A los clásicos siempre hay que volver y más cuando las tormentas sociales arrecian. No sé si les he contado mi devoción por Chaves Nogales que forma parte de ese altar donde están mis referentes. Galdós, como educador y enseñante de la arquitectura literaria además del admirable ojo con que el maestro observaba a la gente común y la trasladaba a su obra. García Márquez, por todo, puro amor de disfrutona. Delibes, como maestro infinito de ese castellano esponjoso y lumínico que envidio para mí. Cernuda es mi poeta que no excluye a otros pero mandando él. Siempre Cernuda. Mi pasión irredenta e insaciable por la historia me llevó hasta Arturo Barea y su magna obra que nos enseña más historia de nuestro país que cinco años de carrera y Chaves Nogales por todo. Chaves es el periodista que yo hubiera elegido ser, con lenguaje rápido, descriptivo como puñetazos que te horadan el alma, y la forma lírica de contar el horror, con una posición que quiere ser neutra y es doliente hasta ver como supuran sus líneas la lágrima contenida que le producía este país cateto, extremista, pasional y amado que es España. A Chaves, como a los grandes pensadores, le dolía España como a Unamuno -otro referente– y por eso se enfadaban mucho.

Ahí los tengo en la alacena de la primera categoría. También están, Ana María Matute, Elena Fortún, Almudena Grandes, Montserrat Roig, Mercé Rodoreda, en territorio de mujeres y alguna que se me olvida, seguro.

Les decía que en tiempos de tormenta vienen bien volver a la casa del padre que es como nombro el leer a mis dioses. Me quedan pocos descubrimientos de todos pero Chaves aún me provoca alguna sorpresa. Estos días estuve buceando con el placer inmenso de saborear la lectura de las crónicas que escribió sobre la Revolución de Asturias.

La prosa de Chaves hay que degustarla despacio porque a veces se torna ciclónica, rasposa por irreverente y siempre, pero siempre, bella. Hay que ir lento y aprender. El ojo cirujano de Chaves como periodista y alma sensible de esas que ven más allá de lo evidente, retrata magníficamente el estallido de aquellos diez días que pudieron voltear la historia de España y que de haber tenido éxito no tengo ni idea de cual hubieran sido los resultados. Pero como todo en nuestro país, los estallidos son de mecha corta, tan sublimes como desinflados a poco de pasar el primer entusiasmo faltos de pábilo largo. Como nosotras. Como la gente española.

A la rebelión asturiana le faltó coordinación, organización y liderazgo. Chaves define los hechos como “estallido de marxismo emocional” y me parece magnifica la frase. Somos estupendas en estallidos emocionales, sean marxistas, libertarios o simplemente de hartura. Son reventones que se forman cuando de golpe nos cansamos de que nos toquen las gónadas. Saltamos como un resorte impúdico y pasmamos al mundo. Ocurrió con los franceses, por ejemplo, en el dos de mayo de 1808. Con la República en 1931. También con esa revolución asturiana llena de heroicos mineros, de montaraces sindicalistas que se la jugaron sin más intención que allanar el camino de la historia para conseguir de golpe y sin meditación alguna, la revolución socialista. Ni eso. Ellos querían que el pueblo esquilmado y esclavizado se liberara pudiendo gozar de un igualitarismo real. Querían la revolución sin saber qué era, cómo había que hacerla y para qué servía. Pero saltaron hasta Oviedo desde la cuenca y se jugaron la vida, cientos, quizá miles la perdieron. Para nada.

Algo así, sin dinamita ni cartuchos, gracias a dios, pasó el 15M , cuando la hartura ante tanto expolio cundió entre la gente joven. La desesperación ante una crisis que no había provocado el pueblo, pero la padecía, mientras los culpables se lengüeteaban entre ellos buscando, como ratas, salidas tanto más propicias para ellos como injustas para el pueblo. Y saltamos provocando la admiración mundial que luego se imitó por doquier. ¿Qué brotó del 15M? Los/as ilusos me dirán que la nueva izquierda, esa que venía a eliminar la casta, a asaltar el cielo y como mucho llegaron hasta Galapagar pasando por descalabros variados y absurdas divisiones y subdivisiones.

