Qué es y qué no es civilización.

 

 En estos nuevos tiempos, acongojantes para quienes contemplamos el desbarajuste, nos aseguran los voceros de la nueva economía social que el individualismo es todo. Hay una trama que ha tenido éxito en la difusión propugnando la fuerza de la individualidad frente a lo común. Tipos como Milei, o el promotor de este baile de trastornados e indigentes mentales, Trump, que hacen alarde de la fuerza que un hombre (hombre casi siempre) tiene para conformar un destino venturoso. Callan que proceden de familias adineradas, que han estudiado con fondos públicos y que sus inversiones y patrimonios han sido subvencionadas por el estado que detestan. En realidad  entre todos se ha tramado una mentira social con base falsa y premisas erróneas.

Lo cierto es que, como individuos, poco tenemos que hacer a nivel social. Lo constamos cuando nos azota  un desastre natural, como fue la DANA o los incendios que han destruido pueblos y montes de nuestro país. Ocurre que en cada momento de desgracia colectiva necesitamos al vecino que nos ampare, a la gente común que nos alivie, al/la medico que nos cure o a la profesora que nos guie, pocas cosas resultaron más emocionantes que ver caminar a cientos de personas en la llamada pasarela de la solidaridad  en los primeros momentos de la DANA. 

Que la sociedad se ha creado tendiendo redes no levantado muros es una verdad incuestionable.

Nos tememos, que la base en que cimentan las teorías del individualismo  es un darwinismo mal entendido o falseado  porque en realidad lo que dijo Darwin no fue ni por asomo lo que afirman los nuevos profetas sino que   que  el concepto de «supervivencia del más apto» (survival of the fittest),  fue una frase acuñada por el filósofo Herbert Spencer y no por Darwin,  siendo adoptado para justificar una ideología falsamente conocida como darwinismo social. Esta fue una corriente de pensamiento muy popular en el siglo XIX que aplicaba de forma incorrecta los principios de la selección natural a la sociedad humana para argumentar que la competencia sin restricciones entre individuos y naciones era la forma natural de alcanzar el progreso afirmando que el éxito económico y social era la prueba de «aptitud» biológica, por lo que aseguraba que la ayuda a los pobres,  débiles o los enfermos era una intervención artificial que iba en contra de las leyes de la naturaleza  debilitando a la sociedad. Como ven los condicionantes que mueven a Milei, Trump, Bolsonaro, Salvini, Abascal y adláteres usan y abusan de dicha falta teoría están basados en una teoría que ni procede de Darwin y que a todas luces es falsa de raíz.

Esta visión, que Darwin nunca respaldó,  fue usada para justificar el capitalismo del laissez-faire, el imperialismo y, en sus formas más extremas, la eugenesia y el racismo que tuvo su cumbre en el nazismo y las humeantes chimeneas que convirtieron en humo a todo ser humano considerado “débil, impuro”. Es decir, a los disidentes del falsario argumento.

 

Por el contrario, en su obra El origen del hombre y la selección en relación al sexo,  Darwin, reconoce que las virtudes morales como la simpatía, la empatía y la solidaridad, aunque pudieran parecer desventajosas para el individuo, eran cruciales para la supervivencia y el éxito de la comunidad. Así como asume el principio que ahora se conoce como selección de grupo,  Postulando  que en  una agrupación  cuyos miembros son leales, colaboraban entre sí  y se ayudan mutuamente, tienen la ventaja competitiva sobre otros grupos menos cohesionados. De esta forma, las tribus con mayores niveles de cooperación prosperaban y dejaban más descendencia que otras, extendiendo así los «instintos sociales» que la hacían más fuerte. Lo que el padrecito Darwin decía es que la solidaridad, la empatía, el respeto mutuo, hace progresar.

Dejamos que sean las palabras de Darwin  que nos confirmen que: «No puede haber ninguna duda de que una tribu que incluya a muchos miembros con un alto grado de patriotismo, fidelidad, obediencia, coraje y simpatía… tendrá éxito sobre otras tribus; y esto sería selección natural«.

En resumen, la visión de Darwin no era la de un «individuo solitario contra el mundo«, como quieren hacernos creer, sino la de individuos que, al colaborar y actuar por el bien de su grupo, garantizaban la supervivencia de sus propios genes a través de la prosperidad de su comunidad. El progreso social, para Darwin, era el resultado de un equilibrio complejo entre la competencia individual y, de manera muy importante, la fuerza de la cooperación colectiva.

