Un personaje mitificado y desconocido, José Antonio Primo de Rivera

 

Alguien me sugirió este libro, Presentes, consejo que agradezco largamente porque la historia y el entarimado del desarrollo de la misma me ha parecido fascinante, tanto de forma como de fondo. Paco Cerdá cuenta el camino recorrido durante diez días que hicieron las centurias de Falange desde Alicante  hasta  El Escorial con el cadáver de José Antonio en andas. Se trató de una procesión macabra, preparada por el genio de la propaganda que era, el entonces fascista,  Dionisio Ridruejo, amigo de José Antonio además de coautor del Cara al Sol, en los inicios de la Falange. Personaje singular, Ridruejo trascendiendo el fascismo de primera hora hacia  la socialdemocracia y una conciencia liberal sincera de hombre que evolucionó de forma honesta desde las catacumbas hasta la luz democrática no sin sufrir descalabros personales variados porque la dictadura llevaba mal la disidencia.

Cerdá nos relata el paso a paso del  cortejo fúnebre, alumbrado por teas humeantes que iluminaban las noches mientras el silencio se cortaba con sonsonete producido por el paso corto del desfile falangista.   Durante el transcurso de los diez días, Cerdá, contrapone al camino iniciático, que pretendía conducir un guiñapo de muerte hasta la eternidad de los mitos,  a otra gente que  sigue (mal)viviendo porque la postguerra es un chirriar de cerrojos de una guerra interminable. Los presos, la mujer que en la cárcel de Ventas organiza una asesoría jurídica para las presas, Eulalio Ferrer trasegando cartas de amor con otra detenida en Argelés-sur-mer, el mutilado que ganó la guerra pero debe hacer interminables colas para recoger la comida líquida que le alimenta porque un mortero le voló la mandíbula impidiéndole masticar y aunque su guerra triunfó no fue  suficiente para eximirlo de la pobreza,  o el exiliado que sobrevive a pesar de la nostalgia producida por  las numerosas pérdidas que una derrota le hacen sentir.

Son vidas que susurran su paso durante los diez días que siguen al cortejo de ese féretro sujetado por doce hombres vigorosos que exudan un lúgubre patriotismo,  sin intuir que, mientras conducen al que hasta hace poco fue el Ausente, verán  sucumbir el ideario que les infló el corazón llenándolos de rabia purificadora que santificaba los aquelarres en que se sumían en los amaneceres llenando las fosas y barrancas de la España eterna con “paseados” por la glorificación de unas ideas purificadoras, de Dios y del destino unificador de una patria que teniendo veintiséis millones de habitantes, 226.000 estaban presos, casi  un millón salían al exilio y pronto 300.000 morirían de hambre y de asco porque el chirrido del cerrojo que supuso el graznido de la postguerra era demasiado para la almas sensibles.

Ese desfile fue programado por Ridruejo, consciente, como poeta exiliado de la poesía que era, que para sacralizar a un hombre que en vida no llegó a casi nada, había que rodearlo de parafernalia teatral rozando la mística. A José Antonio Primo de Rivera le querían líder de un movimiento revolucionario inexistente; él mismo se creyó su papel en la historia, pero la intangible realidad arroja unos datos incuestionables.

José Antonio Primo de Rivera, abogado de lustre, hijo de dictador, elocuente, guapo, con apolínea postura, marqués adorado por las señoras bien de la capital, decide entrar en política para enmendar las más que razonables críticas que le hacían a su padre, Don Miguel, dictador a las órdenes del Borbón putero, glorificador de la pornografía y ladrón como todos los Borbones, presentándose por el partido  Unión Monárquica Nacional -confluencia de rancios partidos derechistas monárquicos afines al latifundismo patrio y capillitas de tronío–. Saca por los pelos acta de diputado por Cádiz, donde había pasado tiempo debido a un destino paterno.

En 1932 es detenido por primera vez implicado en la Sanjurjada porque, digno heredero de padre golpista, se acerca a los que portan armas en defensa del estado, pero juegan a atacar a ese estado que juran defender.

