Las que vivimos la Transición con interés político amplio recordamos la agria polémica que sacudió a los integrantes previos de la misma. Había dos bandos enfrentados a puñal. A saber, los reformistas que pugnaban por arreglos y componendas, quizá conscientes del poder que los facticos ejercían en la sociedad española, léase ejército, iglesia oficial, fuerzas de orden público y solapadamente (ahora lo sabemos, entonces ni se nos ocurría) la judicatura. Enfrente andaban, entre furiosos y revanchistas, los rupturistas en donde se acogían los partidos de izquierda incluso intelectuales independientes que habían padecido la dictadura en propias carnes. Recuerdo bien sus argumentos que -adelanto- hice míos. Exponían la imposibilidad de transformar un régimen dictatorial corrupto hasta el tuétano además de criminal que torturaba sin piedad en comisarías, espiaba a estudiantes, obreros e intelectuales varios, en una democracia mínimamente plausible. Imposible, clamaban con aire desgarrado ¿Cómo transformamos a tipos que siguen saludando brazo en alto, juran los Principios del Movimiento (copia del fascismo mussoliniano) mantienen las mazmorras llenas, apalean a los manifestantes y encierran a sindicalistas y hasta los matan? Imposible, repetían. Argumentaban que había que desarmar el estado totalitario, anular las leyes de la dictadura, depurar los puntos de poder, crear unas cortes constituyentes excluyendo a los implicados en complicidad franquista.

Era lo lógico, pensábamos entonces, porque no se puede cocinar democracia sin demócratas. Era el camino seguido por todas las dictaduras reconvertidas en democracias, Portugal, Grecia, las más cercanas en el tiempo. Claro que había una enorme diferencia y es que en estas últimas, la dictadura cayó por el propio peso de la degradación en el caso griego y por una hermosa revolución liberadora del ejercito portugués a la que se sumó el pueblo regando de claveles los fusiles colonialistas.

En nuestro país, la dictadura no había caído, simplemente murió el tirano enzarzado en cables que el yernísimo le insertó para mantenerle con vida unos días más con el fin de arramblar con más peculio del esquilmado en casi cuarenta años, que ya era inconmensurable.

El tirano falleció con el poder en sus manos, levemente cedido a un heredero nombrado por él sin más legalidad que su cojón moreno y la dictadura perduraba a esa muerte en la persona del sucesor entronizado como rey al día siguiente jurando los mismos Principios del Movimiento que los ministros, bajo una cruz y delante de la parafernalia franquista que le aplaudió con confianza.

El ejercito silbaba golpe de vez en cuando azuzado por ETA con atentados (me temo que sin ellos hubiera sido igual de golpista) porque había sido educado por el tirano a su imagen y semejanza. No olvidemos que fue el fundador de la Academia de Zaragoza, creador del organigrama de los estudios militares y durante décadas se cultivó en los tres ejércitos y en las fuerzas de orden público un culto a la personalidad rayana en la adoración al tirano. Franco escrutaba con mirada fría en todos los cuartos de banderas, dependencias policiales y estamentos públicos.

Además, a nuestra generación, en las escuelas y colegios, nos habían formado con la asignatura de Formación Espíritu Nacional (pregunten si dudan a la gente de mi generación si son capaces de cantar el Cara al Sol, verán la risa…nos la sabemos de memoria porque fue grabada a fuego en la infancia) La prensa andaba debidamente bridada, con la ley de Fraga que contribuía a que nadie osara disentir ni un mínimo de la oficialidad emanada del Pardo. El dictador, acaparador como pocos, sabía repartir migajas entre los fieles. Tanto empresarios como integrantes del Estado recibían el diezmo de corruptelas varias tapadas y protegidas por la dictadura. Tenía bien engrasada la maquinaria propagandística durante cuarenta año por lo que funcionaba a la perfección.