En medio de todo eso andaba un partido en amplia sensación de perplejidad que nunca sabe bien donde ubicarse. La revolución asturiana fue propiciada y liderada por un partido socialista que saltó en pocos años de confraternizar con la dictadura de Primo de Rivera, a las feroces estrategias revolucionarias, sin preparación ni modulado del cambio. Ese partido socialista que se acojonaba ante el poder, que no se atrevió a poder cinchas al medievalismo cuartelero, eclesial y dejó que la Reforma Agraria se la birlaran los que la detestaban. Ese mismo partido que anduvo sobrecogido entre bambalinas el 15M sin atreverse a asomar el hocico por Sol no fueran los manifestantes a partírsele.

En Asturias con el gran Belarmino Tomás, al que deberían homenajear porque fue digno tanto en la lucha como en la derrota que supo lidiar con honor, liderando algo insalvable mientras el resto de España se daba la vuelta girando la cabeza para otro lado. Cosas de Asturias, se dijo. Cosas de mineros irredentos con conciencia de clase adquirida a trompicones en las Casas del Pueblo pero sin apoyos ni orden.

Y luego está lo del liderazgo. Miren que no me gustan nada los lideres. Debe de ser algo congénito porque en cuanto observo al narciso que se erige cabecilla de grupo me incomoda hasta salir corriendo. Pero son necesarios. Lo que ocurre es que el liderazgo es difícil, muy difícil de digerir por quien lo ejerce ya que pronto comienza a flotar alejándose del piso que le debiera servir de guía. Y se propone asaltar el cielo sin escalera ni globo aerostático que le ascienda y claro, se deja los dientes en la caída.

En Asturias faltó Lenin, son palabras de Chaves no mías, que luego le acusan de equidistante y lo que pasaba es que veía más lejos que el resto porque era un puto genio. Y los genios tienen el poder de divisar las distancias acortándolas. En Sol faltó Lenin, o similar. Y no es que yo ahora me sienta especialmente leninista, que no es eso, solo que toda revolución o revuelta que se precie necesita a un Lenin, es decir a un estratega que transite del entusiasmo hasta la resolución sin pasar por el desánimo. Hasta las revueltas anarquistas, que aborrecen los liderazgos y a Lenin por ende, tienen su cabeza pensante. Miren si lo dudan la exitosa encabezada por Néstor Ivanovich Majno o si siguen con dudas, contemplen el faraónico entierro de Buenaventura Durruti en aquella Barcelona revolucionaria.

El liderazgo surge donde se ha sembrado tierra fértil, tiempo, formación y amor. Sí, amor, no se extrañen porque un líder tiene que amar la lucha y a quien la forma. Si no ama se desinfla como algodón dulce que se pega a los dedos en cuanto las dificultades le rozan (cuantos desinfles lamentables he visto en los últimos quince años) El liderazgo surge, no hay que buscarle, porque si la ambición de mando existe previo al amor por la causa, en vez de líder tenemos a un tirano y esos son el horror para la revolución que la convierten en filfa y/o baño de sangre.

Es fácil convertirse en tirano a poco de liderar, si quieren pasemos lista a los que recordamos: Lenin, Stalin, (Trostky no pudo ser muy tirano porque Stalin no le dejó que si no…) y Castro, son los que me llegan a la cabeza pero hay muchos más. Ya saben que admiro a Berlinguer, que decía que para ganar una revolución hay que tener por lo menos la aquiescencia del 60% de los votantes. Claro que además de comunista y pensador, el bueno de Enrico era un hombre de respeto. Como Gramsci. Ah, aquellos tiempos en que surgían liderazgos honorables…

Este artículo deslavazado y poco conveniente se queda sin moraleja porque ya saben que me gusta plantear preguntas y soy de pocas respuestas. Lo que sí me gustaría afirmar que el partido que lideró la revolución asturiana, que fue significativo durante la República y luego en la guerra, no debería producir vídeos sobre la vivienda que más parecen salvas promocionales de marketing cutre y atreverse aunque sea por una vez y sin que sirva de precedente, a realizar una ley de vivienda valiente que aportara soluciones aunque enfadara a los especuladores, algunos de ellos militantes y votantes, porque todo esto suena a esa consabida frase de “la puntita y nada más, mi señor”

Atrévanse por una vez a hacer lo que supone ser socialista en el papel no a ese descafeinado prototipo que ideó el gran farsante en Suresnes (hablando de lideres malparados) el consabido y desacreditado Felipe González.
A fuerza de desleírse la historia la van a escribir otros, y lo pasaremos muy mal.
María Toca Cañedo©

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