Me habían dicho que la viera en fechas en las que andaba tan atareada que si podía visionar alguna serie buscaba intrascendencia o comedia con el fin de encontrar el sueño sin esfuerzo. Me daba pereza porque recordar de nuevo las vivencias de los cuatro últimos presidentes del país, no me era grato. Un día me armé de valor intuyendo que el sueño me llamaría en breve, busqué la serie y ya no pude despegarme durante dos capítulos por más que urgía dormir ya que el día siguiente era toledano. Dio igual.

El primer capítulo se le dedican a Felipe González, el encantador de serpientes, el carismático “Isidoro” por el que suspiró una generación. La mía.
Si buscan en las páginas de este magazín encontrarán diatribas acidas que le dedico a González, mi enfado con él es amplio y creo que lo comparto con mucha de la gente que antes le adoró, le votó(mos) y creímos en su palabra. La traición es defecto detestable, a mi criterio, y la traición sibilina ideológica es de digestión lenta. González ha traicionado mucho. Primero a sus fieles con ese abandono pletórico del marxismo donde dijo la frase falaz de “soy socialista antes de marxista” cuando de lo que abjuraba era del mismo y genuino socialismo para correr en pos de una socialdemocracia domada por los marcos alemanes y el contubernio de una corona yanquizada, hostil a experimentos socialistas. Luego vino la OTAN, la ruptura con Nicolás Redondo que tuvo que ser dolorosa para este último porque Felipe debía mucho, pero mucho al líder sindical que se hizo a un lado para ayudar en el liderazgo de González. Y luego la huelga general que ha sido la más concurrida y seguida de nuestra historia. Quien se lo iba a decir al presidente soñado y aclamado.

Llegó el GAL que propiciaron las sucias cloacas del Estado que llegaron para quedarse y enfangar el futuro; el inicio del desmantelamiento de la empresa publica y otros asuntos que mejor obviar. Digo esto como descargo. Yo sé como es Felipe. Yo rabié con las traiciones de Felipe. Quede bien claro. Sin embargo…

Sin embargo, al volver a escucharle retomando las imágenes de entonces teñida de la nostalgia que produce el choque con lo que fuimos, creímos y soñábamos, me hizo darme cuenta de que la entidad del tipo que hizo de unas jornadas de tortilla germen de un cambio insólito. Viendo y escuchando a Felipe González sientes que estás ante un hijueputa, que es muy posible que cuente mucho menos de lo que sabe y pasó, que obvie la parte oscura de su gobierno, aunque con medias palabras, sonrisas y miradas oblicuas deja entrever mucho más de lo que habla. En fin, que subyuga, que hipnotiza como el personaje shakesperiano del Rey Lear.
González cuenta alguno de sus fantasmas, su amor por el campo, a la soledad; se le adivinan sus tormentas internas que deja entrever entre frases, sonrisas y silencios casi diabólicos. Sigues pensando en que es hijueputa, pero subyuga. Al final, les confieso que solté un respiro amplio como de haber escrutado a un hombre con muchas aristas, algunas -demasiadas- deleznables pero un hombre poliédrico y bidimensional y por ello fascinante.

Luego llega el segundo capítulo y aparece la faz de marcada grisura de José María Aznar. Que quieren que les diga, entiendo que es la cronología quien manda, pero poner detrás del fulgurante González a un ser opaco de cartón piedra con el ego infame de un mediocre que se cree dios, me dejó estupefacta contemplando cómo pudo el pueblo español dar mayoría a semejante teleñeco tan feo como malvado.

Es como ver a un actor del Método, pongamos a Marlon Brando, interpretando al Padrino mientras acaricia al gato, contraponiéndole a un Silvester Stalone venido a menos pavoneándose entre decorados de cartón piedra.

Que banalidad, que búsqueda ímproba de aprobación en el yanqui. Que esfuerzos dialecticos para no decir nada, porque es la propia insignificancia la que pesa. El típico aliado del malote del patio que pretende copiar sus tics y resulta de un patetismo encendido.

Aznar es el anverso del otro. La oscuridad, la opacidad, el mero postureo que mantiene sus errores y los canta como aciertos tomando al país por tonto. Aznar es la fealdad vacua absoluta. No hay doblez como en Felipe, es evidente que lo que se ve es una fea maldad practicada por un hombre acomplejado.

Luego llega Zapatero y no se puede evitar enternecerse pensando que de tenerlo cerca quizá le dieras un achuchoncillo , sobre todo en la primera legislatura porque en la segunda ni supo, ni pudo estar a la altura. De todos sería el único del que podría ser amiga porque enternece la asunción de culpa, la insistencia en su prioridad personal y política: la palabra. Zapatero es el hombre negociación, el de la esperanza en que el bien siempre triunfa. Zapatero no es Bamby porque acabó con ETA, pero lo parece. Contó con detalle el proceso vivido con el terrorismo y espeluzna pensar que las negociaciones se realizaban sobre un barril lleno de pólvora que se llamaba “Thyerry” y muchas cerillas alrededor.

Por cierto, Eguiguren merece homenaje y reconocimiento, pero mucho y más porque si se hizo la paz es debido a que ese hombre se jugó la vida y la salud trajinando con asesinos.
El último era, como supondrán, el opositor de Santiago, Mariano Rajoy, o si quieren M. Rajoy apelativo por el que es más conocido. Rememorar la deslucida retranca gallega, los símiles inverosímiles de Mariano me hizo hasta gracia. En la distancia, claro porque de inmediato recordé los terribles e impíos recortes, las subidas de impuestos, negadas en campaña y ejecutadas sin rubor, como cuando eliminó las pagas (hace broma con ello, el jodio) y la cruenta etapa que produjo sangre dolor y lágrimas a los/as españolas. Si Aznar es oscuridad y plomo, Mariano Rajoy es vacuidad de aldeano gallego pasado por notarías. Mariano es humo de puro que se eleva y se difumina sin rastro alguno.

Rememoró sin mucho arrepentimiento su salida del gobierno y la tarde que, en símil glorioso de Patricia Esteban Erlés, fue sustituido por el bolso que presidió España mientras le zurraban una moción de censura que hizo época y daño, mucho daño. Tanto que la rabia producida se destila en cada pleno del presente político, en cada entrevista, en cada acto en que participan miembros del PP sin asumir aún que las mociones de censura, como los gobiernos de coalición y los pactos, son tan democráticos como lo que más. Y lo que no asumen es que el gobierno de Rajoy fue expulsado por ladrón. Su mediocridad queda reflejada cuando apunta con indiferencia que se quedó en el restaurante porque no le apetecía recibir palos. Le faltó confirmar que para eso tenía a Soraya Sainz de Santamaría, política devaluada, a mi entender con grandes posibilidades de dirigir una derecha cívica y bien preparada.

La serie es magnifica porque con la palabra e imágenes de los hechos históricos vividos hacen un argumento que te pega a la pantalla. El problema es que hay protagonistas y protagonistas, pero eso no se le puede achacar a los autores de la serie sino a una realidad política que decepciona a cada rato.
No se la pierdan porque es antológica y nos recuerda hechos importantes que nos conforman el presente además de explicarlo muy bien.
María Toca Cañedo©

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