Quería escribir

Yo quería escribir. Y lo decía, con mi santa inocencia. La gente solía reírse. Qué ocurrente, la niña de gafas, qué salada. Escribir. De todas las palabras mágicas que conozco es la única que me tatuaría en una Garamond 14. Escribir fue siempre la forma de mirar y explicarme el mundo cuando me daba miedo. Yo quería escribir y escribía desesperadamente en los exámenes del colegio, esperando que alguien se diera cuenta y recogiera aquellos mensajes, porque nadie me había dicho que tendría que ser así, pero yo sabía que al otro lado aparecería alguien que iba a encontrarlos. El primer lector, aquel maestro de ojos inmensamente azules que siempre nos pedía cuentos en sus controles de Lengua. Yo quería escribir para que alguien me mirara así, entendiéndolo todo, para que me dijera «tú escribirás, Patricia«, porque si alguien te lo suelta ocurre, pasa, se te concede el deseo. Yo quería escribir y debí de decírselo a mi primer novio, aunque no recuerde cuándo, ni cómo, porque él me mandó un mail veinte años después y me lo recordó. Yo quería escribir y se reían, como casi todos, los compañeros del bingo, la literata, qué sueños de altura, sin entender nada. Escribir no es la misma palabra para todo el mundo. Yo emborronaba libretas, obstinada, mandaba cuentos horribles a concursos y pensaba a ratos que era triste desear tanto algo que se te resistía así, que te hacía vivir en un mundo aparte a menudo, sin nada más que ese dolor en el alma y esa angustia porque el tiempo pasaba y no sabías qué se hace, cómo se logra.
Estuve mucho tiempo negándomelo, fue como romper con el amor de tu vida. No hablaba de ello. Me negaba a seguir deseando en voz alta, acallaba la voz que surgía como un hilo tembloroso de agua del último grifo mal cerrado de mi mente. Ya no. Ya no. Ya no quería escribir, me corregía a mí misma, como si fuera una droga oscura y ya no se me pudiera ver buscándola en cada esquina. Como si alguna vez hubiera dejado de mirar el mundo igual que a un libro abierto, lleno de historias que solo podría contar yo, que solo yo era capaz de ver surgir de la nada. Me rendí. Gozosamente derrotada acepté que yo lo que quería era escribir, que no puedo no querer escribir. Jódete, me digo a veces. Escribes.
Patricia Esteban Erlés.

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