En el Parlamento tiene intervenciones  escasas lo suficientemente brillantes para forjarle una ligera aureola de buen orador y látigo contrarrevolucionario. José Antonio, en el fondo  no es hombre de componendas monárquicas.Cuentan que en sus visitas a las planicies castellanas o a las extremeñas, se estremecía ante la visión apocalíptica de la miseria del campo español, donde en ese tiempo se vivía (quizá perdura en la actualidad)  en régimen de esclavismo perpetuo encintados al latifundio de terratenientes que prefieren invertir en jacas jerezanas y en juergas que en regadíos o en arados que aligeren el trabajo perpetuo.  Le escandalizó la miseria pero no tanto por el padecimiento popular como por el despilfarro que suponen las tierras baldías y los campos poco explotados.

Desde el exterior soplan vientos de revoluciones. La rusa, por ejemplo, que no le sirve al señorito que era en el fondo, el marqués de Estella, título procedente del abuelo, porque mantiene un ferviente catolicismo y un patriotismo exacerbado que cultivaba la España imperial añorante de Felipe II y de los Tercios que ponían orden donde nunca se ponía el sol. Por ello, a José Antonio, le impiden pensar en el internacionalismo proletario.

Al contrario, José Antonio, odia al marxismo, y lo hace porque sus diferencias se baten en similar territorio. En su discurso en el Teatro de la Comedia de Madrid, ensaya el entramado de lo que será su obra política posterior. Propone  una comunión donde la Patria es una «unidad de destino en lo universal» aunque mezcla en su discurso conceptos socializantes cercanos a las izquierdas  socializantes. No obstante, la patria es para él un valor supremo que, como no, amalgama el catolicismo, al que considera fundamento de la idiosincrasia española. Para José Antonio el comunismo era una amenaza porque buscaba desintegrar España para someterla a dictados extranjeros (Moscú, en aquel contexto). Curiosamente, sus viajes formativos a la Italia mussoliniana o a la Alemania nazi, no los considera despersonalizadores de la esencia hispánica a pesar de copiar letra a letra los conceptos fascistas de Mussolini al que admiraba profundamente.

 

A primera vista, ambas ideologías (socialista y fascista) comparten enemigos comunes: el capitalismo financiero, la democracia liberal parlamentaria y el individualismo. De hecho, José Antonio llegó a reconocer en algunos de sus discursos que el socialismo tenía una «base de justicia» al criticar las condiciones de vida del trabajador.

Sin embargo, aunque los «noes»  que emite sobre el socialismo se parecen, los «síes» (que propone en su alegato) aunque, afirma contundentemente, que  son mundos totalmente opuestos. La inquina, por tanto,  nace de que ambas ideologías luchaban por el mismo «público«: la clase trabajadora, claro que con visiones del ser humano  y del universo irreconciliables.

 

José Antonio considera que la lucha de clases es un «mal» que divide a la nación y condena con virulencia que  el comunismo tiene el convencimiento de  que la historia avanza mediante la lucha de clases por lo que el obrero no tiene patria; su lealtad es con el proletariado mundial. El objetivo socialista es que una clase (la obrera) derrote a la otra (la burguesía) Desde el marxismo se ve al ser humano como un producto de sus circunstancias económicas. La religión es considerada el «opio del pueblo«, una herramienta de opresión que debe desaparecer para que el hombre sea libre. En cambio, en el ideario falangista  define  al hombre como «portador de valores eternos» casi una capillita andante. La religión católica es considerada   componente esencial de la identidad española. Para la Falange, el fin del hombre no es solo el bienestar material, sino una misión espiritual, de altura. La Patria es una unidad de destino universal, repiten denostando  la lucha de clases porque divide mientras que la patria y la religión católica tradicional es la amalgama que sujeta el entramado social de la Patria soñada por el falangismo.

