El libro ‘María Cayuela’ y, de alguna manera, la mujer en quien se basa –que seguro estaría de acuerdo con este viaje de reivindicación del significado de sus días, que refleja a su vez los de tantas mujeres que nos ha ido dando la vida– me llevaba hasta Santander, donde me encontraría con María Toca, escritora, articulista, coordinadora de La Pajarera Magazine y directora del Ágora Solidaria Cultura y Memoria Luis Toca –centro en el que hay exposición permanente y exposiciones temporales– entre otras actividades culturales. Conocerla ha sido algo muy valioso para mí, y todo agradecimiento es poco, por la excelente presentación que hizo, por la acogida en el Ágora y por los magníficos lugares que recorrimos al día siguiente, gracias a su extenso conocimiento de esos espacios y de su historia.

El primer día salimos a conocer la ciudad hasta donde nos llevaran nuestros pies, iniciamos el recorrido desde la calle Mies del Valle y llegamos en segundos a la calle San Fernando. El día estaba gris y no hacía frío. Llovía sin estridencia, a intervalos de más y menos espesura. La decoración navideña municipal, ya desde allí, nos pareció que quizá no tendría nada que envidiar a la de Vigo, los escaparates también lucían puntuales a la cita de estas fechas que marcan el último mes del año. Muchas personas caminaban por las aceras y los coches circulaban sin más descanso que el que conferían los semáforos.
Una enorme farola de cuatro brazos, con unos versos de José Hierro, “La ciudad me decía que / no quería morir sola, / que no la abandonara”, nos propició la primera parada. Un placer siempre leer al gran poeta.

Llegamos al Conjunto Catedralicio de Santander, ubicado en un alto que conforma el último vestigio del antiguo cerro de Somorrostro, elegido por los romanos como punto estratégico desde el que abastecían a la población de Portus Victoriae –nombre romano de la actual Santander–. Tiene 800 años de historia, fue declarado Monumento Histórico Artístico del Tesoro Nacional el 3 de junio de 1931. Este conjunto tiene una curiosa estructura formada por dos cuerpos superpuestos:
La iglesia Baja, parroquia del Cristo o Cripta –que alberga los restos de los Santos Mártires Emeterio y Celedonio, patronos de la ciudad–, construida entre finales del siglo XII y primera mitad del XIII, que se conserva íntegra, donde se puede ver un ejemplo medieval de transición del románico al gótico. La separación de las naves se hace mediante pilares cruciformes con columnas adosadas, dos columnas en cada frente, sujetando los arcos perpiaños y formeros, y una en cada codo sosteniendo los nervios de las bóvedas de crucería, el basamento de pilares y columnas con sus capiteles forman grupos robustos de pequeña altura, al igual que el techado que alzan, porque son los que sostienen a la Iglesia Alta –como una metáfora de la energía de las clases sociales–. Sus dimensiones y el material pétreo que la levanta entera la hacen diferente a la vez que muy acogedora. Allí nos encontramos con el Nacimiento a los pies del altar, pero con el canastillo-cuna vacío, aguardando la Nochebuena, cuando nacerá el Niño, nos lo aclaró después quien estaba fregando el suelo de la entrada al templo, una mujer que irradiaba ternura en lo que nos contaba de ese lugar que cuidaba; tenía 93 años, y si no lo llega a decir no le hubiésemos echado más de 70. Aquel encuentro nos confirmó que el tener un objetivo vocacional, sin importar la edad, da sentido y calidad a la vida propia, y aporta visión de vital prosperidad a la de los demás.

Sobre la Cripta citada se erige la Iglesia Alta, Catedral de la Asunción de Nuestra Señora, de estructura gótica –posteriormente ampliada y reformada, iniciada en el siglo XIII, terminada de construir en el XIV y reconstruida a mediados del XX, tras el incendio de 1941 (posiblemente provocado por un cortocircuito y por un fuerte viento que lo extendió, hecho que cambió gran parte de la fisonomía urbana del casco histórico de Santander)–. El panteón de Marcelino Menéndez Pelayo está en ella, y tiene anexado el elegante y sobrio claustro con arcos apuntados y bóveda de crucería en su galería, el último construido (s. XIV-XV). Todo este conjunto religioso ofrece una imponente visión exterior de fortaleza en atalaya.

