen perfectamente reflejado en las novelas de Galdós, Doña Perfecta de manera especial, en La Regenta, de Clarín. La postura favorable al absolutismo y a la iglesia bien conciliadora de José María de Pereda, nos ofrece la postura contraria. Dicha controversia llegó hasta torpedear la entrañable amistad existente entre Don Benito Pérez Galdós y José María de Pereda… impidiendo, incluso, que el primero percibiera el Premio Nobel, debido a las deleznables presiones que ejercieron los absolutistas eclesiales en Suecia. Comprobamos, no sin estupor, que la bifurcación ideológica a favor o en contra de la iglesia católica impregnó hasta la gloriosa narrativa española del siglo XIX.

Después de explicados los antecedentes, llegamos al denostado por los clericales, periodo de la Segunda República española en donde las explosiones de anticlericalismo llegaron al paroxismo.
Los ánimos exaltados por siglos de extorsión a un pueblo depauperado tuvieron como consecuencia, al poco de proclamarse la Republica, los siguientes actos violentos: en mayo de 1931, a tan solo un mes de la proclamación de la República, se produjeron quema de iglesias y conventos en varias ciudades españolas (Madrid, Valencia, Sevilla, y otros puntos).
Los sucesos no surgían de forma espontánea sino que se sucedían a las acciones provocadoras por parte de monárquicos exacerbados por el cambio de régimen. La República española se vio atacada con virulencia desde el mismo momento de su llegada. Cuando las calles bramaban de júbilo, monárquicos, militares y derechistas recalcitrantes comenzaron una conspiración contra ella. Existen documentadas pruebas de dicha conspiración, además de las visitas que embajadores derechistas realizaron, tanto a Mussolini como a Hitler, buscando apoyo para sus acciones que culminarían con el intento de golpe de estado producido en agosto de 1932 propiciado por el general Sanjurjo cuando solo habían pasado dieciséis meses de la proclamación republicana.

Otro motivo de la crisis insalvable entre la iglesia y la República fue la Constitución de 1931 en donde la nación española se proclamó aconfesional lo que fue recibido como un insulto insoportable por parte de la otra facción que consideraba (y considera) consustancial a la tradición cultural y formativa de España la religión católica. Pensemos que a día de hoy seguimos con leyes que protegen a dicha institución, la mantienen exenta de impuestos y con un Concordato en vigor donde se normalizan privilegios inconcebibles en una sociedad moderna.

La famosa frase de Azaña “España ha dejado de ser católica” laceró los oídos de los conservadores cuando en su discurso, Azaña, solo explicaba que el Estado español abandonaba la confesionalidad.
En julio de 1936, en las zonas donde el golpe de estado de los militares africanistas no triunfó, el sentimiento anticlerical estalló con virulencia. Llegaban noticias del otro lado en donde se asesinaba en masa, crímenes bendecidos por el clero que acompañaba a los piquetes y visitaba las cárceles y campos de concentración mostrando total afinidad con los genocidas y nula empatía con las víctimas. Las vociferantes proclamas sobre la Quinta Columna, exacerbaban más los ánimos, hasta producirse los hechos deleznables de quema de iglesias, asaltos a conventos, crímenes al personal eclesial, violaciones de monjas que padecieron, que tal como suele ocurrir es más dura con las mujeres ya que al crimen se unía la previa violación. Durante estos hechos, no solo se perdieron irreparables vidas humanas, sino que también se destruyeron bienes patrimoniales artísticos custodiados en las iglesias pero de pertenencia popular.

Según recuento de los ganadores de la contienda y que se hayan registrados en la Causa General, se estima que el número de víctimas de sacerdotes, monjas, seminaristas, frailes, y personal afín a la iglesia, superó las 6.800 personas. Fueron los desmanes y crímenes de este tipo lo que sirvió de argumento a las democracias occidentales para negar apoyo al gobierno legal republicano ya que fueron ampliamente difundida por la prensa internacional los sucesos del anticlericalismo sin mayores explicaciones de los antecedentes. Tanto en EEUU, Gran Bretaña, Irlanda como en el resto de potencias occidentales, la potente sociedad católica con tintes de progresía, se posicionó mayoritariamente a favor de los golpistas debido a los asesinatos de religiosos/as. El lastre de los crímenes sucedidos durante el periodo del Frente Popular, si bien puede entenderse por el colapso y el sufrimiento del pueblo, jamás podrán justificarse y produjo una considerable perdida de apoyos sociales y políticos.

Para terminar, les aportaré la prueba irrefutable de la complicidad entre los genocidas franquistas y la iglesia católica. Acogieron en su seno al morir, enterrándoles en sitio preferente tanto al criminal Queipo de Llano, enterrado durante decenios en la Macarena de Sevilla, como al párroco del cementerio Ciriego, de Santander, Manuel Soto Pidal que, no solo asistía a los fusilamientos y enterramientos en la fosa de Ciriego, sino que además borraba los nombres de los asesinados haciendo desaparecer su identidad y memoria. Hoy sigue enterrado en la ermita de la Virgen del Mar, patrona de la ciudad y mantiene una calle con su nombre en Peñacastillo.
https://lapajareramagazine.com/la-iglesia-y-el-quinto-mandamiento-ya-saben-no-mataras
Salvo durante los años finales del franquismo y principios de la Transición en que una parte de la iglesia católica, a titulo privativo no como institución, se posicionó junto al pueblo denunciando los excesos cometidos, siempre estuvo del lado del poderoso, del opresor, aportando ideología y justificación a todos los excesos de crueldad y expolio con el pueblo. Quizá esa postura retrograda y egoísta sea la explicación del anticlericalismo español.
María Toca Cañedo©
P.D: En cuanto a la relación de la iglesia con el franquismo, les remitimos a los artículos publicados con anterioridad.
Bibliografía:
Don Benito Pérez Galdós: La Perfecta, Nazarín, La familia de León Roch, Misericordia…
Leopoldo Alas Clarín:La Regenta.
Stanley G. Paine: El catolicismo español.
El anticlericalismo español: Manuel Revuelta González.

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