La alternativa a la lucha de clases que el falangismo propone era el Nacionalsindicalismo: un sistema donde obreros y empresarios se integraran en sindicatos verticales para trabajar por el bien de España, eliminando la distinción de clases sociales,  manteniendo la jerarquía y la propiedad privada (aunque limitada).

Concluyendo, el comunismo es internacionalista mientras el fascismo españolizado por Falange, era considerado meramente nacional…

La violencia entre ambos bandos no fue sólo teórica, sino que se trató de  una lucha por el control de la calle y el alma de la juventud de los años 30. Los vientos revolucionarios de los años de entreguerras se debatían casi en el mismo terreno ideológico, incluso estético, tan importantes para los grupos políticos del momento.

Comparemos ambos movimientos para entender mejor la inquina creada.

La Falange quería atraer a los obreros al nacionalismo español y católico,  el PCE/PSOE  pretendía mantenerlos en el internacionalismo. Para un comunista, un falangista era un «engañabobos» que usaba retórica social para salvar la unidad de la nación burguesa manipulado por las élites económicas que amparaban sus privilegios con la violencia fascista ante el miedo producido por el éxito de la revolución bolchevique. Para un falangista, un comunista era un agente extranjero que quería destruir España manejado por la URSS.

 

Muchos años después en un programa de televisión (La Clave, de J.L. Balbín) la hermana, Pilar Primo de Rivera contaba la admiración sentida por José Antonio hacia Mussolini. Imaginamos que la admiración, además de por el ideario del Duce  procedía de la ingente cantidad de dinero que desde Italia llegaba a las huestes falangistas.

Ambas ideologías, en aquel periodo de entreguerras, consideraban la violencia como un método legítimo de acción política (la dialéctica de los puños y las pistolas, en Falange y los movimientos revolucionarios en el comunismo) Poco a poco el enfrentamiento dialéctico inicial derivó en uno físico que trascendió a las calles en las que también participaron los anarquistas.

En resumen: compartían el diagnóstico de que el sistema liberal estaba agotado, pero sus medicinas eran veneno para el otro. Uno quería una revolución social para borrar las fronteras, el otro una revolución nacional para fortalecerlas.

José Antonio Primo de Rivera siempre intentó desvincular a la Falange de las fuerzas conservadoras tradicionales y de la derecha reaccionaria tiñendo el movimiento que encabezaba de retórica y formas revolucionarias. Su crítica no era solo política, sino estética y moral: despreciaba lo que él llamaba la «derecha egoísta» y la «aristocracia ociosa». El líder del fascismo español veía el capitalismo no como un sistema de libertad, sino como un mecanismo que  deshumanizador para el trabajador, convirtiéndolo en un número.

«El capitalismo es el sistema de la libertad económica, en el que el trabajador es el esclavo de la economía. El socialismo es el sistema de la esclavitud económica, en el que el trabajador es el esclavo del Estado. Nosotros queremos el sistema de la libertad económica, en el que el hombre sea el dueño de la economía.»

Discurso en el Teatro de la Comedia (1933).

Tocó en sus discursos y escritos el tema candente de la Reforma Agraria convirtiéndose en uno de los puntos más radicales del programa falangista. José Antonio fue muy crítico con los grandes latifundistas que mantenían tierras improductivas mientras los campesinos morían de hambre. La contradicción llegaba cuando los terratenientes y grandes propietarios de tierras utilizaban la violencia falangista para domeñar la rebeldía de los aparceros y de los obreros españoles siendo las centurias falangistas quienes ceñían el yugo a los rebeldes con toda la violencia posible.

«España es casi toda campo. Pero en el campo español hay que distinguir dos partes: […] la de los grandes latifundios, donde se asienta una aristocracia absentista que no ha sabido cumplir con sus deberes de clase y que hoy se encuentra con que el pueblo le pide cuentas.»

Discurso sobre la Revolución Nacional.

