Horas Cruzadas (primera parte)

Horas Cruzadas

Este relato nació al escuchar una anécdota real que contó Iñaki Gabilondo. Mi único mérito ha sido cambiar e imaginar otros protagonistas y otras situaciones personales de la misma historia.

La Autora.

 

Teresa Saldaña Ríos.

La carretera discurre sin sobresaltos. El sol, ha enrojecido manchando  la vista que se  tiñe de rojo al punto de mostrar  el paisaje a punto de incendiarlo. Me gusta ver el amanecer, claro que sería mejor contemplarlo desde una guarida segura, cercana al lago que forman los ríos Esmero y Plantío al fundirse en uno solo, mientras me ahuyenta el sueño una taza de café recién hecho, con posos aun del puchero donde se cocieron las ganas y la somnolencia. O en algún hotelito cómodo en zona rural abrazada a un amor, que de momento,  solo es imaginario. En cambio, aquí voy, tragando kilómetros con la prisa pegada al parabrisas porque ando justa de tiempo sin poder recrearme en el milagro de la amanecida.

Debiera haber salido antes de casa, es posible, pero en el último momentos ocurren los imprevistos que no se pueden soslayar. Mimí me oyó y tuvo a bien levantarse, que se lo agradezco, por supuesto pero justo entorpeció mi marcha. No, no quiero ser injusta con ese ser providencial que llegó a mi vida justo cuando más la necesita. Mimí, con esa dulce dedicación que me hace enternecer como cuando llego de noche, tarde, agotada de peleas infames en el despacho con gente que discute las bases de un divorcio peleando por la cafetera o el plasma  y me encuentro la tortilla de patatas aun tibia, tapada con otro plato, el zumo de la fruta en el vaso y un trocito de pan que acompañará y fusionará la perfecta textura de una tortilla singular.

Mimí, ese regalo del cielo que en su momento fue contratada solo para atender a los niños.

-Que no les falte de nada, Mimí, si queda tiempo para la casa, perfecto, pero la prioridad son ellos, querida. Trabajo como una mula. El despacho me absorbe el día por lo que llegaré a veces pasadas las once de la noche y no quiero tener más culpabilidad que la producida por mi ausencia. Los niños son lo primero, Mimí por favor, que ya han pasado bastante para ahora sentirse solos. El divorcio no ha sido amable. Es muy duro encontrarse con la vida desecha de golpe cuando todo parecía discurrir con normalidad. Los niños lo han padecido. Quieren y se sentían unidos a su padre y de pronto han descubierto que a él había otras cosas que le interesaban más que nuestra familia. Una veinteañera, locuaz y pechugona, por ejemplo. Así que no quiero que nada más que la lógica falta paterna en casa, les afecte. Prioridad absoluta a sus horarios, a sus comidas y cenas, baños, y salidas al parque…Con disciplina, Mimí, porque ya sabes que son dos preadolescentes y la pequeña  necesita mucha atención porque  enseguida se desmandan, pero con amor. Ya sé que no son tus hijos, querida, que los tienes lejos, pero intenta darles un poquito del afecto que tendrás de sobra contenido por la separación ¿Es mucho pedir?

-No señorita Teresa…

-Por favor, Mimí, deja ese forma de tratarme. Llámame, Teresa, no soy señorita…hace tiempo que dejé de serlo, querida.

-Gracias, pues la llamaré señora. Mire, en mi país tratamos así a la gente, no es por marcar distancia porque usted es bien amable, pero son mis costumbres y si me lo permite, seguiré con ellas. No tema, porque haré con sus nenes lo que haría con los míos…e intentaré compensarles, pobrecitos, de sus penas.

-Como quiera entonces, Mimí. Me obliga a mí a tratarla de usted, pero si no le importa, la llamaré por su nombre porque en España no es costumbre tanta formalidad, pero usted es tan señora como yo. O más, querida, o más.

-Usted haga lo que le convenga, faltaría más. Y no se preocupe de nada, querida señora Teresa. Verá usted como todo va a ir bien.

Y lo fue. Cuando Fernando marchó dejando el vacío en el armario y un hueco irrellenable en la casa, todo se tornó frío. La contracción que supuso descubrir la infidelidad, las excusas banales y poco defendidas que suponían las ganas de liberarse del yugo matrimonial me dejaron exhausta  cargando, además, con la culpa de haber sido yo la causante del desfalco. Que trabajo demasiado, que apenas nos veíamos, que me notaba ausente, que mi interés fluctuaba entre el despacho y mis hijos, sin dejar hueco para él.

