Tomás Lapuente.
Fue el golpe de luz el que le despertó. Un sobresalto que le hizo cabecear e incorporarse en el lecho con tanta fuerza que casi se disloca. Por la ventana entraba un sol mordiente, el del amanecer, se dijo, que teñía las paredes de rojo y los visillos de un flojo amarillo que mostraban los viejos lamparones. Tomás, volteó el cuello con la fuerza de un demente para comprobar que el reloj marcaba las veintitrés cuarenta. Las veintitrés cuarenta no casaban con el estrepito de luz de la ventana. Volteó el pequeño artilugio al que se le desprendieron las agujas. Estaba parado, roto, para ser exactos, se dijo Tomás con desesperada inacción.

No saltó de la cama, porque aquello no fue un salto. Fue una cabriola imprevista ya que pensada jamás hubiera sido posible. Corrió demenciado hasta el salón justo en el momento en que en el reloj daban las siete campanadas solemnes de una pieza de museo más que reloj casero.
-¡Las siete! No puede ser. No puede ser…
Dio dos vueltas sobre si mismo, anonadado, buscando no sabía qué, pensando que todo había acabado, que no había remedio para el desastre que en una hora destrozaría vidas humanas que ahora estarían cabeceando plácidamente en los sillones del tren.
-No hay nada que hacer…nada.
Se dijo, mientras un rastro de lucidez se le impuso en la mente suficiente para correr hacia la habitación, tomar los pantalones que había dejado como bandera arriada en el sofá del cuarto, recogiendo un suéter cualquiera del armario. mientras trasteaba intentando calzarse las zapatillas de esparto que usaba en casa. No tenía tiempo para encontrar los zapatos, se dijo.

Había que intentarlo. En su cabeza comenzó a bullir la idea de que había que intentarlo. No podía derrotarse tan pronto, porque a veces los milagros existen, se dijo Tomás para insuflar esperanza a la terrible conciencia de la desesperación. Había que salir a la calle, coger el coche e intentar llegar como fuera a la estación.
De pronto, otro flash cruzó como rayo su cabeza. No había coche. Desde hacía quince días el puto coche andaba en el taller troquelando sus cuitas por una tregua que lo mantuviera firme un tiempo más. No podía permitirse ahora el gasto de uno nuevo y decidió darle un repaso para alargar la vida más de lo inevitable. No había coche, se dijo, entre dientes ahogando las palabras mientras la desesperación acuñaba la garganta como fierro firme.

La cabeza de Tomás giraba como noria loca. Acabó de calzarse y la inercia le condujo hasta la puerta. Sí, había que intentarlo. No podía permitirse pasar el resto de su vida con la carga mortal de tanta vida perdida. Además, si no lo hacía ¿quién cuidaría de Pilar si a él le encerraban? porque eso era seguro. A los que mandan siempre les resulta fácil cargar el peso de las responsabilidades sobre los últimos de la fila. Y él era el ultimo de los últimos.
Hay que hacer algo, se repetía como letanía mientras cruzó el portón escrutando con la vista la carretera que se extendía ante sus ojos, plana, surcada de rayos que topaban con el asfalto reblandeciendo el suelo. Los ojos de Tomás alargaron la visión hasta confines inmateriales. Nada. No pasaba nadie a esas horas. La carretera era poco transitada a cualquier hora, aún menos a la amanecida cuando aún no ha comenzado el trasiego de los escasos tractores que la atraviesas camino de las eras o de algún alma perdida que vuela hacia Logroño. Había alguna posibilidad de encontrarse a un camión renqueante que trasportara algo a la ciudad, se consoló Tomás ante la soledad cercenada de la carretera infame.

Notó la brisa que le caló hasta el costillar, arrebolándole el pelo. Imaginaba que hacía frio, que el relente mañanero sería fuerte, pensó Tomás, en un arrebato de presentismo mientras salía al asfalto sin calibrar que andaba caminando por una parte peligrosa de la carretera. Se dio cuenta que el silencio, un sepulcral silencio apenas rozado por algún gorjeo de pájaro, lo rodeo con abrazo infinito. El sol andaba en el cenit…Tomás no pensaba más que en correr. Huir de la casa, quizá en la percepción de que los pasos le podían acercar a lo imposible.
Durante su carrera braceaba a la vez que la respiración bloqueaba los pulmones. Se dijo de corrido, que dejaría de fumar. Lo dejaría sin falta si conseguía evitar el desastre. Si conseguía llegar como fuera, corriendo, saltando a cualquier tractor, camión o caminante que cruzara la estepa en esos momentos. Pero no, un tractor no servía. Faltaban cuarenta minutos para el horror. Un tractor no cubría la distancia hasta Logroño en ese tiempo.