En los 27 Puntos de la Falange (redactados bajo su dirección), el punto 14 es tajante respecto a la propiedad agraria:

«Se organizará una justicia social agraria. Se redistribuirá la tierra cultivable para instituir la propiedad familiar y se estimulará enérgicamente la sindicación de los cultivadores.»

José Antonio, a pesar de ser él mismo Marqués de Estella y nunca renunció al marquesado que confrontaba con sus palabras,  fue crítico  con la clase alta española de su tiempo, a la que consideraba degenerada y sin sentido del deber lo que no le impedía alternar entre ellos, conviviendo dentro del privilegio de la clase a la que pertenecía. Quizá las críticas de sus discursos y escritos eran más un movimiento estético que ideario interiorizado, cosa de la que fue acusado por sus “compañeros” de las Juntas Nacionales Sindicalistas (JONS) más cercanos al nazismo populista que los falangistas a quienes consideraban una panda de pijos disfrazados de azul.

«Nuestra revolución no es una revolución de clase; pero es una revolución contra la casta que nos ha traído a esta decadencia. La aristocracia española ha sido una aristocracia de casino, que ha vivido de espaldas al pueblo y de espaldas a la historia.»

José Antonio, en realidad, no despreciaba a la aristocracia, consideraba que  sólo tenía sentido si servía a la nación; denostaba el que sirviera  sólo para mantener privilegios y rentas, en ese caso consideraba que  era una estructura «muerta»  debiendo ser removida (no eliminada)  por el nuevo Estado.

También distinguía entre la propiedad privada legítima (la del artesano, el campesino o el pequeño empresario) y el gran capital financiero, al que consideraba internacional y apátrida.

«El capital financiero es el gran enemigo de la producción. Mientras que el capitalista industrial se arriesga con sus obreros, el capitalista financiero vive de las rentas y de los intereses, sin mancharse las manos, estrangulando tanto al patrono que trabaja como al obrero que produce.»

Insistimos que, al contrario de sus palabras, su vida se desenvolvió entre terratenientes y aristócratas que pronto consideraron a la Falange una fuerza de choque firme y resolutiva frente a los movimientos convulsos y liberadores del Frente Popular y de las políticas socializantes que intentaban recortar privilegios de las clases altas.

Con todo, en las elecciones de febrero de 1936, el partido de Falange que tanta impronta tenía en la calle, abandonó la confluencia con las otras derechas presentándose solo ,  sacando solo 45.000 votos, insuficientes para conseguir un escaño en el Parlamento español, lo que supuso para José Antonio perder la inmunidad parlamentaria por lo que  pudo ser detenido y procesado por tenencia de armas e incitación a la rebelión, hasta llegar la condena a muerte del fundador de un partido que no fue capaz de conseguir con votos lo que sí intentaba lograr con violencia.

¿Cómo se pudo sacralizar a un hombre cuya insignificancia política durante la República fue tan notoria? La respuesta nos llega  porque toda religión o creencia necesita a un profeta que la entronice y la mantenga. Sacralizando a un líder se consolida la parafernalia que permite elevar a las atrocidades más violentas en aras de un ideal superior. Se mata por y para algo, porque hacerlo porque sí solo demuestra la salvajidad humana y no sería aceptable.

Y para ello fue necesaria la propaganda alimentada hasta el paroxismo por un estado que no tenía más ideología que la contra. Los golpistas se amotinaron en contra del liberalismo, de la revolución (supuesta o real) de la lucha de clases, de la Reforma Agraria, del laicismo, del sufragio universal, de la igualdad entre hombres y mujeres, de la cultura amplia y libre. Y sobre todo se levantaron en armas contra la libertad de pensamiento, por eso lo primero que eliminaron fue a maestros/as  mientras levantaban piras con libros que no fueran de santos, militares o alimentaran las glorias imperiales.

El franquismo no tenía ni ideología ni planes de futuro político, por eso necesitaba a la Falange fagocitándola al poco de entronizado Franco como Caudillo.