Él, que terminó la carrera mientras construíamos la vida en común durante el tiempo en que yo dejaba la energía intentando sacar adelante el despacho recién montado con créditos y esfuerzo sin tregua. Él, que apenas afrontaba los gastos comunes hasta que su trabajo comenzó a dar frutos, pasados más de diez años de vida conjunta en donde fui yo la aportadora. Él, que quiso hijos presionando de forma insensata hasta que cedí a sus deseos echándome encima la responsabilidad que jamás asumió de forma concreta. Porque su paternidad era de jolgorio y diversión, de jugar a futbol o llevarlos a realizar excursiones descabelladas que me exponían a un infarto. Rafting, escalada, nadar en ríos tumultuosos. Meriendas a deshoras, comidas intempestivas. Saltos en la cama a la hora de dormir. Fernando se labró su fama de buen padre, de padre divertido y molón mientras a mí me tocó la partitura de la disciplina, del orden, de la cara seria, de la exigencia. Porque el reparto de papeles le impuso él desde el principio dejándome sin opciones.

Luego se enamoró de Cristina Solís, joven amazona de culo prieto, largas piernas y melena de mechas aviesas que ella utiliza como batuta de su coquetería. A mí me quedaron varias arrugas en el contorno de ojos, una que parte la frente en dos, bolsas testiculares alrededor de la mirada producidas por el insomnio y las lágrimas que salían a la contra de mi percepción, una cara algo ajada y la conciencia de haber hecho el imbécil demasiado tiempo.

Nada nuevo, me confirmó mi psicóloga. Nada que no hayan hecho miles de mujeres antes que yo. Que sí, que algunos o bastantes hombres, cansinos…que vale, que también hay perras aprovechadas pero conozco a más, muchas más, mujeres que hombres. Porque en el escrutinio de papeles que la historia nos ha condenado, el peor baile siempre ha sido nuestro.

Por eso, Mimí fue un regalo divino. Me la recomendó la terapeuta. Había cuidado con amor y dedicación a su anciana madre hasta la muerte. Estaba sin trabajo, tenía dos hijos en Ecuador  vivía sola en casa de la anciana fallecida hasta encontrar un nuevo trabajo ya que no tenía posibles para afrontar un alquiler en soledad. Por casa habían pasado varias con destemples variados y a mi la desesperación me cercaba cada momento por los desbarajustes.

Al momento de conocerla supe que la mano divina o un generoso karma se había volteado para favorecerme. Los niños la adoran y, cosa curiosa, con la misma facilidad la respetan y obedecen en todo. Quizá sea su dulzura, su manera firme pero golosa de marcarles obligaciones, el tiempo que se toma para explicar las ventajas de lo que se les pide. Acostumbrados a mis exabruptos, a mi falta de paciencia sobre manera en los últimos tiempos, la han recibido como una bendición.

Incluso han dejado de añorar a su papá divino, que los visita a horas intempestivas y sin orden, por mucho que me empeñe en que siga ciertas normas, y sus visitas sean raudas y crispadas ante la premura que le supone perder tiempo de estar con su rubia amazona. Para los chicos ha sido como estrellarse contra un suelo duro de realidad. Su magnífico y magnánimo padre tiene prisa, falta a citas concertadas y los devuelve antes de tiempo, tiempo que comparte con ellos y la amazona que, con gesto agrio, los detesta suavemente rodeándoles de una amable distancia que suena a sarcasmo las más de las veces.

Mimí es un milagro que se ha convertido en familia ganándome   con esas tortillas que la enseñaron a hacer al modo español y que ella borda. O esas sopas calientes que me reciben en las noches de invierno cuando llego aterida después de pasar horas diferenciando los entresijos de un divorcio, de una herencia o de un pleito vecinal, llegando a casa con el estómago contraído y el frío atenazándome el costillar de tanta tensión.

 

 

Ya tenemos el sol en lo alto, la amanecida ha llegado a su fin. El paisaje se despeja como si lo hubieran lavado ayer mismo. Restan dos horas para llegar. Ojalá encuentre aparcamiento en el juzgado y no tenga que perder tiempo en buscar. La vista comienza a las once y me gustaría tomar un café antes de entrar.

Por cierto…¿Quién es ese loco que bracea en medio de la carretera? Hay que estar rematadamente loco para ponerse así enmedio de una autovía.

 

Continuará…

 

María Toca Cañedo

 

 

Sobre Maria Toca 1896 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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