Fue Victor Frankl, quien explicó en El hombre en busca de sentido, que la fuerza física es secundaria a la hora de la supervivencia en un régimen tan terrible como el de los campos de concentración. Por el contrario, la intensidad mental y sobre manera el impulso vital que ofrece el “propósito” son definitivos para la supervivencia en situación límite. Afirmaba que son las cualidades mentales no las físicas las que nos hacen fuertes. Esas situaciones mentales que podemos amalgamar con las de grupo, son las fuentes del progreso y la civilización.

 

Como se ha demostrado dentro del campo de la biología evolutiva y la antropología se   han proporcionado evidencias de que la cooperación ha sido un factor clave para la supervivencia y el desarrollo de la especie humana. Autores como Martin Nowak, en su obra Supercooperadores: altruismo, evolución y por qué necesitamos a los demás para triunfar, utilizan modelos matemáticos para demostrar que los comportamientos altruistas y cooperativos pueden prosperar y expandirse dentro de una población, incluso si no benefician al individuo a corto plazo. La cooperación permite la creación de tecnologías, la división del trabajo y la resolución de problemas complejos que son inalcanzables para un solo individuo, lo que a su vez impulsa el progreso de la sociedad.

En una sociedad competitiva y superpoblada como la nuestra, nos llegan noticias desalentadoras como los brotes de racismo, xenofobia cada vez más comunes. Parten de la idea de que los bienes del territorio son limitados y se debe de acotar con fuerza la distribución de estos. Para ello impulsan muros de contención a lo inevitable, como es que alguien con hambre, desesperado por la falta de medios busque un lugar donde encontrar lo que le falta. El problema es que ningún muro trumpiano, ninguna frontera por mucho que la rellenen de fosos y concertinas, contendrá al que huye de la violencia, la precariedad y el hambre.

Utilizar la fuerza bruta, la represión ante la emigración desesperada de grupos sociales a los que, además, ha sido la misma sociedad occidental quien ha esquilmado, nunca puede ser opción. Por más fuerza que se utilice la desesperación que produce el hambre y la carencia de bienes básicos, jamás detuvo a nadie. Por la sencilla razón de que quien nada tiene solo le pueden quitar la vida que es un valor devaluado frente a su esperanza de futuro.

Dentro de la ciencia, que parece tan hostil a la solidaridad y a los valores comunitarios, como es la economía encontramos voces como la de la economista Elinor Ostrom, ganadora del Premio Nobel de Economía en 2009,  que demostró de forma empírica como la gestión colectiva y la colaboración pueden ser más eficientes que la privatización o la regulación gubernamental para el manejo de recursos comunes. En su libro El gobierno de los bienes comunes, Ostrom analizó múltiples casos de éxito en los que comunidades locales, a través de la creación de reglas y mecanismos de gobernanza propios, lograban conservar y aprovechar recursos como bosques, pesquerías o sistemas de irrigación sin caer en la «tragedia de los comunes«. Sus estudios son un pilar fundamental que muestra cómo la confianza, la reciprocidad y la pertenencia a un grupo social organizado son la base de un progreso sostenible.

En sociología y ciencias políticas, el concepto de capital social, popularizado por Robert D. Putnam, subraya la importancia de las redes sociales, la confianza y las normas de reciprocidad en la prosperidad de una comunidad o nación. En su libro Solo en la bolera: el colapso y el resurgimiento de la comunidad americana, Putnam documenta el declive del compromiso cívico en Estados Unidos y sus efectos negativos, argumentando que la vitalidad de una sociedad no depende solo de su capital económico o humano, sino de la fuerza de sus lazos sociales. Un alto capital social facilita la cooperación, reduce los costos de transacción y fomenta la innovación, lo que se traduce en mejores resultados económicos, mayor bienestar y una gobernanza más efectiva.

Si bien queda demostrado que es la comunidad la base de cualquier progreso, social, cultural y personal, nos queda la duda de como realizar la organización y distribución de los bienes básicos de supervivencia. Sabemos y tememos la posibilidad de que existen “aprovechados” que descontrolen la balanza distributiva. Para ello, volvemos a Ostros que identificó una serie de principios de diseño institucional que se repiten en las comunidades que han logrado gestionar con éxito sus bienes comunes. Estos principios no son una receta mágica, sino un marco que ilustra las condiciones bajo las cuales la cooperación florece:

  1. Límites claramente definidos: Tanto los límites del recurso como los de los usuarios deben ser claros para evitar la entrada de los «aprovechados».
  2. Congruencia entre las reglas y las condiciones locales: Las normas de uso del recurso deben adaptarse a las características específicas del ecosistema y la cultura local.
  3. Arreglos de elección colectiva: Los usuarios de los recursos deben participar en la creación y modificación de las reglas que los rigen.
  4. Monitoreo efectivo: Los miembros de la comunidad, o personas responsables ante ellos, deben supervisar el uso de los recursos para asegurar el cumplimiento de las reglas.
  5. Sanciones graduadas: Las violaciones a las normas deben ser sancionadas de forma progresiva, comenzando con advertencias leves.
  6. Mecanismos de resolución de conflictos: Debe haber foros o procedimientos de bajo costo y fácil acceso para resolver disputas entre los usuarios.
  7. Reconocimiento de la autoorganización: Las autoridades externas (el Estado) deben respetar el derecho de la comunidad a organizarse.
  8. Organización en niveles anidados: En el caso de recursos a gran escala, la gestión se organiza en múltiples niveles, desde la comunidad local hasta instancias superiores, cada una con su propia autonomía.