Franco y José Antonio se detestaban. Se conocieron en casa de un pariente de Ramón Serrano Súñer, presentados por éste. José Antonio, dejó escritas las impresiones que tuvo ante el general chaparrito y de voz aflautada, considerándolo un patán poco o nada inteligente y basto de forma y fondo. Franco, imaginamos que levantaría la mirada contemplando la galanura elegante de Primo de Rivera y su fineza intelectual detestándole ante su inferioridad. Coincidieron, poco después,  en la boda de Serrano con la hermana de Doña  Carmen, esposa de Franco y jamás se volvieron a ver.

Franco, como hemos dicho, no tenía ideología. Era religioso, de costumbres militares con la mediocridad de un pequeño burgués con ínfulas de tirano de novela chusca. José Antonio, aunque haya sido glorificado su legado e inteligencia sin ser de talento especialmente brillante, era hombre de letras, admiraba a Ortega y a Unamuno, amante de la poesía,  era leído y viajado además de mantener una inteligencia despierta y activa políticamente,  y su encanto y dotes de persuasión eran bien conocidas tanto en mítines como en los salones de la capital.

Mucho se ha hablado de la negativa o pasividad de Franco para conseguir salvar a José Antonio. Es cierto que puso nulo empeño en ello, pero no existen pruebas claras de que mostrara impedimentos a las cuatro o cinco veces que se intentó asaltar la cárcel de Alicante. Lo que tenía Franco era la consabida y muy citada “baraka” que eliminaba a quien osara hacerle sombra y la muerte de José Antonio fue un regalo del destino que supo  aprovechar.

José Antonio había sido detenido cuatro veces por tenencia de armas, encontrándose en su domicilio y despacho suficiente armamento para nivelar la denuncia. En los procesos usaba la prerrogativa de la autodefensa, ya hemos dicho que era un abogado brillante,  aprovechando con largueza los discursos que ofrecía en su defensa,  saliendo indemne de las tres primeras. No de la cuarta porque, aunque usó sus dotes oratorias y la enorme formación legal que poseía, el tribunal, ya en tiempos de guerra,  estaba formado solo por dos jueces de carrera, el resto de los juzgadores eran milicianos cenetistas y de la FAI. Se ha dicho que había comunistas pero no hemos encontrado pruebas de ello.

Primo de Rivera, es detenido en mayo de 1936,  las pruebas documentales de apoyo y gestación de la sublevación militar que llegaron poco después de su detención fueron claras.(0)

La alegación utilizada durante el proceso fue  que estando preso mal podía organizar el golpe de estado fuera de los muros. Dicha afirmación no tenía consistencia ya que recibía visitas diarias de militantes que bien pudieran servir de correo con las fuerzas golpistas, además escribía cartas de forma constante lo que proporcionaba altas posibilidades de colaboración aunque fue débilmente probada.

Ayudaba, en la dureza de la sentencia, el condicionante de que la guerra había comenzado, los bombardeos sobre ciudades y pueblos eran continuos además de que a las zonas republicanas llegaban las noticias de la terrible represión emprendida por quienes iban ganando terreno. La rabia popular generaba un odio encarnizado hacia el adversario — cualquier adversario–  por lo que la condena a muerte de José Antonio Primo de Rivera fue algo propiciado por el momento histórico que se vivía y que no se prestaba a la piedad.

En el consejo de ministros se barajó conmutar la pena de muerte, propiciando  una división  entre las personas que lo integraban. Indalecio Prieto, consideraba un error fatal condenar la líder fascista,  trabajó con ahínco en pos de una conmutación de la pena máxima, también Azaña; al mismo Largo Caballero, que tenía un hijo preso de los golpistas, se le propuso un canje con el falangista a lo que se negó el jefe de gobierno diciendo que: “no quiero convertirme en la controversia de Guzmán el Bueno”  respondió ante la sugerencia.

