Vínculos terapeuticos

¿Cómo vas a construir seguridad en un vínculo terapéutico si quien debería acompañarte proyecta sobre ti su propia incapacidad de sostenerte?
Es una pregunta incómoda, pero creo que necesaria.
En un contexto donde cada vez más personas se acercan a la terapia buscando alivio, comprensión y reparación, también crece el riesgo de encontrarse con vínculos terapéuticos que, en lugar de cuidar, refuerzan viejas heridas.
Especialmente cuando el dolor, la disociación, la angustia o la forma que alguien ha encontrado para sobrevivir son interpretados como defectos, trastornos o disfunciones.
Y más grave aún: cuando esas interpretaciones provienen de la propia herida no trabajada, de la falta de formación, o de la incomodidad del profesional con lo que el proceso del otro despierta.
Desde una mirada terapéutica feminista y sensible al trauma, no podemos ignorar esto.
No es suficiente con ser buena persona para acompañar procesos terapéuticos.
No es suficiente tener títulos o cursos. Es necesario hacer un trabajo profundo y constante sobre nuestras propias sombras, sesgos, reactividades y límites.
Es necesario poder quedarnos con lo que el otro trae, sin apurarnos a encasillarlo, sin buscar controlar el proceso para que entre en nuestra zona de comodidad.
Porque cuando el sufrimiento de alguien es nombrado desde la distancia o el juicio, en lugar de desde la sintonía, el cuidado y la comprensión, se corre el riesgo de repetir algo muy parecido al abandono.
O incluso a la violencia.
A veces, lo que se etiqueta como “evitación”, “resistencia” o “dificultad para vincularse” no es más que una respuesta legítima frente a un vínculo terapéutico que no fue suficientemente seguro, ético o humano.
A veces, la persona consultante se “cierra” no porque no quiera avanzar, sino porque siente (aunque no siempre pueda nombrarlo) que ese espacio no está pudiendo sostener su verdad sin desbordarse o juzgarla.
Por eso, hablar de trauma es también hablar de poder. De responsabilidad profesional. De ética relacional.
Y de la importancia de no utilizar el lenguaje clínico como escudo frente a nuestra propia falta de recursos.
Para que la terapia sea un espacio reparador, primero tiene que ser un espacio donde no se repita la herida.
Un espacio donde la persona no tenga que protegerse del profesional, ni traducirse, ni justificarse, ni adaptarse para “no ser demasiado”.
Un espacio donde la humanidad no se pierda detrás del rol.
Quienes acompañamos procesos necesitamos revisar constantemente desde dónde lo hacemos, y qué hacemos cuando no sabemos cómo seguir. ¿Buscamos ayuda, supervisión, formación? ¿O depositamos en la persona consultante la carga de nuestra propia dificultad para acompañar?
No busco idealizar la figura del terapeuta, pero sí asumir con honestidad que acompañar implica una gran responsabilidad.
Que hay momentos en los que no podemos, no sabemos o no llegamos. Y que eso también hay que poder nombrarlo, con humildad y respeto.
No estás “rota”. No estás “resistiendo”. No estás “enferma”, no tienes «demasiado trauma» porque no lograste confiar en ese espacio.
A veces, no era un lugar seguro. Y reconocer eso también es parte del camino de conocimiento y autoresponsabilidad.
Buscar los lugares de amor y buen trato.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso
Sobre María Sabroso 177 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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