Paseo Marítimo, de placentero deambular. El Palacete del embarcadero, la Grúa de piedra… Subimos al Centro Botín y vimos la excepcional panorámica de la Bahía de Santander–. Fue sobrecogedor encontrarnos con el “Monumento a los Raqueros” –en memoria de los hijos huérfanos de padres pescadores, niños desnudos que se lanzaban a recoger con la boca las monedas que tiraban al mar los paseantes y turistas– esculturas e historia que me conmovieron como un latigazo en el alma, y a cuya vera volvimos tres días después.
A la vuelta anduvimos por avenidas y calles, lo que me otorgó cierto conocimiento orográfico para comprender que el territorio santanderino es como un mar de tierra con el poderoso oleaje del Cantábrico, donde se conjugan las olas con una exacerbada verticalidad con otras de menor intensidad que hacen las calles más sinuosamente ondeantes, hasta llegar a la “playa” de la calle San Fernando y de las paralelas que nos acercaban hasta la orilla de su bahía, sí, un mar de tierra cimbreante que se mira en el mar de agua, y recordé aquella canción: “Santander, eres novia del mar / que se inclina a tus pies / y sus besos te da”, de Jorge Sepúlveda, cuya escultura nos encontramos, tal como decía otro de sus temas: “Mirando al mar…”, de referencia materna sendas canciones.

La ruta por el Cantábrico la hicimos al día siguiente, una mañana cuajada de sol. María Toca, guía extraordinaria, nos llevó a lugares espléndidos y con contenido histórico. Nos contó hechos, situaciones y anécdotas relacionados con las personas y los lugares que visitamos de manera que daba gloria escuchar, nuestra atención era máxima. Llegamos a Valdearenas (Parque Natural de las Dunas de Liencres) y a primera línea de la costa cántabra, con un mar bravo en su movimiento, con olas poderosas de blanca espuma que contrastan con la intensidad de su azul, que, en según qué días y mareas, llegan hasta las rocas altas y oscuras donde el mar rompe su brío, y que esa mañana, de oleaje relativamente tranquilo, nos permitió ver la intensa erosión que ha ido haciendo en los milenios de choque en contraste con la playa de cálida arena… Al fondo la cumbre nevada de los Picos de Europa. Nuestra mirada agradecía tanta belleza.

La visita al cementerio de Ciriego fue impactante, por el significado que recoge conforme nos vamos adentrando en él. José Hierro y Mario Camus, director de cine, están enterrados allí. El área central está poblada de esculturas y monumentos. En un lateral están las calles con los nichos, en uno de ellos se encuentran los restos de Rafael Rodríguez Rapún –actor y secretario de La Barraca–, de quien no hace mucho se ha escrito por ser, quizá, el último hombre con quien Federico García Lorca tuvo una relación sentimental. Era madrileño. Tras el asesinato del poeta se alistó para defender a la II República. Cayó herido en el bombardeo de Santander, esto lo llevó a la muerte–. Tenía flores frescas con los colores de la bandera de la II República.

Pero lo más sobrecogedor sucedió cuando llegamos a la fosa común republicana, en la que se han descubierto –gracias a la investigación de Antonio Ontañón– a tantas víctimas asesinadas que fueron silenciadas e ignoradas, las “Once Rosas” entre ellas, más las que ya se conocían. Hay restos de 1207 represaliados, de los que 836 fueron fusilados. Se han alzado placas pétreas con los nombres que hasta ahora se han podido identificar (850). Pisar esta tierra llena de césped y mullida por la llovizna que cubre a tantas vidas arrancadas conmueve de especial manera, porque siguen tocándonos el alma.

Entorno a la Bahía de Santander. Después recorrimos con nuestra anfitriona los paseos que bordean la Bahía… Una maravilla. Hablamos de “Sotileza” y de la niña que se asomaba a un acantilado en el que los vientos cambiaban, y de la buena amistad que tenía su autor, José María de Pereda, con Benito Pérez Galdós, teniendo ambos ideas políticas diferentes. Galdós, canario, amaba Santander hasta el punto de conservar “San Quintín”, vivienda que se hizo construir, y única casa que tuvo en propiedad y que no quiso vender, a pesar de las asfixiantes deudas, hasta el final de sus días. Su hija recibiría el dinero de la venta a plazos. Intentó hacer un museo dedicado a su padre, pero no le fue posible, y la casa fue transformada por dentro y por fuera por los nuevos propietarios, solo queda tal como en sus orígenes los azulejos con el nombre de la finca junto a la puerta de cierre de la valla.

La luz del norte nos bañaba en ese segundo día, y las historias y anécdotas de quienes allí vivieron nos nutrían, el tiempo que aún nos quedaba sabíamos que iba a seguir siendo fructífero… Seguiremos compartiendo.
Rosa Campos Gómez

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