Como demostración  de la teoría de Ostrom traemos varios ejemplos, como el que  se ha aplicado en la gestión de sistemas de irrigación en Nepal donde los agricultores crearon reglas para distribuir el agua equitativamente, el manejo de bosques comunitarios en Oaxaca, México, donde las comunidades locales han logrado proteger sus recursos forestales de la tala ilegal y la privatización. En estos ejemplos, la confianza, la reciprocidad y la comunicación entre los miembros del grupo son tan importantes como las reglas formales, demostrando que la acción colectiva es una alternativa viable y efectiva tanto a la privatización como a la regulación estatal centralizada.

En nuestro país tenemos claros ejemplos ancestrales de las teorías desarrolladas por Ostrom, como los sistemas de Comunidades de Regantes*  que son un ejemplo clásico y perfecto de como la gestión colectiva de los bienes comunes producen beneficios a la sociedad que los gestiona

Estos sistemas han funcionado durante siglos, gestionando de forma autónoma el uso del agua, un recurso escaso y vital.

Hay numerosas cooperativas tanto alimentarias, como de producción de bienes de consumo que podrían ilustrar la certeza que tenemos de que la individualidad en lucha contra otros individuos nos conduce al desastre. Fue la antropóloga estadounidense Margaret Mead, quien expuso que la rotura de un fémur en el reino animal suponía la muerte por no poder ni cazar ni huir de depredadores. Al descubrir en un yacimiento arqueológico la sutura de un hueso roto que suponía que alguien había cuidado de la persona herida,  Mead demostró que en ese primer acto solidario de cuidados, está  el primer signo de civilización.

Es decir, somos civilización porque amamos, cuidamos y nos solidarizamos con semejantes. Dejamos de serlo cuando abandonamos, detestamos y expulsamos de nuestra colectividad a los miembros menos favorecidos, precarizados, con el gran agravante de que hemos sido nosotros/as los que desfalcamos la sociedades que ahora sufren las consecuencias.

Para terminar ofrecería una meditación profunda, no a los beneficiarios de la locura de las falsas teorías del individualismo, sino a la gente común que escucha discursos de odio y cierra puertas y ventanas al extranjero, al que proviene de una cultura diferente. Haciendo la salvedad de que si algo conforma cualquier sociedad humana en estos momentos ha sido la mezcla de razas, comunidades, religiones y culturas. Para ello solo tienen que revisar la historia de cualquier país que hoy levanta muros. Si encuentran una sociedad que desde el individualismo y la pureza racial haya pervivido, vienen y me lo cuentan.

María Toca Cañedo©

 

 

 

*Las Comunidades de Regantes son asociaciones de agricultores que se organizan para administrar y distribuir el agua de riego entre sus miembros. A menudo, lo hacen a través de instituciones históricas como el Tribunal de las Aguas de Valencia o el Consejo de Hombres Buenos de la Huerta de Murcia, que son reconocidos por su antigüedad y efectividad en la resolución de conflictos.

Estos sistemas ilustran varios de los principios clave identificados por Ostrom:

  • Límites claros: Los límites de las zonas de regadío y los derechos de cada agricultor están definidos por el caudal de agua que les corresponde.
  • Reglas adaptadas localmente: Las reglas no son impuestas por un gobierno central, sino que se desarrollan y se adaptan a las necesidades específicas de la cuenca hidrográfica y los cultivos locales.
  • Monitoreo y sanción: Los propios agricultores se vigilan mutuamente. Los incumplimientos de las reglas tienen consecuencias que van desde una amonestación verbal hasta multas, con un sistema de sanciones graduadas.
  • Resolución de conflictos: Los tribunales del agua ofrecen un mecanismo de resolución de conflictos rápido y de bajo costo para los miembros de la comunidad, evitando recurrir a procesos legales lentos y caros.
  • Autogestión reconocida: La legislación española ha reconocido tradicionalmente la autonomía de estas comunidades para gestionar el agua, lo que demuestra la confianza en la capacidad de autoorganización de los regantes.

 

Sobre Maria Toca 1877 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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