Qué días tan feos y desesperanzadores.

Me he enroscado en el silencio para pensar a solas, con calma, después de tanto ruido y tanta furia. Justificada.
Me he preguntado qué soy primero: feminista o de izquierdas. Y creo que puedo contestar que es mi cuerpo el vehículo en el que me muevo por el mundo, con el que me deslizo veloz a veces, aunque otras me estrelle contra obstáculos imprevistos. El cuerpo es receptáculo de placer y dolor, bandera, estigma. El cuerpo es política. En él pasa tu tiempo. Él recibe noticias de cómo cambian o no las cosas.
Me han tocado donde no me apetecía en el trabajo, me han hecho comentarios inadecuados como a casi todas. Fue en un tiempo en que no hubiera servido de nada denunciar. Sí, hubiera servido solo para perder el empleo que me permitía sobrevivir en una época convulsa, llena de incertidumbre. Me consolaba pensando que aquel jefe cenutrio era un cafre, un pobre tipejo que no tenía otro feudo que el hediondo bingo en el que hacía comentarios sobre culos y tetas, ponía notas a las piernas de las empleadas. Las había follables o no follables. He escuchado hablar entre liquidación y liquidación de lo bien que la chupaba X.
Son unos miserables, me decía, al alejarme de caja.
Lo que ha pasado esta semana duele porque es una metástasis retardada, un fallo multiorgánico masivo. Han pasado veinte años desde que dejé un trabajo precario en el que las chicas eran carne fresca o de cañón, carne sin más. Y de pronto aparecen aquí y allá montones de denuncias de mujeres socialistas agredidas por varones que ostentan poder.
Ellas habrán sufrido lo indecible, se habrán preguntado por los daños colaterales, se habrán sentido sometidas al dilema. Qué soy antes, feminista o socialista. Qué busco, mi lugar en el mundo, envuelta este cuerpo que me relaciona con los otros, o el bien común que será simulacro porque estaré ocultando un dolor que desgarra porque nace de la injusticia, del abuso de poder de un presunto camarada. Poner la bragueta a la altura de la cara de una mujer sentada es de primate en celo. Bombardear con mensajes rijosos, chantajear a alguien para que se acueste contigo a cambio de x es tan antiguo régimen, tan repugnantemente machista que todas las mujeres de izquierdas tenemos derecho al ruido y la furia, al puñetazo de la rosa sobre la mesa, a exigir la sangría transversal, de arriba abajo, sin que tiemble el pulso ante la dimensión de semejante purga.
Yo no puedo ser tu igual ni crear o creer en sociedades justas con puteros o acosadores.
Y partiendo de ahí, sigo defendiendo las ideas y la necesidad de una conciencia social. Y no penalizar a toda la gente de bien del partido que está tan horrorizada como corresponde.
Patricia Esteban Erlés.

1 comentario

  1. Esto no va de ideología, más de cultura machista. Pero te quiero preguntar?
    Si las mujeres somos las cuidadoras y educadoras de los niños.
    Algo a fallado no??
    Yo también sufrí acoso en el trabajo y soporte a babosos del sindicato.
    Me parece bien que se denuncie.

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