Hace tiempo sigo a una psicóloga forense que habla sobre psicopatía, narcisismo y dinámicas perversas.
Aunque parte de su contenido me parecía interesante, siempre me incomodó un poco (asunto mío, claro está) la forma en que acompañaba sus publicaciones: muchas fotos de su físico, mucha exposición personal. No desde el juicio moral, sino porque me hacía preguntarme qué lugar ocupa la imagen en los discursos profesionales, sobre todo cuando hablamos de poder, violencia o psicopatía.
El caso es que su línea ha cambiado radicalmente.
Ahora su discurso señala a las mujeres como responsables de muchos de los males de la sociedad, hace equidistancia entre víctimas y agresores y cuando sus propias seguidoras la confrontan, responde desde la soberbia:
«No me entendéis porque yo ya sané mis traumas, las que critican, no«.
Bloquea, ridiculiza o descalifica cualquier disenso.
Hay algo que me viene haciendo pensar cada vez más en este ecosistema de redes donde circulamos, sobre todo en los espacios que se nombran feministas, críticos, terapéuticos.
Lo veo en mujeres con discursos potentes, que hablan de trauma, de poder, de violencia, de feminismo, de psicología y que, al mismo tiempo, van cayendo sin darse cuenta o quizás sí, en la vieja trampa del ego y la superioridad.
No es nuevo, pero sigue siendo inquietante.
El reconocimiento crece, los seguidores se multiplican, los mensajes de admiración se acumulan y, de pronto, el saber ya no es una herramienta de reflexión colectiva, sino un bloque altivo.
Aparece la certeza absoluta, la mirada condescendiente, el desprecio sutil (o no tan sutil) hacia quien se atreve a disentir.
Y el argumento siempre es el mismo: «yo ya sané, yo ya trascendí, yo ya desperté; yo tengo altas capacidades, si no estás de acuerdo es porque te faltan procesos, porque sigues atrapada en tus traumas».
Es brutal lo fácil que se descalifica así.
Lo rápido que se medicaliza el disenso, que se patologiza la incomodidad de la otra. Como si haber hecho terapia, leído ciertos libros o haber transitado un recorrido personal fuera el pasaporte a una superioridad incuestionable.
Como si el feminismo o el trabajo terapéutico fuera una carrera para ver quién está más «despierta», más «consciente», más «brillante».
Y me preocupa porque me suena esa trampa, porque todas podemos caer ahí. Me preocupa porque en nombre de la sanación o integración del trauma o del «nivel de conciencia» se empiezan a replicar las mismas dinámicas de poder que decimos querer derribar.
Y me preocupa, sobre todo, cuando veo cómo mujeres que admiro, con discursos críticos y formaciones sólidas, se cierran a la crítica, bloquean, ridiculizan o directamente desprecian a quien cuestiona.
Si el feminismo o la psicología se transforman en territorio de superioridades espirituales, intelectuales o emocionales, ¿Qué estamos haciendo?. ¿Qué estructura estamos desarmando, si seguimos jerarquizando a las personas en función de quién «ha sanado más», quién «sabe más», quién «está en otro nivel»?
Ningún proceso personal, por profundo que sea, nos ubica por encima del conflicto, de la contradicción, de la necesidad de escuchar.
Nadie está a salvo de caer en los viejos mecanismos del poder disfrazado de conciencia.
Lo pienso, lo nombro y me lo recuerdo: el saber, el feminismo, el trabajo con el trauma no son medallas individuales.
Son procesos colectivos que se tensan, se cuestionan, se incomodan.
Y me pregunto: ¿ qué te hace, compañera, colocarte en un discurso que necesita posicionarse siempre por encima de las otras?
Eso no es, quizá, haber sanado traumas.
Llámalo de otra manera, por favor.
Y baja del pedestal.
Quien sana sus traumas no tiene en absoluto necesidad de utilizarlo para estar por encima del bien y del mal.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Collage de Stephany Guy.

Totalmente de acuerdo. Esa actitud refleja
precisamente que no todo ha sanado.