Como una dolorosa lágrima perdida que se desliza imparable
en el corazón de la lluvia,
sobre la mojada arena de una playa desierta;
los niños y niñas del mundo
siguen jugando a construir castillos
en la arena
a veces en silencio y otras con rabietas,
juego, entre la realidad y la ficción,
ajeno a la representación del horror y el mal absoluto,
sacándonos a los adultos
de ese cotidiano mirar sin ver
por el que caminamos diariamente
como aparentes espectros
para eludir ver la realidad tal como es.

Compasivo juego infantil
carente de odio
y es que el odio inoculado
para extraer la compasión
produce ausencia de clemencia
hacía las víctimas,
únicamente vemos pies , manos dedos, brazos, piernas, y cabezas de niños, niñas , mujeres y hombres desmembrados,
sin cuerpo que les humanice,
Así es como se extirpa el dolor del alma humana.
Cuando creíamos que la noche negra
de la deshumanización había sido
una forma única y extrema de perfeccionamiento del infierno,
tras Auschwitz.
Con la cegadora luz día y noche,
del estruendo de las bombas
del ejercito israelí sobre la franja de Gaza,
hemos dejado de ser,
sin proponernos lo, espectros silenciosos,
para ver y gritar
qué Auschwitz no fue el final
del infierno nazi,
sino la forma no moderna e imperfecta del infierno.
Los barbaros de los que nos hablaba Constantino Cavafis ya están aquí,
han llegado,
Israel nos lo demuestra.
Enrique Ibáñez Villegas

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