Los que negaban la pena de muerte para el preso de Alicante no solo lo hacían por razones humanitarias sino prácticas. Un preso de ese calado suponía un poder importante con el que negociar. Existía la posibilidad de canje y negociación,  a lo que José Antonio, en sus últimos días no solo se prestó, sino que diseñó  un gobierno de concentración nacional,  donde entraban notables republicanos, socialistas y derechistas prestigiosos, en el que no se incluía a él ni a ningún falangista. Dejaba fuera  a comunistas y anarquistas(1).

Ni el empeño de ciertos ministros ni el sentido pragmático fueron suficientes para conmutar la condena del preso de Alicante, al final el criterio de los anarquistas se impuso en el consejo de ministros. No hubo forma de salvar a un hombre que de seguir vivo es muy posible que la historia posterior hubiera sido radicalmente distinta.

Se dice que fue García Oliver el que apretó lo suficiente para que fuera ratificada la sentencia por el Consejo de Ministros y durante la madrugada del diecinueve al veinte de noviembre, el paredón de la cárcel de Alicante recibió la sangre y las balas que dirigieron a  José Antonio Primo de Rivera. Dicen que fue disparado a las piernas, con la crueldad típica de quien quiere mal al condenado, hasta darle el tiro de gracia. Tenía treinta y tres años…Otro motivo para la mitificación posterior ya que había sido ajusticiado a la misma edad que el Cristo que él y sus seguidores tanto adoraban.

La guerra siguió dos años más en los que Franco, taimado como siempre, ocultó la muerte del líder falangista, apelándole durante ese tiempo como el “Ausente” Se trataba de no descorazonar a sus seguidores, decía, además de mantener el mito de la incertidumbre.

Lo que se cuenta de forma magistral en el libro de Paco Cerdá es la mixtificación de la procesión formada con los guiñapos de José Antonio atravesando justamente la España que había derrotado poco antes, recorriendo pueblos y ciudades que meses atrás levantaban el puño con el mismo fervor que ahora abrían la palma, cantaban el Cara al Sol, y rezaban el Padrenuestro falangista(2) además de aprenderse  los Mandamientos falangistas(3) mientras contemplaban, unos con fervor y admiración, otras con miedo y prevención, la procesión oscilante de hombres vestidos de azul tocando su cabezas con la boina roja, remangadas las camisas sin atender al frio de la estepa castellana,  caminando con el paso medido de los falangistas orgullosos de estrenar una nueva España que enterraba a la otra mitad.

Franco no desfiló con ellos. Estaba aderezado como un falangista más  con entorchados de generalísimo de las Españas, esperando al entierro bajo el dosel del Escorial, donde se entierran a los reyes de España, siendo estación de espera hasta que se acabara el catafalco que pronto comenzaría a construirse en Cuelgamuros, dejando hueco vecino para el mismo general que detestaba al mártir,  pero la huella de la historia debía ser indeleble,  pensaría el Caudillo vencedor.

Existe una anécdota histórica muy reveladora: años después de la guerra, durante el exilio en México, Indalecio Prieto conservaba una maleta con documentos de José Antonio. Prieto siempre habló con amargura de la ejecución del líder de la Falange, llegando a escribir artículos donde reconocía que su muerte fue un error político y un obstáculo para cualquier reconciliación futura. Afirmaba a quien quisiera escucharle que:

«¡Qué dolorosa coincidencia! Mientras en el bando rebelde se fusilaba a los mejores hombres de la República, en el bando leal se sacrificaba al único hombre que, desde el otro lado, hubiera podido tender un puente.»

Nos preguntamos, al indagar en la obra y la vida de José Antonio, con insistencia poco práctica, ¿qué hubiera pasado de haber estado vivo al final de la contienda?

Nunca lo sabremos; suponemos que en poco o nada hubiera variado la contundencia violenta de un régimen basado en el militarismo y en la zafiedad de un hombre que anudó todo el poder en su amplia cintura. Quizá José Antonio, de mente despierta, inteligente y culto hubiera seguido el mismo camino que el de su íntimo amigo Dionisio Ridruejo, que después de pasar por la División Azul, escribió el siete de julio de 1942 una carta de crítica(4) de dimisión al Caudillo. Leyéndola ahora se nos ponen los pelos de punta imaginando la cólera que le produciría al pequeño dictador, sabiendo como sabemos que por mucho, muchísimo menos, había fusilado a miles de personas.