En la calle la oposición se movía…al ralentí, para ser sinceras. Solo el PCE, grupos pequeños a su izquierda, algo en el movimiento anarquista y las recién creadas Comisiones Obreras, hacían ruido. Poca cosa para mucho país. En la universidad había movimiento placado por espías que enviaba el régimen para anteponerse a dispendios mayores. Solo la violencia de ETA, seamos sinceras, se enfrentaba a una dictadura mirándola de frente como con la voladura de Carrero que la hirió de veras. El resto no eran más que piedrecitas en el zapato del dictador.

Así de duro, así de real.
Por tanto, los rupturistas perdieron la batalla ganando los dóciles pactistas a los que poco a poco se fueron uniendo los de enfrente desertando de su trinchera, algunos ávidos de poder, otros con la generosidad de buscar una paz posible. Y llegó la Transición firmando un borrón y cuenta nueva con un antiguo falangista, listo como el hambre, valiente, que lo fue, y conciliador que también, como era Adolfo Suarez. El rey, o quien estuviera detrás, con sus manejos en USA con un Henry Kissinger reptante como sierpe, hicieron el resto. Traicionaron al pueblo saharaui como pago anticipado al apoyo kissingeriano, con un pacto tácito de olvido a la posibilidad de republica y la trágala infame que fue la Ley de Amnistía, que firmó un PCE esquilmado con cientos de militantes encarcelados hartos de sufrir torturas y vejaciones y un rutilante PSOE que surgía desde los bajos de esta España olvidada. Jóvenes andaluces que comían tortillas en prados amigables trazando una senda socialdemócrata trasteando y obviando el pasado republicano de un socialismo histórico que quedó enterrado para los restos.

¿Había que hacerlo? Es posible que en 1975, 1976, 1977, sí. No entro a discutirlo porque es probable que los informes de los movimientos golpistas en los cuartos de banderas aconsejaran ser cautos y apacibles porque el sindiós militar se olfateaba en cada esquina.

¿Había que olvidar la ruptura y el cambio político? No, radicalmente no. Ese, a mi juicio, ha sido el gran error de los partidos de la izquierda en nuestro país. Hubo mayorías socialistas para profundizar y depurar. Se pudieron hacer pactos de limpieza en las instituciones que sanearan de extremistas ultras preparando un futuro de pulcritud democrática. Y no se hizo.

No me digan que no era posible, porque el PSOE gobernó realizando un cambio económico que puso patas arriba a la industria patria con sindicatos y la gran masa del trabajadores enfurecidos por una reestructuración industrial abrasadora. Se pudo limpiar el fascismo y no se hizo. La pregunta es ¿por qué?

Me atrevo a responder. Quizá se pensó que con el barniz democrático era suficiente, que entrando en la OTAN se mantenía al ejercito (principal elemento distorsionador) entretenido y al ver a sus compañeros europeos y norteamericano se domarían en sus idearios fascistoides. En el fondo no había calado el verdadero sentido democrático en los burocratitos de la izquierda que llegaron al poder en 1982. Deslumbrados por los alfombrados suelos monclovitas olvidaron hacer los deberes de limpieza y orden democrático.

¿Qué se hizo con el resto de los estamentos del Estado? A la policía le cambiaron el color del uniforme, de gris plata pasó a marrón (los maderos ¿recuerdan?) y ya. Siguieron con sus medallas los torturadores, que de vez en cuando se les escapaba un tiro en una manifestación o un detenido por una ventana, o alguna hostia bien dada en el silencio del calabozo…
¿Y la justicia? Pues ahí quedó, repartiendo togas y puñetas entre los suyos, familias que engarzaban generación tras generación a sus vástagos en los tribunales con la conciencia de ser amos y señores de horca y cuchillo. Amos y repartidores de la ley.

Es sabido que si se quiere medrar en la judicatura no se puede levantar la voz ni mostrar la más mínima disidencia hacia el poder ¿Qué poder? se preguntarán ustedes. El poder de las cien o poco más familias con poder de España. La carrera judicial se reparte entre los fieles porque es muy difícil acceder a ella desde partes poco privilegiadas de la sociedad. Así como se abrió la universidad a las clases populares, incluso el ejercito fue permeable al pueblo llano, la judicatura no. Salvo honrosas excepciones, para llegar a la cúpula judicial hay que ser manso con el facherio que dictan las FAES, el IBEX y otros estamentos similares.