Al tiempo, repasaba lo vivido la noche anterior. La tarde que pasó con Pilar, su alteración terrible. Sus gritos, los arañazos que cruzaban su rostro trasformado en máscara de furia cuando no hace tanto era cara beatifica y hermosa que él apenas recordaba porque los intentos se le superponían al presente. Los mechones que blandía, Pilar, entre los dedos, cual garfios tensados hasta el paroxismo, mostraban que las horas previas a su visita la crisis había sido tan fuerte que no fue posible calmarla. Recordaba los pinchazos que las manos poco diestras de la joven cuidadora, asaeteaban su espalda, mientras ella se retorcía con la furia de una rabia inhumana, intentando evitar la inyección que odiaba más que a si misma.

Recordaba como la acarició durante horas, ella aferrada a su brazo, dejando la cabeza volteada en su hombro, mientras las bridas sujetaban el cuerpo endeble de una mujer consumida por la furia irrespirable. ¿Cómo era posible la fuerza que desarrollaban sus treinta y siete kilos de peso? ¿Cómo era posible que aquella joven, hermosa, entrada en carnes que él ansiaba a toda hora disfrutar hasta el empacho, se hubiera consumido hasta parecer una anciana doblada y perdida?
Llegó a casa tan agotado que tomó la sopa fría y la diluyó con un trozo de pan, marchando a la cama, mientras la soledad y el frío de la casa le gritaban entre sombras.
No era disculpa el haberse acostado más tarde de la costumbre. No era disculpa que Pilar esa tarde hubiera tenido un crisis que lo dejó agotado. No era disculpa que el reloj se hubiera parado.. No era disculpa, se decía Tomás, porque no podía serlo.
A lo lejos se escuchó un murmullo. Como si fuera perro de presa olfateó el ambiente, aguzando los oídos. Sí, se confirmó, a lo lejos se escuchaba un rumor, apenas perceptible, pero mientras los segundos pasaban tomaba fuerza.
-Es un coche- gritó farfullando a la nada.
-Es un puto coche que tengo que parar como sea.
Se dijo para convencerse mientras apretaba el paso hacia el centro de la calzada agitando los brazos como aspas de molino enloquecido…

Viaje.
El frenazo dejó tatuado en el asfalto parte del neumático. A Teresa la indignación la brotaba de los ojos…abrió la ventanilla.
-Está loco ¿o qué? He podido matarle.
-Por favor, por favor, abra la puerta. Luego le cuento…no se asuste, por favor, debe llevarme a Logroño como sea. Cientos de vida dependen de ello.
Algo notó Teresa en el hombre. Un matiz de desesperada verdad que dibujaban sus ojos con desesperación tintada de un rojo cárdeno, porque bajó el seguro haciendo a la vez el gesto de ¡adelante! que no hizo falta porque el hombre, enloquecido, había saltado al asiento sin dar tregua. Teresa pensó que era una imprudencia que podía ocasionarle problemas. Mentalmente recordó que en el salpicadero llevaba unas tijeras para cortar (robar, decían los niños) flores cuando salían al campo. Situó la mano cercana al lugar donde abría la pestaña que contenía la posibilidad de convertir en arma lo que servía para cortar flores que luego trocaban la casa en florido vergel.

-Tiene que correr mucho, señora. Mucho, solo tenemos treinta y cuatro minutos, hágase cargo. Lléveme a Logroño.
-¿Por qué debo llevarle a Logroño?
-Le cuento pero corra, por dios, no deje pasar el tiempo.
-De acuerdo. Empiece a contar.
Teresa se impregnó de la prisa que parecía tener el hombre enloquecido que acogió en su coche. Arrancó con la misma fuerza con la que había frenado y el coche respondió con un rugido.
-Mire, soy guardabarreras de una estación previa a Logroño, justo donde se cruzan los correos de llegan de Madrid y de Barcelona. Me he dormido. Tenía que haber tomado el autobús de las seis treinta que me deja en la zona a tiempo para hacer el cambio, pero me he dormido. Ayer tuve un día terrible, el reloj se paró y…

Un sollozo cortó las palabras de Tomás. Teresa le observaba de soslayo, la calzada era lo suficiente lineal y limpia de tráfico para poder hacerlo. El hombre representaba cincuenta años, intuía que tenía menos. La barba oscurecía una tez oscura, tiznada de sol dándole aspecto requemado.
-Bien, debe llegar a la estación…¿por qué?
-Porque he de hacer el cambio de vía. Si no se hace los dos trenes llevan la misma vía, chocarán y el desastre producirá cientos de muertos. Vienen llenos de gente todos los días ¿entiende ahora mi desesperación? Corra, por favor, no tenga piedad.