Para terminar, alegamos las últimas y  honrosas palabras que José Antonio Primo de Rivera pronunció antes de morir: espero  que mi sangre sea la última derramada en suelo español . No se cumplieron los deseos del líder falangista ya que el estado, que él de forma indirecta (o directa)  ayudó a construir, fue derramando sangre de españoles/as hasta el final de la vida del dictador, incluso tiempo después.

El citado, Dionisio Ridruejo, es otro personaje que merece estudio por lo peculiar, honesto y valiente de su proceder. Como afirmamos antes, es posible que José Antonio, de haber vivido, hubiera tomado su ejemplo, o también existe la posibilidad de que se hubiera encajado en el régimen avasallado por las prebendas que taparon las críticas de su propia hermana, Pilar, de fieles falangistas devotos como Raimundo Fernández Cuesta, Ramón Serrano, Sánchez Mazas y tantos más que se tragaron la ignominia de la unificación realizada por Franco en 1937, que desleía la esencia de Falange y fue rechazada por pocos de los integrantes, siendo  solo tres o cuatro los que se opusieron de forma tajante,  pasando por la cárcel para acallar la controversia y  poco después también fueron  enyuntados al poder con más o menos suerte.

Para terminar, les regalo un consejo. Lean Presentes de Paco Cerdá, editorial  Alfaguara, por lo que cuenta y porque es una pura y delicada delicia literaria.

María Toca Cañedo©

 

https://www.rtve.es/play/videos/fue-noticia-en-el-archivo-de-rtve/traslado-del-cuerpo-jose-antonio-primo-rivera-1939/449685/

(1) Fragmentos de la carta escrita por José Antonio el cuatro de mayo de 1936 a los militares que luego realizaron el golpe:

«¿Habrá todavía entre vosotros quien se mantenga en una actitud de neutralidad, esperando a que el destino se cumpla sin su intervención? […] España puede morir de un momento a otro.»

«Sin vuestra fuerza —que es la fuerza de la nación— nos será imposible a los españoles de buena voluntad ganar la batalla. Con vuestra fuerza, el triunfo es seguro.»

  • Curiosamente, el anteriormente fogoso y propulsor de las violencias extremas, José Antonio Primo de Rivera, al ver la saña asesina de una contienda que se auguraba larga, encontró la sensatez para proponer desde la cárcel a Indalecio Prieto el siguiente gobierno de salvación nacional…que no sabremos si fue una última tentativa de salvar la vida o una sincera prueba de la premonición del horror que se auguraba:
  • Presidente: Diego Martínez Barrio (Republicano moderado).
  • Guerra: General Eugenio Rodríguez de Bolivar.
  • Hacienda: Indalecio Prieto (Socialista).
  • Obras Públicas: Rafael Sánchez Mazas (Falangista).
  • Justicia: Manuel Portela Valladares (Centrista).
  • Estado (Exteriores): Salvador de Madariaga (Liberal).

Los Puntos del Acuerdo

Para que este gobierno funcionara, José Antonio planteaba condiciones que buscaban desarmar el conflicto:

  1. Cese inmediato de las hostilidades en ambos frentes.
  2. Amnistía general para los presos políticos de ambos bandos.
  3. Disolución de las milicias armadas y entrega de las armas al Ejército.
  4. Programa de reformas sociales: José Antonio estaba dispuesto a aceptar gran parte de las reformas sociales de la izquierda siempre que se respetara la unidad de España y no se cayera en el modelo soviético.