Se dejó pasar a la judicatura que ha desarrollado costra conservadora manteniendo debajo de los faldones de la toga, polvo y guano de siglos. En concreto no hacen limpieza desde el mismísimo siglo XIX. Por eso es tan fácilmente manipulable y manejable el Tribunal Supremo que acaba de condenar a un inocente, sin pruebas, ni testigos es más, con pruebas y testigos de su inocencia. Le condenan sin sentencia ni justificación.

Por obediencia debida al poder económico. porque no se engañen, ni Ayuso ni su novio, ni el malvado Miguel Ángel Rodríguez, ni tampoco Aznar son tan importantes. Lo que se juega en la Comunidad de Madrid es seguir privatizando la sanidad, lo que queda de la vivienda y el suelo público, imponiendo las leyes libertadoras del capitalismo draconiano que permiten enriquecerse a los cuatreros del capital como FCC, Florentino, Merlin Properties, Faraday Venture Partners, ACS, Banco de Santander, BBVA, Insight Partners, BlackRock, o H.I.G. Capital, por citar las más comunes.

Tocar al caprichito de la señorita Ayuso –su novio actual Albertito Quirón- supone enfurruñarla además de que después de la encendida defensa realizada por ella (ay, Isabel que falta te hace trabajar la autoestima, jamás de los jamases se da la cara por un novio que ha centuplicado su patrimonio desde que está contigo…) era más que posible que de ser condenado el chulangano Quirón, ella tuviera que dimitir. Hasta ahí podíamos llegar ha gritado Florentino, Ana Patri, y el resto de capos adinerados. Si se va Isabel Natividad ¿de dónde sacaríamos a una tontalava de este calibre para seguir repartiéndonos la capital, es decir el país, y doblando nuestros capitales? Sea como quiere la niña Ayuso y salvemos al chulito que la enamora. Si hay que cargarse a un Fiscal General como si hay que cargarse al mismo dios. Isabel Natividad Díaz Ayuso es nuestro peón principal y debe seguir. Con novio o sin, pero al frente de la CAM.

El próximo frente es la Moncloa, de ahí la prisa y el haber escogido a un tonto impagable que no sabe ni hablar, ni mandar, ni decide más que el calzoncillo que lleva, el amigo de los narcos, Feijoo. Cada día que siga habitando Moncloa el gobierno de coalición se pierden cientos de millones (o no tanto, pero ellos son así de rácanos) que no caen en las bolsas de los citados poderes. Intentaron la jugada con Ciudadanos, que se estropeó porque aquel muchacho olvidado, Albert Rivera, se enharinaba mucho la nariz y les salió rana, pero Isabel Natividad es tan, pero tan rematadamente tonta que es como plastilina moldeada por las manos de MAR al servicio de los prebostes que mandan de verdad en Madrid.

Y eso, según mi pensamiento y criterio, es lo del pobre Álvaro García Ortiz, al que han inmolado porque se puso un poco en medio.
Y no es que ni este gobierno, ni García Ortiz, ni nadie con poder y barniz de izquierda sea mínimamente rupturista, tal como se entendía en los momentos pre transicionales, ¡que va! Simplemente es que molestan.

¿Y el pueblo, la democracia, el estado liberal? se preguntarán ustedes…No me hagan reír y no hagan preguntas tan inocentes. Hace mucho tiempo que dejó de importar, si alguna vez importó, al capital los valores democráticos y del bien común.
Hace tiempo que el manejo del mundo occidental está en manos de psicópatas narcotizados por el poder y el dinero.
Salvo que les dejemos, claro, que nos olvidamos de que somos muchas…Por eso se inventaron a VOX y a los criptobros. Para atontar y que sigamos despistadas.
María Toca Cañedo©

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