Teresa tomó conciencia de la situación. Su imaginación le reflejó los vagones derrapando, entrelazando hierros con gente herida, con miembros amputados. El acelerón fue tan fuerte que ambos casi se desnucan con el tirón que les supuso el cinturón de seguridad.
Mientras el coche devoraba kilómetros la cabeza de Teresa lanzaba un mensaje claro nacido de la lucidez espontanea de los malos momentos.
“Que no aparezca la guardia civil, por dios, voy saltándome todas las precauciones y límites de velocidad. Por lo que más quieras dios inesistente, que no aparezca la guardia civil”

Los rezos no suelen salir como se les espera, pensó Teresa, mientras el hombre escapaba del cuello oteando el horizonte, cuando sintió la sirena y al punto visualizó por el retrovisor dos motocicletas de la guardia civil. Soltaban destellos del piloto que encendían simulando persecución en serio. A Teresa le comenzó a temblar la barbilla. El hombre a su lado, se le quedó la tez tintada de blanco. Cuando Teresa se volvió hacia él, la oscuridad de su bozo destacaba sobre el lienzo de una cara lívida.
-No pare, por favor. No les haga caso.
-¿Quiere que acabe en la cárcel? Oiga soy abogada, tengo tres hijos a mi cargo y un caso que solventar en Logroño.
-Si no llegamos, yo iré a la cárcel y muchos al cementerio.

Los dos guardias en sendas motos se pusieron a ambos lados del coche, con ostentación señalaban la acera para que arrimara el coche. Teresa abrió la ventanilla, quizá con la cara enloquecida que asustó a los motorizados lo suficiente para prestarle atención y desarrugar el ceño de cemento que ambos llevaban.
-Por dios, déjeme. Tenemos que llegar a Logroño. Es cuestión de vida o muerte…
Ambos se miraron. Contemplaron al hombre cuyo desaliño les pareció sospechoso pero en el rostro llevaba dibujado también el mismo color de la desesperación.
Los dos giraron sus motos en quiebro impreciso colocándose en paralelo al coche. Al tiempo hicieron sonar las sirenas, los pipotes de destellos fluctuantes cortaban a fogonazos el territorio y de perseguidores se convirtieron en escolta sonora.

Desenlace.
El reloj corría impasible. El coche devoraba los kilómetros con voracidad. El hombre clavaba sus ojos en el minutero del salpicadero con ojos llenos de locura. Había pasado el tiempo sin apenas notarlo, quedaban solo diez minutos para el cruce fatal de los trenes. Solo diez minutos para que el mundo de decenas, quizá cientos de personas, se volteara de forma inaudita; para que padres se quedaran sin hijos, los hijos sin padres, novias y novios sin amores precarios…La muerte corría casi tanto como ellos.
Tomás lanzó un grito que sobresaltó a Teresa inmersa en no matarse con la velocidad que su pequeño utilitario tomaba. Las puertas crujían, en grito de chapa maltratada y poco acostumbrada a cortar el viento como si fuera una carrera contra la devastación. Quedaban apenas cinco minutos.

-Entre en ese parque. Déjeme ahí mismo, me tiraré del coche. Tenemos solo cinco minutos. Déjeme ahí que me tiro.
Se tiró. Literal, llevaba la mano en el adminiculo de la puerta del coche, la abrió cuando el coche aún rufaba con ganas lanzando el cuerpo fuera como si de él dependiera secar el infierno.
Los guardias, avezados de la situación, pararon también. Teresa apoyó la cabeza sobre el volante, cerró los ojos y pensó en sus pequeños a los que en estos momentos, Mimí estaría azuzando para hacerles salir de la cama. Su casa olería a leche y chocolate, a frixuelos que la mujer preparaba la noche anterior, para freírlas en el momento del desayuno y que fueran golosina para los niños. Mientras sus ojos cerrados contemplaban la escena de su cocina, con los desgreñados niños y el rostro apacible de Mimi poniendo orden en el caos, el rugido de un tren la sobresaltó.
Entraba en la estación el correo de Barcelona. Al momento, el de Madrid chirrió sus frenos estrepitosamente…Teresa no quiso levantar la cabeza hasta que la voz gritona de una mujeruca, avisaba a un pequeño de que no corriera por la estación y que su padre llegaba pronto.

Levantó los ojos. La gente salía con incierta conformidad, los ojos encintados de sueño, posiblemente recién despertados. Tomaban sus maletas acarreando bultos con pereza sin intuir siquiera que el destino había sido benévolo con ellos.
Teresa contempló a sendos guardias que con un pie en tierra aposentaban sus motos y pensó que debía explicarles.
-Es el hombre que debe cambiar las vías. Si no llegábamos a tiempo, agentes, chocarían ambos.

Ellos la miraron para, al momento, cambiar la mirada hacia la gente que atrapaba maletas y bultos con la tranquilidad de haber llegado a destino. Contemplaron como caminaban con normalidad los que salían de ambos trenes, como recibía el beso o el saludo de la gente que esperaba. Como cruzaban el parque desde el que Teresa y los guardias contemplaban la escena. Mientras el chirrido salvaje de los monstruos de hierro se disparó de nuevo ahogando el jolgorio de las llegadas. Seguían camino ambos hacia su fin. Los guardias contemplaron a la gente salir, luego la miraron a ella y resoplaron con agotamiento.
-Menos mal, oiga.
Fin
María Toca Cañedo

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