FUTURO

 

Que mi amigo Pedro se explaye hablando conmigo y con nadie más me provoca un sentimiento de orgullo. Sé que es egoísta sentir eso antes que tristeza. Porque es triste que se sume quien sea a la mesa, a la caminata, al coche o al banco del parque para que Pedro deje de hablar. Un tío hecho y derecho, a sus 49 años, detiene cualquier discurso cuando atisba que alguien conocido viene.

Me dice que conmigo se siente limpio de neurosis, pero ante los demás los restregones de dudas faltas de aliento emergen como grafitis en vagones de metro: se siente bajito, con sobrepeso, mirada parda común y avinagrada, y andares de pisador de huevos.

Por asimilación física, si se da por oportuna la expresión, se siente un gran mierda. Un perdedor de batallas sin batalla. Un maestro de la huida. Y mejor no hablar de chicas: sus orejas tiemblan y su nariz piensa que se le pone gorda y fea, y se lo dice. Luego, colócate a soñar con lo que nunca será, y en ese instante arde vivo.

Pero conmigo no. La conversación fluye.

En la terraza de un bar, bajo la mirada de la cazuela con caldo y caracoles, dos cañas y un plato de tallos caparrones y tapenas, abro conversación sobre un tema de actualidad: Ceuta y sus afluentes.

Le digo que en las colas de gente esperando el milagro, aquí o Lampedusa, se ven niños tan pequeños que me pregunto si les habrá dado tiempo a sufrir una tortura existencial tal como para lanzarse al mar. Que no creo que hayan vivido la quema de su casa y un buen palizón a sus padres, una humillación salvaje como en las películas de guerra. Que qué hacen esos padres de un niño de once años, dónde está la familia que no cumple con su función.

Ahora vemos al menor en la cola de registro policial con la camisa del Barça y descalzo, haciendo la V con los dedos; qué les habrán dicho para borrar el peligro, para no ver que héroes hay uno o dos, y perdedores todos los demás, que además se van dejando los dientes en el camino. Quién dice dientes dice el fémur ¿Las mafias?

Esto, le digo, es alimento para buitres oportunistas. Los padres tienen una responsabilidad muy fuerte.

Pedro me mira como siempre extraviado. La confianza de 40 años de amistad borra cualquier rastro de miedo en mí. Realmente tiene cara de Van Gogh, de estos que no sabes si me va a decir que me coma el último tallo o me va a soltar un gancho de izquierda. Sonríe y me dice que todavía no es el día del eclipse como para llevar puestas las gafas de la gran civilización occidental:

—No hace falta una guerra, ni violaciones flagrantes de derechos humanos, ni quemar a los perros. Basta que no se vea rastro de futuro para emprender el viaje. Los padres sueñan, los niños sueñan, la vida sueña, es una inversión. Algún día podrán enviar dinero. Si no hay futuro, qué más da.

Si no hay futuro.

Pep Marín

Sobre Pepe Marin 1 artículo
Pepe Marín combina la mirada analítica de la Sociología con la piel fina y a pie de calle del Trabajo Social. Licenciado en una y diplomado en la otra, confiesa que empezó a escribir historias para intentar explicarse las contradicciones de la gente, aunque sospecha que solo ha conseguido acumular más preguntas. Le fascinan las conversaciones cruzadas, las verdades a medias y los personajes que huyen de sí mismos. Escribe corto, pero apunta al centro.

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