Ser psicólogo, terapeuta o psiquiatra no es tener la verdad.

Ser psicólogo o terapeuta no es una iluminación, ni una verdad revelada.
Es una profesión.
Una práctica que implica responsabilidad, revisión, humildad y conciencia de poder.
Y sin embargo, demasiadas veces observo (y he vivido) cómo la figura del psicólogo o terapeuta se eleva a un lugar casi sagrado, como si su palabra tuviera la capacidad de definir lo real.
Una especie de nuevo chamanismo moderno, revestido de lenguaje técnico, donde se confunde el conocimiento con la verdad y la interpretación con el poder.
He visto terapeutas que nombran “inmadurez” lo que es trauma,
que llaman “malinterpretación” a la respuesta emocional desregulada que ellos mismos generan,
que sonríen ante un relato de abuso, que responden un «peores cosas has vivido»,
que ponen etiquetas diagnósticas a una alumna de una formación en el bar, delante de todo un grupo.
O que se justifican en su “metodología científica” para no mirar el dolor que tienen delante y se expresan con jerga incomprensible.
He visto profesionales que, frente a mujeres con historias de violencias,
se refugian en discursos neutros, asépticos o supuestamente “universales”.
Parecen no darse cuenta de que esa neutralidad es una forma de perpetuar el orden patriarcal dentro del espacio terapéutico.
Porque cuando un terapeuta niega la dimensión política y de poder del vínculo,
lo que hace es consolidar su propia posición de poder.
Y en ese lugar, la terapia deja de ser acompañamiento para convertirse en dominación. Con todas las letras.
Ser psicólogo o terapeuta implica sostener una posición ética, no de superioridad.
Significa saber que la palabra puede sanar o destruir.
Que la interpretación puede liberar o aprisionar.
Y que, cuando una persona acude a ti y se abre, lo hace con el cuerpo temblando ante la posibilidad de ser nuevamente herida o herido.
No hay nada más violento que invalidar esa vulnerabilidad desde el «supuesto» saber.
El problema no es solo individual, es estructural.
Vivimos en una cultura que premia la autoridad y penaliza la duda;
que aplaude a la persona segura, directiva, categórica,
y sospecha de la que escucha en silencio, del que duda, de la que pregunta en lugar de afirmar.
Pero el verdadero trabajo terapéutico, el que transforma, nace de la humildad epistémica:
reconocer que no tenemos la verdad sobre la vida de nadie,
que el conocimiento no sustituye la humanidad,
y que acompañar requiere una ética feminista e igualitaria del cuidado,
donde poder y saber se revisan continuamente.
Yo soy psicoterapeuta.
Y también he sido paciente, y herida, y retraumatizada en espacios donde el poder no se revisaba y se proyectaba con bala hacia el más o la más débil del momento.
He sentido el daño que pueden hacer palabras dichas desde el ego, dirigir a un grupo a la exclusión de uno de los miembros, sobrevisibilizar a quien manipula más y otras dinámicas horribles
y también he sentido la reparación inmensa que surge cuando alguien sostiene y acompaña sin pretender saber lo tuyo más que tú. Sólo a tu lado.
Yo he herido con total seguridad cuando me he puesto ciega de certezas e impulsos o no he escuchado mis miedos fuera de sitio y mis oscuridades.
Por eso escribo esto.
Porque necesitamos una práctica terapéutica que deje de reproducir la violencia simbólica,
que no convierta el saber en dogma ni el rol en pedestal.
Ser psicólogo o terapeuta no es tener la verdad.
Es acompañar en el misterio de lo humano,
consciente de que cada gesto, cada silencio, cada palabra,
puede ser un acto político: de poder o de cuidado, de dominio o de reparación.
No necesitamos más gurús ni dioses encarnados; eso lo tengo claro.
Necesitamos profesionales humanos, éticos, sensibles al trauma y al género.
Humildad. Necesitamos humildad.
Personas que entiendan que el lugar terapéutico no es un pedestal, ni la manera de forrarme sin ninguna ética,
sino una responsabilidad enorme.
Porque la terapia no debería reproducir el patriarcado, sino desmantelarlo.
Y acompañar es sostener el misterio de la vida de quien se pone en frente, nada menos.
El poder que no se revisa y se ejerce sin conciencia con dos manos y un cetro, hace daño, prescribe, da lecciones, culpabiliza y revictimiza.
Vamos todos buscando amor y reparación, pero ya pasó el tiempo de que sea a cualquier precio.
No pagues con tu salud aumentar el ego ajeno ni rehipoteques tu casa interna para que la esquilmen.
Por si sirve.
María Sabroso.

 

Sobre María Sabroso 177 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

Sé el primero en comentar

Deja un comentario