(2)Padrenuestro falangista:

Padre nuestro que estás en los Cielos y nos enviaste a José Antonio en una hora difícil para nuestra Patria. Santificado sea tu nombre en su obra y en la de sus continuadores, cuya labor preside nuestro invicto Caudillo. Venganos tu Reino y en su establecimiento en la sociedad española por la fe y la mora católica tenga el primer puesto el imperio del Yugo y las Flechas, que de nuevo adoctrinen y eleven  al mundo a la luz de la Santa Madre Iglesia. Y a Él dale tu reino de triunfo eterno de bienaventuranza(…)En nosotros mismos, en nuestros hogares, en nuestra España Una, Grande y Libre, hágase tu voluntad(…)

(3) Los «Mandamientos» de la Falange no eran un decálogo religioso en el sentido estricto, sino una serie de normas de conducta ética, política y militar que debían guiar la vida del falangista.

Existen principalmente dos versiones históricas: los Diez Mandamientos de las J.O.N.S. (Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista) y los Puntos de Estilo de la Falange. Ambos buscaban forjar un «hombre nuevo» que fuera mitad monje y mitad soldado.

Aquí tienes los más representativos, que resumen la mentalidad del movimiento:

Los Mandamientos de la Falange (Estilo y Conducta)

  1. España es una unidad de destino en lo universal. Tu primer deber es servir a esa unidad por encima de todo interés personal, de grupo o de clase.
  2. Cree en la violencia como método dialéctico. Solo cuando la razón es insultada o la Patria está en peligro, el uso de la fuerza es un deber sagrado.
  3. Mantén una vida de milicia. Tu comportamiento debe ser austero, disciplinado y sacrificado. El falangista no busca el descanso, sino el servicio.
  4. Desprecia la comodidad. La vida cómoda es el principio de la decadencia. Ama el riesgo y la responsabilidad.
  5. Cortesía y hermandad. Sé amable con el camarada, respetuoso con el superior y protector con el humilde. El mando no es un privilegio, sino una carga.
  6. El trabajo es un deber y un derecho. No hay mayor dignidad que el trabajo puesto al servicio de la comunidad nacional.
  7. Odio al separatismo y a la lucha de clases. Todo lo que divida a los españoles (ya sean fronteras regionales o diferencias económicas) es un mal que debe ser erradicado.
  8. Sentido de la jerarquía. La disciplina es la base de la victoria. Obedece ciegamente al Jefe en lo que al servicio de España se refiere.
  9. Mística y religión. El falangista es católico, porque la historia de España es inseparable de la Cruz, pero su política es soberana y nacional.
  10. Alegre y militar. Debes caminar con el paso alegre de quien sabe que está construyendo un imperio, sin tristeza y con la mirada alta.

(4)- Trascribo diversos párrafos de dicha carta que muestran un valor indecible:

Vuestra Excelencia me perdonará si le digo que el Régimen es hoy algo así como una barca de fondo plano que se detiene en todos los bajíos…»

“»La Falange no es hoy más que un organismo burocrático sin fe, sin entusiasmo y sin otra misión que la de servir de coro a una gestión administrativa que no tiene nada de revolucionaria.»

«Vuestra Excelencia ejerce una dictadura personal, pero no una jefatura política. Vuestro sistema de equilibrio entre los diversos grupos que forman el Movimiento no hace más que anularlos a todos, dejando el campo libre a las fuerzas de la reacción tradicionalista que nada tienen que ver con nuestro espíritu

«Vivimos en una interinidad peligrosa. El Estado no existe; existe solo vuestra voluntad personal, y esto es insuficiente para salvar a España de la catástrofe que se avecina si no se dota al país de una estructura política verdadera y nacionalsindicalista

«No puedo seguir siendo una pieza decorativa de un régimen que considero que está traicionando los fines por los que tantos de nuestros camaradas cayeron. Prefiero el ostracismo a la colaboración en una obra que juzgo estéril

El valor que demuestran estos textos hay que reconocerlos. Dionisio Ridruejo se atrevió a lo que nadie hizo, cierto es que lo pagó con castigos y condenas al ostracismo.

Prometemos analizar su personalidad en breve…lo merece.

Sobre Maria Toca 1905 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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